Toro salvaje

No es recomendable ver Toro salvaje tras una ruptura. Cuando acaba la película te entran ganas de escribir escuchando el intermezzo de Cavalleria Rusticana, y pasa lo que pasa.

El pasado vuelve a llamar a la puerta.

La puerta de un chico de 22 años no tiene apenas rasguños. Por muy intensa que haya sido su vida, es un chico de 22 años. Ese chico tiene menos de la mitad de años que alguien que empieza a afrontar las insidiosas pendientes de la vejez.  Puede haber dos o tres momentos de los que se arrepienta, pero la profundidad de ese arrepentimiento no es comparable a los errores de quien -precisamente por haber vivido más años- comete errores menos perdonables.

El tiempo hace más doloroso equivocarse.

Caminamos sobre huellas ya pisadas, volvemos a los mismos escenarios. Las grandes estructuras que nos depara la vida son muy pocas: enamorarnos y desenamorarnos, trabajar y holgar, sentirnos plenos y sentirnos vacíos. Disfrutar del sol y temblar con los días de lluvia.

A medida que pasa el tiempo te vas dando cuenta.  Nacemos ciegos, como algunos animales. Nacemos ciegos para aprender a ver. Y siempre que aprendemos a ver, el objeto de nuestro aprendizaje ya está tras el cristal, intocable.

Son más duros los viejos errores, pero la herida es más fresca en los primeros.

No ha sido una buena idea ver Toro salvaje.

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Un comentario en “Toro salvaje

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