Marxiana

AVISO: Esta entrada hace espoilers del tercer capítulo de la segunda temporada de Black Mirror, titulado “The Waldo Moment”.

1

Ayer vi la película No, de Pablo Larraín. Ambientada en 1988 en Chile, se centra en la campaña publicitaria por el “No” en el referéndum para decidir si se mantenía la dictadura o se avanzaba hacia la democracia. (“Sí” a la dictadura o “no” a la dictadura).

¿Por qué sentía tanta empatía con los chilenos que quisieron acabar con la dictadura, yo que llevo toda mi vida viviendo en democracia?. Lo digo como si fuera un edificio a prueba de bombas o una guardería o un balneario: La Democracia. Por qué, si se supone que puedo decidir por mí mismo, puedo pensar lo que quiero, tengo la libertad de marcharme cuando quiera del país o quedarme, nadie me va a atizar con una porra ni pegarme un tiro ni desaparecerme ni multarme si pienso distinto.

Seguidamente se me viene una respuesta instintiva en forma de reacción desafecta: quizás la democracia no es la solución perfecta. En términos absolutos no lo es. En términos relativos -es decir, si es la mejor opción a elegir de entre todos los sistemas políticos- tal vez.

[No voy a entrar en ese asunto porque no sé mucho de ello. Lo único que puedo decir es que en teoría, las democracias representativas -como la española- permiten que tomemos decisiones de forma vicaria, delegando nuestra voluntad en la de representantes políticos de diferentes partidos, con diferentes idearios. En las dictaduras, uno solo es el que decide, delegando no su voluntad, sino su acción, en cuerpos en su mayoría represores. La dictadura no permite la disparidad de opiniones, no permite que haya gente que piense distinto. El dictador cree en un mundo perfecto, y como mundo perfecto no contempla imperfecciones. Dictadura burbuja, democracia mar. Parece que hasta aquí queda claro.]

¿Entonces por qué me sentía identificado con ese anhelo -con hache casi aspirada- de algo más, de algo nuevo? Porque España necesita algo nuevo.

No sé qué símbolos o imágenes dominan la forma de ver la vida de los mayores de cuarenta años. Por supuesto, su realidad está supeditada a tener sueldo y casa. En ellos, la familia y las amistades bien pueden reducirse a satélites externos al trabajo, bien pueden convertirse en salvavidas a los que abrazarse cuando el sueldo o la casa se derrumban.

[Tengo veintidós años, y estoy en el último año de una carrera de cinco años que mis padres han pagado con sus sueldos. Dentro de un año quién sabe si tendrán que seguir pagando los créditos de un máster, o deberán contribuir a pagar mi alquiler en otra ciudad de España o de otro país. En julio llega el abismo. Mejor no mentarlo mucho y volver al problema que intento desgranar.]

Soy un estudiante de periodismo muy interesado en asuntos políticos pero al mismo tiempo consciente de lo poco que creo en los portavoces, en los discursos institucionales y en la capacidad de muchos de los que nos gobiernan de, en definitiva, gobernarnos, trabajar para nosotros, darnos una razón para confiar en ellos y apoyarles, sentirnos vinculados a la elección que hacemos, al voto que metemos en el sobre y de ahí a la urna.

Los símbolos e imágenes que dominan la forma de ver la vida de los menores de treinta años tienen que ver, muchas veces, con las bambalinas. Con el confeti y las máscaras y las sonrisas forzadas y los discursos tan humildes que no levantan la vista del papel y las palabras que pierden su valor de palabras y se vuelven escudos de humo. En No es palpable esa indiferencia por el verdadero mensaje político. Sí, había personas volcadas en la apertura total y la desaparición de la represión. La película, no obstante, no va de eso. Usa ese momento de la historia de Chile como escenario de una campaña de publicidad. La propia agencia de publicidad lleva las dos campañas: gane el sí o gane el no, quien gana es el profesional de la palabra y la imagen y de la mentira. Mentira piadosa o engaño cruel, basta preguntarle a alguien por qué opción preferiría para que la opción contraria pasase a ser un montaje de cuatro vendidos para ganar dinero.

