Suposición

Gracias, Cortázar.

Las direcciones postales son distintas en Alemania: aquí uno no apunta el número y la letra del piso, sino el apellido del inquilino, por lo que las calles son jugosas fuentes para un escritor seco de nombres. Me sitúo en la acera, frente a los buzones, y elijo un apellido. Hessler.

Hessler. Supongamos que es una mujer. Maria Hessler. Supongamos y sigamos suponiendo hasta el final de la historia.

Maria Hessler tiene treinta y dos años y vive sola en un piso de la Rosenthaler Strasse. El piso está compuesto por habitación principal (demasiado grande), dolorosa habitación de invitados, revelador cuarto de baño, somnoliento salón, cocina jubilosa y abigarrado cuarto de estudios (trastero al mismo tiempo). Maria Hessler estudió en el colegio Kaiser Wilhelm y en el Gymnasium (denominación con reminiscencias romanas, al igual que Lycée, aunque baccalauréat más bien parezca un humeante plato de pescado) Die Linden. Estudió Filología Hispánica en la Freie Universität y alternó un curso de cocina con granadas lecturas de Cortázar, García Márquez y el resto de la troupe. Da clases en el Albert-Einstein-Gymnasium, al que viaja primero en metro y luego andando, primero andando y luego en metro. No le gustan las aglomeraciones. Prefiere el arte abstracto al figurativo. Actualmente lee una antología de poetas peruanos, prologada por algún tierno seguidor de Vargas Llosa. Observa con lenta desesperación el constante surgir de algunas canas en su cabello, la lucidez morosa. Hunde el dedo en un tarro de nocilla y se lo lame. Pasa las páginas con la mano derecha, aunque a veces debe sujetar el tarro para que no se caiga al rebañarlo. Son las ocho de la tarde de un viernes.

La luz se filtra por el visillo marfil mientras Maria Hessler duerme. Quizás esté soñando consigo misma reflejada en un espejo negro, o con el pueblo. Sí, el pueblo. Su padre es alemán y nació en Potsdam, junto a una calle de tierra y un museo que ahora está cerrado. Su madre es natural de Zamora, de un pueblecito cerca de la frontera con Portugal, Vivinera o Tola o Sayago. Un verano fueron a pasar unas semanas. Maria era pequeña y sus padres aún no se habían separado, el peso insoportable de la espera, quizás el tiempo demasiado puro de un matrimonio sin brechas perceptibles excepto una sola, huraña y artera, la propia unión. Llegaron tras un largo viaje en caravana. Las imágenes son varias: una alberca con ranas, la tibia luz del atardecer entre las ramas de un árbol (quizás un chopo), un balón rojo y amarillo perdiéndose por una pendiente abrumadora. Por supuesto, habla alemán y español, uno por el entorno y otro por el recuerdo y las lecturas. Su padre se fue a vivir a California con una mujer sospechosamente viva, con una lluvia gris en la cabeza y un collar con cuentas de colores. Su madre volvió a España. Hablan por Skype. Alguna vez vendrá a visitarla, pero aún no tiene el dinero suficiente. Su madre de súbito se convierte en una moneda, y la moneda es su madre, y María se despierta con los ojos húmedos y se levanta y va al cuarto de baño, donde se recibe a sí misma y a su cabello, teñido de color caoba contra las burlas del tiempo, y piensa dónde está Johann. Johann, novio y fantasma prematuro, traidor inesperado tras dos cafés y algunas lágrimas, sin dar razones, no estoy hecho para ti, he sido muy feliz contigo, y algún que otro lugar común, aunque en los ojos de Johann se puede adivinar un dolor desacostumbrado, una cuerda tensada durante mucho tiempo que ahora se rompe con un pungente chasquido. Qué hacer ahora, con treinta y dos años, y algunas canas, de qué sirve el tinte si soy capaz de ver a través de él, si soy incapaz. Busca la cocina como en un sueño turbio, se prepara una taza de café y unas tostadas, enciende la radio, empieza a morder las tostadas y a sorber el café, apaga la radio, se queda mirando el patio trasero, las bicis encadenadas, los contenedores de reciclaje, los escalones húmedos, la piedad de un parche seco en medio del suelo. Qué tonta, no va a volver, y no voy a darle otra oportunidad, cómo es eso de que no podía más y no quería hacerme daño, es contradictorio, no puedo insultarle, sin embargo, me duele tanto no poder decirle vete a la mierda, decírselo a la cara (sorbe el café), quizás lo haría, (le da un generoso bocado a la tostada), tú que me sostuviste con anhelos y promesas de otros meses, cabrón (dolía), cabrón, no puedes haberlo hecho, pensaba que eras alguien distinto, pensaba que a estas edades ya era imposible, que el paso de los años formaba un compromiso duro, de aristas escasas pero firmes, y ahora me sales con eso hijo de puta, niño de mierda, sólo un niño, no va a volver, quizás no quiero o sí quiero, no sé, no sé. Deja la taza con el poso de café en el fregadero, recoge las migas morenas y las tira a la basura, va al baño, se frota con fuerza los dientes, se enjuaga con Listerine y el picor le llega al alma, se pone algo cómodo, coge la antología de poetas peruanos y sale a pasear. Dos horas después vuelve al portal y se le cae el libro al suelo cuando me ve en la acera, dice Johann, y creo ver una luz distinta en el fondo de sus ojos.

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2 comentarios en “Suposición

  1. Me ha gustado mucho, mucho.
    1. Yo a veces me pongo a observar a la gente en ese plan, pero sin tu habilidad.
    2. A ver si de tanto suponer te vas a aficionar o les vas a coger (más) cariño a las matemáticas.
    3. ¿Ahora te interesa el (idioma) francés?

  2. 1.Es divertido imaginarse las vidas de los demás.
    2.Ya sabes que a mí las ciencias también me gustan. Es una pena que me falte la base, porque me gustaría saber de matemáticas, de física y esas cosas.
    3.Todos los idiomas son una traducción. Cuantos más domine uno, mejor puede comparar. Y al comparar, quedarse con la mejor versión.

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