La emigración del amor

Un blanco silencio. Muk mira la mesa como si fuera un desierto.

-Ahora mismo tengo puesto el automático.

Opi espera.

-Intento no pensar mucho en ella, en lo que hice mal, todo el tiempo allí fuera… Ya sabes, ese tipo de cosas. Con frecuencia lo consigo, y me siento algo culpable aunque mis tripas me dicen que es lo que tengo que hacer -alza la cabeza, devaneando el aire con ojos invisibles. Se queda callado, un silencio de tumba abierta, de olor a carne y flores marchitas-. ¿Qué tal te va a ti?

-¿Con Gracia? Perfecto.

Muk piensa: “Perfecto.” La palabra retumba, se da la vuelta, grita su nombre, se eleva y cae en picado, se desgaja y vuelve a unirse, pavoneándose de Muk, desafiándole a admitirla con todos sus errores. Los errores de la perfección.

Hay un nuevo silencio. Muk dice:

-No debería tomarme en serio. Estos días son como una tentativa de algo muy grande que viene detrás y que ignoro. No sé a qué atenerme, qué detalles borrar de mi forma de ser y cuáles mantener, qué porción de culpa adjudicarme o de cuánto peso despojarme.  Es una sensación de abandono, de movimiento, de mareo. No, la palabra no es esa. Es como si fuera bruscamente a la deriva, como si me absorbiera un vórtice o un tornado y flotara en su centro, viéndolo todo girar y girar y girar. Lo que más me extraña y me duele a partes iguales es el descreimiento, la pérdida de los vínculos, cómo de un día para otro todo se desvanece como el vapor o los sueños.

-¿Has perdido la fe? -Opi le da vueltas con una pajita a la cocacola-. ¿Ya no la ves igual?

-La veo desdoblada, ahora es como si fuera ella y otra ella, ella como persona y ella como mi idea de ella. Se separan cada vez más, y el distanciamiento es doloroso. -Hace una pausa-. Sin embargo, hay algo que me preocupa más todavía: yo y mi idea de mí mismo son mucho más distintos de lo que yo creía. Ella me ha reflejado, me ha expuesto mis propias mezquindades y dobleces, un Muk que no soy yo, o quizás sí, o no, quién voy a saber qué es o qué soy, un nuevo inquilino, un extranjero.

-¿De verdad que no quieres nada?

-No, gracias, ahora no me apetece.

-¿Estás comiendo bien?

-No he perdido el apetito, y eso es otro hecho que me extraña. Como lo mismo, salgo más -tengo que hacerlo, por otro lado-. La única diferencia, o al menos la única de la que me he percatado, es el miedo a no moverme. De improviso necesito caminar sin rumbo durante horas. Cada vez que me detengo o concluyo una tarea me acomete un insólito recelo, una aversión que me impide demorarme y que me azuza, “haz otra cosa, lo que sea, hazla o caerás en la trampa”. Sé de qué trampa se trata. El tiempo ocioso es el peor cómplice del desamor: anquilosa el recuerdo, engrasa las especulaciones, avinagra el pensamiento. No puedo parar, esa es ahora mi carencia.

Opi sigue removiendo.

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