Laureles

Era esencial comprar una libreta. Con el tiempo nacieron temores. El temor a desaparecer. Más tarde ese temor fue un deseo.

Pero será mejor que me explique. Un día me quedé sin trabajo. Yo no me lo esperaba, para qué voy a mentir. Hacía mi labor, como se dice, me ganaba el pan con el sudor de mi frente. El jefe no pensó lo mismo. Era una empresa pequeña de mensajería. La sede era un local alquilado a un abogado catalán que arrendaba algunas propiedades y que, según el jefe, tenía una casa en Pedralbes y manejaba bastante pasta. El caso es que cierto día se nos citó en una reunión extraordinaria. El tema era secreto, lo que para nosotros era un mal augurio. La cita a la que me refiero tuvo lugar en el despacho del jefe. Allí nos apiñamos todos como pudimos. Tomen asiento los que puedan, bromeó el jefe, sonreímos nosotros con bocas de plástico, Ramos, ahí hay hueco. A ver, me ha llamado Julio (el abogado de Pedralbes) y me ha dicho que hay algunos problemillas con el contrato del local, minucias, alguna que otra cláusula que habría que repetir. El caso es que hablando de las gestiones me comentó que algunas fuentes le han comentado que se planea bajarle los impuestos a las empresas de nueva creación… (algunos minutos de discurso insípido)… firmar todos estos papeles, yo os mando mañana las copias a cada uno, se cambia el nombre de la empresa, se hacen algunos cambios en la contabilidad y listo. Lo que vienen a decir es que renunciáis a vuestro puesto de trabajo, no, dejadme terminar, si lo que vamos a hacer es que después yo os contrato en la empresa nueva, no cambia nada y desgravamos. Fácil. Todos abandonamos el despacho convencidos de su honestidad. Era viernes. Llegó el lunes. El jefe había vendido la empresa. No había nuevo nombre, no había nuevos contratos; ni siquiera sé si había un abogado que vivía en Pedralbes. Tras siete años no tuve que madrugar. Y la luz del sol fue dolorosa.

A partir de entonces los hilos familiares fueron mi sustento. Encontrar un trabajo relacionado con mis estudios se desveló rápidamente como una empresa imposible. Entre primos, hermanos, vecinos, vecinos de primos y alguna que otra ex conseguí breves trabajos: repartidor de pizza, repartidor de publicidad, hombre anuncio, mozo de almacén, aceitunero, pinche, jardinero. Lo importante no es el tiempo que pasé afrontando un eterno retorno de ilusión y moneda, sino lo que hice con ese tiempo. Comencé, como dije, llevando pizzas por toda la ciudad y llevándome a casa un solitario zumbido que me torturó el oído derecho durante las dos semanas de curro. Pocos días después el zumbido, leal como una mascota, se desvaneció. Llegué a echarlo de menos como se añora un desengaño. Nostalgia de oído. Pasé unos veinte días buzoneando por la Macarena. Fue durante los primeros días que anduve por la Avenida de la Constitución cubierto por un cartel amarillo y negro (COMPRO ORO) cuando comencé a escribir. Una tarde vi a una pareja besarse frente a un puesto de buñuelos. Me llegaba el olor intenso y azucarado de los dulces. Pensé: “el sabor de los besos”. La frase me tuvo en vilo toda la noche, no lo sé, yo qué sé por qué, sólo sé que vi venir la imagen como se ven llegar los trenes en los sueños. Esperándome. La imagen poco a poco fue tomando forma y formando frases. Empecé a buscar situaciones para saciar mi curiosidad, azuzada por el oscuro embrujo de los besos y los buñuelos. Por las noches mi mente aguijada repasaba los bordes de esas imágenes con dedos inquietos, como un lector de braille. Intentaba encontrar pistas de algo que no conocía por un motivo desconocido. Era superior a mí. La fiebre cesó un poco mientras fui mozo de almacén.

