Un trayecto

Rafa se deja caer en uno de los asientos enfrentados en parejas del vagón. Fuera el sol brilla con inusitada amplitud. Las nubes forman parte casi de otro cielo, acumuladas en la mitad izquierda de la ventana como si alguien las hubiera barrido. Se superponen unas entre otras. Lasaña blanca esponjosa. La camisa de cuadros azules se pega a la espalda de Rafa mientras busca una posición cómoda. El antebrazo, pegajoso y húmedo, reposa en el borde del cristal de la ventana, escaso y resbaladizo. A los pocos segundos lo retira y deja la botella de agua bajo su asiento. Frente a él hay un hombre vestido de verde, un tejido tosco y sin memoria, pasado por muchos otros pechos: ropa de obrero. El sudor le recubre el rostro como una máscara, casi como parte de su violento estar sentado, un vigor sin movimiento, quizás demasiada carne para tanto calor. El hombre se encuentra con un compañero, se sientan juntos y empiezan a hablar. No entender lo que dicen vuelca la concentración de Rafa en otros aspectos, como el movimiento de las manos o la modulación de las voces. El hombre carnudo tiene algún tipo de retraso mental o de afasia. Cada una de sus respuestas es un salto al vacío, un hilo absurdamente fino en el que la lengua hace equilibrios para no caerse, para recomponer las piezas de un discurso forjado en la mente como un diamante, llenando los nervios de migas, arribando a la boca como un barco sin carga. El compañero se muestra comprensivo, aunque es evidente que ignora y que trata de ocultar, sus manos constantemente cerca de los muslos, reacias a formar parte del contacto, limitándose a remarcar las frases cortas y simples que salen de su boca sin interés, sólo aire. Rafa estornuda y el hombre sudoroso le dice salud, Gesundheit, y él responde gracias. Rafa se siente algo mezquino por su propia compasión y condescendencia. El tren le lleva al aeropuerto de Schönefeld, en la esquina sureste de Berlín.

Llegó aquí tras comprar en Das Schloss, un centro comercial del barrio de Steglitz, cercano a la estación del ayuntamiento. Le gusta el olor a cuero de los centros comerciales, las tiendas abiertas, el entusiasmo de los niños. Más allá de este ímpetu, sus padres caminan serios, y hay muchachas con polos rojos que se miran las uñas aburridas detrás de mostradores cargados con folletos de compañías de teléfono, relojes, gafas de sol. Existe un orden que sobrenada estas fiebres y blanduras: los pasillos están conectados entre sí y forman ríos mansos de clientes y hay pequeñas plazas con fuentes de aguas verdes y limpias y sofás negros y aquí no hace calor y es placentero deambular con dinero en el bolsillo y tiempo en el reloj y todo parece más limpio, menos absurdo. El hechizo se desvanece sin razón, se escapa por los conductos de ventilación, por las ranuras de las escaleras mecánicas, y Rafa se queda atrapado de nuevo entre las algas de una rutina inmóvil, redes ajenas a tus miedos y sin nada que decirte. Los rostros hablan, dicen compra y vuelve a casa, paga las facturas, hazle el amor a tu mujer, prepara la comida, mueve el coche, trabaja, habla, gasta tu lengua y gasta tus pies y tus manos, no dejes de hacer cosas porque tras el espeso transcurrir de tus largos días de adulto se esconde el fulminante zarpazo del vacío.

El tren atraviesa las estaciones de Tempelhof, Hermannstrasse, Neukölln, Kölnische Heide, Baumschulenweg, Schöneweide, Betriebsbahnhof Schöneweide, Adlershof, Altglienicke, Grünbergalle, y con él cambia el paisaje, desde los abigarrados pisos de Neukölln hasta los verdes misterios de campos sin nombre. Para llegar al aeropuerto hace falta bajar por unas escaleras, atravesar un amplio corredor salpicado de puestos de comida y máquinas expendedoras, poblado de voces, encharcado de asfalto y sudor, luego salir de nuevo a la luz del día, recorrer una galería rodeada de aparcamientos y entrar en la terminal más cercana. Rafa camina unos metros hasta la puerta donde unas diez personas esperan la llegada de los vuelos. La puerta por la que llegó a Berlín. Mira en dirección contraria a la suya. La luz se tiñe de pasado, el aire se enturbia y repentinamente tiene que salir de allí. Vuelve sobre sus pasos hasta el tren. Una fuerte corriente de aire fresco serpentea por el andén y el sol le habla a la tierra detrás de un telón de nubes. Rafa se monta en el tren, se queda dormido, se limpia la saliva de la comisura de los labios con dedos torpes y avergonzados, se baja súbitamente en Tempelhof.

El parque de Tempelhof se despliega frente a ti como un error de cálculo, el producto de una escala invertida: una inmensa explanada de hierba junto a una luna gigante de columnas y ventanas que reza: “BERLIN TEMPELHOF”. Un antiguo aeropuerto, ahora kilómetros y kilómetros de espacio sin construir, donde hombres y mujeres han sustituido a los aviones ausentes. Pequeñas criaturas en caminos de gigantes. Una pista de aterrizaje cruza el parque de sur a norte, y así Rafa llega a las sombras de Neukölln: locales sociales para jubilados turcos, calles desigualmente pavimentadas, pequeños parques escondidos. Rafa se adentra en uno de ellos, escucha tras unos minutos un saxofón, camina en dirección a la música, atraviesa la música, se aleja de ella, cruza un pasaje en el que un turco le ofrece hierba en inglés, le pregunta dónde está la salida y él le dice que siga recto, geradeaus, Rafa sigue recto y a su lado un chico con rastas le compra unos gramos a otro turco. Rafa tiene la boca seca y las venas de la cabeza le laten con fuerza. Camina por una avenida y compra una botella de agua, y bebiendo observa las terrazas de restaurantes griegos y egipcios, de bares exhibiendo nombres de cervezas en pequeños paneles acristalados junto a la puerta de entrada. El sol sigue en el cielo, algo bajo, aún con largas horas de tarde por delante, largas y pesadas horas del atardecer de finales de mayo. Coge un metro en Südstern, se baja en Yorckstrasse y toma otro más.

Llega a casa. La cabeza le sigue latiendo. Bebe agua. Sístole, diástole, cristalinas y punzantes, un tambor en las sienes. Se pone a escribir. El pulso se disuelve con cada palabra, se disuelve y se escribe, y dentro sólo quedan regueros de migas y la presencia de un muro insalvable, taponando las salidas, vigilando insomne en el bosque oscuro de la lengua.

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