Los mensajes políticos son para nosotros, los jóvenes, mentira. Sabemos que son mentira, sabemos que son una estrategia de marketing, que son mensajes preparados, carteles y escarapelas y mítines y panfletos y hombres escribiendo discursos para otros hombres; sabemos que las fuentes de la elocuencia de Obama son dos cristales en los que se van reflejando las frases que lee. No viene a decir: en las campañas políticas, todo es construcción. En el Chile de 1988, en la España de 2013 también.

2

En el tercer capítulo de la segunda temporada de Black Mirror, la serie de Channel 4 que tantos de nosotros recomendamos en las redes sociales, un animal virtual llamado Waldo se presenta a unas elecciones -no recuerdo si a un distrito o un condado-. El capítulo no habla de programas políticos ni de ideas elaboradas. No lo hace para referirse a los otros candidatos -centrándose en la figura del candidato conservador, descrito a brochazos maniqueos-, tampoco para referirse al oso azul que suscita críticas entre los políticos y apoyos entre los ciudadanos. Waldo encauza el descontento de los que no creen en la política para destruir la democracia actual desde dentro con mensajes simples y atractivos y, de nuevo -de nuevo porque tiene que ver con el punto 1- faltos de contenido.

[Waldo, el oso azul, queda segundo. Al final del capítulo se convierte en una suerte de líder mundial que promete algo mejor, esperanza, un cambio, un desafío. Detrás de esas palabras no hay nada: esa es su ideología.]

El contenido no es una palabra o una frase. Decir tres frases quiere decir que has dicho tres frases. Esas frases son la forma, pero el contenido puede ser muy distinto. Partiendo de la base de que todo discurso político es una construcción, hay muchas formas de emplear esos recursos. Valgan como ejemplo estas tres frases de un discurso preparado, pero que alude a inquietudes y sentimientos que desembocan finalmente en la acción:

He soñado que algún día, en Alabama, con sus viciosos racistas, con un gobernador que se llena la boca hablando de intervención y anulación; un día, en el mismo Alabama, niñas y niños negros podrán ir de la mano de niñas y niños blancos como hermanas y hermanos.

Ese discurso es algo escrito para la ocasión, pronunciado en un momento y un lugar apropiados, preparado para prender la chispa de la indignación y activar resortes clave.

Sólo he sentido que alguien me hablaba y aludía a mis deseos de cambio en una ocasión: durante las protestas del movimiento 15-M. Allí escuché a gente que se quejaba de las mismas cosas que yo, que llamaba la atención sobre problemas que yo empezaba a intuir. Había un gran problema: que cuando quise ver quién me decía todo aquello, no le pude poner cara. Entre el 99 % no vi a nadie a quien seguir.

A quien vi fue a algunos de mis amigos, a muchos estudiantes, a muchos treintañeros, a maridos y viudas y extranjeros. Muchos dijimos: aquí están nuestras manos, nuestras cabezas, nuestros títulos universitarios y nuestros másteres y nuestros idiomas; somos vuestra juventud, ¿qué podemos hacer? Y no nos propusieron nada.

Tenemos un sueño y no nos hacen caso. Nos dijeron que nos fuéramos, que nos calláramos, que no sabíamos, que detrás de nosotros había alguien que sólo quería desestabilizar el país. A ideas nacidas en la calle respondieron con ataques de think-tank y despacho. Nos separaron de ellos. Ellos gobiernan para el resto, para los que no se manifiestan. Los que se manifiestan quieren acabar con todo. Así lo pintaron.

A algunos les sorprende que Waldo consiga tantos votos. A otros, que no consiga más.

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2 comentarios en “Marxiana

  1. ¿Waldo = Beppe Grillo? El segundo vídeo y el principio del tercero son mortales de necesidad. Menos mal que luego uno se ríe un poco con los Marx.

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