Conseguí entrar en la campaña de la aceituna. Hacía mucho frío y me fui a Jaén en una furgoneta con un matrimonio y sus tres hijos. Conducía el padre. Tras semanas de reclusión entre el trabajo y la cama, las conversaciones que mantuve con ellos reavivaron mi pasión y la arraigaron, sin ellos saberlo, en una parte muy profunda de mí. En mis hojas le otorgaba castigos a los injustos y descanso a los atribulados. Escapaba a la noche con mis sueños, y al despertar escribía, poco antes de amanecer, algunas ideas que se me habían ocurrido el día anterior o con los ojos cerrados. Quizás no habría sido tanto el poder que ejerció sobre mí la escritura de no haberme sentido tan impotente durante los últimos meses. Fue una época muy dura. No sé si la escritura es la salvación del alma o si es necesario sufrir para escribir, pero para mí era una ventana en la ciudad desde la que podía saltar a correr por el campo. Al volver no pude quitarme de la cabeza la imagen de uno de los chicos vareando y suspirando una soleá. Escribí algunas líneas sobre el alma y la voz en la servilleta de un bar. Fue entonces cuando decidí comprarme una libreta. Me agencié en una papelería un cuadernito con la tapa amarilla y una intrusa línea negra que la cruzaba de arriba a abajo. Cuando retomé la historia, el texto tomó el control y se me presentó, tras cuatro horas de trance, en forma de un relato de treinta páginas sobre la visita de un hijo a la tumba de su padre.

A partir de ahí todo cambió. Llovía el día que Miguel Temprano llamó a la puerta de mi casa. Temprano llevaba adelante una pequeña revista de literatura, Tierra Baldía. Supo de mis textos por Ramón, que lo conocía de unas clases de teatro en Viento Sur. Ramón vino a visitarme un día y, tras ofrecerle la única silla del pequeño apartamento y sentarme en una caja de cervezas le enseñé con extranjero desdén algunos de mis mejores textos. Tengo que reconocer que notaba una mejoría constante en mi estilo y en la facilidad con la que llevaba al papel mis ideas. Entre estos textos estaba el relato del cementerio. Mi amigo, tras leer algunas páginas, las arrancó de la libreta y me prometió que me las devolvería con intereses. No supe de él en días. Cuando pensaba llamarle Temprano me llamó a mí.

Lo primero que me llamó la atención de Temprano fue su sonrisa; estaba nimbado por un aire de compromiso incómodo, apretaba ligeramente los labios entre sí, te miraba como si le recordaras una mala época o una infancia. Dos surcos verticales le flanqueaban la boca. Parecía a punto de inflar una pompa de chicle. Tenía el pelo corto y algo de barba, y sobre el vello escaso un bigote de vacaciones, destacando como un alumno que se ha equivocado de clase. Se presentó con nombre y apellido y cargo, me llamo Miguel Temprano, de Tierra Baldía. Al ver mi expresión de desconcierto añadió que conocía a Ramón, que había leído un texto mío y que si podía hablar conmigo. Le dije que sí y entró. Daba la impresión de ser simpático, pero el efecto que causaban sus fórmulas de cortesía me recordaba más a los gemidos ahogados de un estreñido. Sufría de una forma sutil y permanente, algo así como un fantasma. Entramos en materia. Me dijo que él también escribía, que había comenzado el proyecto con otros tres compañeros, que había leído lo que yo había escrito (eso ya lo había dicho) y que le había encantado, que tenía fuerza o corazón o alma (no recuerdo exactamente qué palabra utilizó) y que si no me importaba enseñarle algo más. Saqué de una caja de zapatos pilas de servilletas, periódicos, trozos de papel higiénico, folletos publicitarios, antiguos contratos. Me dijo que si me importaba que fumara, le dije que no, me preguntó si tenía cerillas, fui a la cocina y le llevé la caja entera, escogió algunos textos, se acercó a abrir la ventana y se puso a leer. Durante una hora y media estuvo pidiéndome que le pasara más textos, y todo el tiempo estuvo de pie, leyendo junto a la ventana, papel en una mano y tabaco en la otra. Yo mientras no sabía qué hacer, si moverme o quedarme sentado en la silla; algunas veces se me ocurrían ideas o frases, aunque tenía el cuaderno en la cocina y no me atrevía a dejar la habitación. Algo me retenía. Entonces no sabía qué, pero creo ahora que la causa de esta reacción fue ver al fantasmagórico pesar de los ojos de Miguel Temprano disiparse al leer, escaparse como una nube rota. En cierto modo me conmovió. Me parecía prisionero de una pasión encarcelada o de una vida que no era la suya, si se puede decir algo tan fatal. Cuando terminó, la sombra volvió a su rostro y su cuerpo abandonó la ventana, que cerró con lentitud, y sus manos, que durante unos segundos sostenían los papeles como una flor dormida, los metieron con ternura en la caja de zapatos. Me ofreció algo de dinero a cambio de escribirle algunos relatos para su revista. Acepté el encargo. Se marchó con la misma expresión de fiesta intrusa con que entró.

