5 cosas de mi habitación que me avergüenzan

En vista de que mi lector de RSS -que no tengo- ha dejado de funcionar, contesto ahora a una nominación que me hizo hace semanas don Ochoa en su blog. Silvio aún sigue encendiéndose el pitillo.

El hombre de las gafas imposibles me insta a nombrar cinco detalles de mi habitación que me avergüencen. Como mi cuarto de Sevilla lo comparto con mi hermano, optaré por destripar mi cuarto de Berlín. Siendo sincero, esta habitación tampoco es mía, sino del hijo mayor de mi casera. Siento su presencia en pósteres y balones desinflados de fútbol amontonados en bolsas de plástico trasparente como sentía Joan Fontaine la voz inacabable de la exmujer de Laurence Olivier en “Rebeca”. O casi. No obstante, tengo el derecho a adjudicármela (a la habitación, no a Fontaine), pues pago religiosamente a mediados de cada mes.

En fin, cinco cosas que me avergüenzan de mi habitación:

1.-La lámpara del techo. De una barra de aluminio -presumo que lo es- se agarran tres bombillas cónicas colocadas de tal forma que iluminan toda la habitación. Hasta hace un mes y medio, aproximadamente. La bombilla que iluminaba la zona de la mesa en la que tengo el ordenador se fundió con un chasquido apagado. Ahora, cuando hablo por Skype, el efecto de contraluz me convierte en un trasunto de la vieja de Psicosis. Decidí cambiar de sitio las bombillas para colocar una de las que sí funcionaba en la dirección de mi mesa. Al intentar girar la bombilla fundida, la lámpara entera crujió. Y cuando digo que crujió es que temí que se me cayera parte del techo encima. Tendré que dejar la bombilla tal y como está y cambiar la mesa de sitio. Como los leperos.

2.-La cama. El colchón de mi cama tiene la misma densidad que el catre de un hostal de mochileros y algo más de altura que un futón. Para rematar la jugada, a las fundas de las almohadas -tengo dos- les sobra la mitad de la tela, con lo que tengo que hacer dobleces para que lo blandito no se salga. Evidentemente, tras los movimientos inconscientes del sueño, las almohadas amanecen como les da la gana. Hay una alta probabilidad de que el doblez más picudo e incómodo coincida con mi cara.

3.-La estantería despensa. Tengo una estantería blanca de IKEA que empleo como despensa personal. No sé si al hacerlo me siento más como un marqués con privilegios o un eurista viviendo en un piso de treinta metros cuadrados. El caso: la estantería tiene un influjo extraño en algunos alimentos, especialmente la leche. La historia es que tenía un cartón de leche en el frigorífico a punto de acabarse. Al echar la leche en el vaso cayeron pequeños grumitos blancos. Cogí un nuevo cartón de mi despensa personal y lo abrí. Más grumitos. Así con los dos cartones restantes. Tuve que tirar mis provisiones de leche para dos semanas. Pensé que sería de la marca, así que compré otra. Pasó lo mismo. Lo gracioso es que a veces no se corta, con lo que dejar la leche en mi despensa es una lotería. Puta estantería.

4.-Los ruidos. Yo soy yo y mis circunstancias, dijo Ortega. La habitación es la habitación y los vecinos. Justo encima de mí hay una familia melómana. Los niños están aprendiendo a tocar el piano y el violín. Lo importante es el piano. Sus ondas tienen una gran capacidad para traspasar los tabiques. El problema no es en sí el sonido del piano, armónico y dulce. La cuestión es ese repetir incesante de la misma melodía que se te incrusta, de forma que cuando ya no suena sigue sonando en tu cabeza. Sin embargo, aún peor son las sesiones musicales de la hija de mi casera. La chica, de quince años, tiene un altavoz redondo que te permite enganchar en su base tu iPod y escuchar la música a toda hostia. Que aprendan las trompetas del Apocalipsis. Hace dos o tres semanas no dejó de sonar durante horas el Ay si eu te pego, o como se escriba. Ayer puso La bomba, de King África. Temo por mi vida.

5.-La televisión. Mi cuarto tiene una televisión de pantalla plana. Una televisión que sólo capta canales analógicos -concretamente, cinco- con una neblina molesta que permite ver la emisión pero la enturbia como unas gafas sin limpiar. Por suerte, en Internet se pueden ver los programas.

Nomino a El taller de máscaras. Tengo curiosidad.

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