Empecé a trabajar de pinche de cocina en un bar de la calle Coruña, convencido de que si aguantaba un poco con dos trabajos podría por fin ahorrar algo de dinero. Noté los primeros cambios en la cocina del bar. No me conseguía concentrar, los ingredientes escaseaban o rebosaban en función de mis peregrinos divagares. Cocinaba y al mismo tiempo hilvanaba líneas argumentales, rescataba historias, modelaba personajes. Escribí un relato sobre un castillo y un huraño conde que lo habitaba, servido por un lacayo espiritado y solícito. No me gustó, lo hice una bola y lo tiré por la ventana del patio interior. Pasaron los días y logré componer dos o tres tramas sólidas y estéticamente aceptables. Las mandé por fax a Temprano desde la papelería donde compré la libreta. Al día siguiente recibí en mi casa un sobre con un cheque de 40 euros y una nota que indicaba que me serían entregados cuarenta euros más por cada relato publicado. Me sentí algo decepcionado, teniendo en cuenta que la revista era mensual. ¿40 euros por un relato en cada número? Iba a ahorrar una ridiculez. Abandonaba la cocina del bar cada vez más preocupado por mis negligencias y por la paciencia del encargado. La amenaza del despido comenzaba a poseerme. Al mismo tiempo, sin embargo, la situación era distinta a las anteriores: ahora el futuro tenía una silueta distinta, cálida y peligrosa; me parecía haber encontrado por fin un oficio. Escribir convertía mis días en una semilla que prometía frutos excelsos. Tierra Baldía se publicó y, durante las primeras semanas, parecía como si mis palabras sólo las hubiera leído el viento.

Una noche me echaron del bar. Era de esperar. Preocupado más por el éxito de mis relatos que por mi situación económica pregunté a regañadientes por otro curro y a los pocos días me encargaron el cuidado de un jardín particular en la Palmera. Tenía que regar las plantas, cortar el césped, arrancar las malas hierbas, verter periódicamente productos químicos en las macetas. La tarea no era difícil. Estaba regando unos laureles cuando Temprano me alcanzó en la calle. Le había preguntado a Ramón dónde trabajaba. Le habían llamado de una editorial importante. No es de las grandes, dijo, pero es importante. Y los ojos le temblaban por primera vez. Creo que se sentía partícipe de mi éxito. Nos fuimos a un bar para celebrarlo, me pagó unas cervezas y luego se despidió de mí prometiéndome noticias. Unos días después me llegó una carta de la editorial, cuyo nombre no aparecía por ningún lado, citándome en su sede.

No me gusta recordar ese momento. Sólo diré que a partir de entonces me he dedicado exclusivamente a la escritura. Los primeros años sobrevolé las mieles de mis triunfos como en un sueño húmedo. Mi pasión por escribir, lejos de debilitarse por la costumbre, crecía vigorosamente. Sólo pensaba en publicar, en llenar con mi nombre las bibliotecas y las librerías y las casas. Salté desde la cima de la gloria eterna creyendo que podía volar. Pero el cielo se nubló y la obsesión ardió hasta quemarme las alas. Comía y dormía cada vez menos, encadenado a una palabra esquiva, a una frase mezquina, a una trama desmembrada. Comencé a aborrecer la escritura. Recibía cada vez más cartas de admiradores, más peticiones de colaboración de diarios y revistas. Lo que antes había sido una forma de escapar del mundo se convirtió en un mundo solitario y muerto e infinito, en una cárcel con cerraduras secretas. Surgieron los primeros síntomas del cansancio, me costaba subir las escaleras, me quedaba dormido y se me nublaba con frecuencia la vista. Pero para el resto del mundo era un escritor y yo vivía en mis textos, y mis textos no envejecían jamás. Intenté romper mis contratos, pero ciertas cláusulas arteramente enmascaradas me impedían interrumpir mi producción. Me convertí en una marioneta. Odié lo que antes amaba. Una noche pensé: “Mi talento está acabando conmigo”. Decidí escribir deliberadamente mal. Confundir los verbos, entorpecer el discurso, obstaculizar la comprensión, maltratar los adjetivos. No funcionó: se consideró que mi cambio era valiente y que era el gurú de una nueva literatura. Escribía lo peor que podía. Pero quizás de forma inconsciente yo mismo corregía las faltas más graves, y eso impedía que ciertos sectores de la crítica me rechazaran. Hasta hoy.

Hoy un joven me ha enviado un relato. Es muy bueno. Se lo he enviado a Temprano.

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