Círculo vicioso

La nostalgia, como todos los sentimientos al mismo tiempo negativos y positivos, es consecuencia del contraste. Llevas toda tu vida viviendo en el mismo sitio -y cuando digo viviendo quiero decir habitando una vivienda permanente, entre breves idas y venidas puntuales a algún que otro destino turístico o a la casa de algún familiar- y, pasados los meses, ya en otra ciudad, especialmente en otro país, tu país resulta ser el paraíso perdido. Algunas personas, no exentas de cierto tremendismo patriótico y chulesco, aseguran que las fronteras marcan el inicio y el fin de esta sensación. Dicho para que se me entienda: que vaya yo a pie, en avión, en barco, en bicicleta, en coche, en autobús, en tren, indefectiblemente existe un sensor interno que se activa cuando cambiamos de lugar. Como si fuéramos un teléfono móvil. Evidentemente, no somos un teléfono móvil, sino hijos del tiempo –el tiempo es la sustancia de la que estoy hecho-, más que del espacio.

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Existe un patrón básico para determinar si una novela es de tiempo o de espacio. En el primer caso -hablamos de un ejemplo puro- el protagonista -de haberlo- permanece en el mismo lugar durante toda la novela, y el tiempo pasa y el protagonista cambia. En el segundo caso -seguimos con los ejemplos puros- el protagonista -de haberlo- no deja de trasladarse de un lugar a otro, y las vicisitudes de su viaje cambian su forma de ser. Respectivamente, La Regenta o el Quijote. Entre los dos extremos, en una mezcolanza de una armonía inextricable -alerta de oxímoron- se encuentra el cronotopo. En pocas palabras, el cronotopo es la unión de espacio y tiempo en una sola entidad -el cronotopo-, cuyas dos partes se influyen y retroalimentan.

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Somos más hijos del tiempo que del espacio. El espacio es como un tío muy querido al que vemos todos los veranos en el pueblo y que nos hace reír con sus tonterías y mohínes, pero que la mayor parte del año está en otra ciudad, viviendo su vida de padre sin sobrinos.

La influencia del tiempo en nosotros es insalvable. Querer huir del tiempo es como querer andar tranquilamente por el largo pasillo de nuestra casa cuando están las luces apagadas y son más de las 8 de la tarde. Especialmente si acabamos de ver una de miedo. Yo no puedo evitar a veces mirar por el rabillo del ojo, cerciorándome de que la vieja de Insidious no me está observando con su tétrica sonrisa. Aun así, camino a paso ligero. Y a veces, cuando alcanzo la cama, cubro cualquier posible entrada de aire con la sábana, y mientras encojo mi cuerpo con pavor, en lo que podría ser un reflejo de los primeros meses de vida dentro de tu madre, espero a que la ráfaga de miedo se marche. Incluso entonces, cuando racionalmente todo indica que no existe amenaza alguna, asomo los ojos lentamente, atenazado por la sospecha de que el asesino, el monstruo, el fantasma, el espíritu, el demonio o cualquiera de las otras figuras del imaginario universal del terror esté esperando a que me asome para verme la cara, o mejor dicho, para que yo le vea la cara -una risa obscena, los ojos tremendamente abiertos, como los ojos de los niños de algunos anuncios de juguetes infantiles- mientras me mata. No tengo una imagen concreta, sin embargo, para el método de asesinato. Quizás sea con un objeto puntiagudo, o estrangulándome -también es posible la asfixia con una almohada o un cojín sobre la cara-. La asfixia siempre me ha aterrorizado. Sobre todo la asfixia en el mar. Me afecta especialmente leer algo sobre gente que se ahoga: es como si yo mismo me estuviera ahogando, como si me hubieran atado algo muy pesado a los pies y me tiraran al mar, o al río si es en una ciudad. En fin: huir del tiempo es como huir de la sensación de querer huir por la noche ante la amenaza de un pasillo a oscuras. (En todos estos casos, lo más aterrador y contradictorio es que todos estos miedos y conjeturas sobre la muerte violenta no son más que ignorancia y misterio, y me temo que todos esos monstruos y asesinos y fantasmas no son más que espejos). El miedo y el espacio y la muerte y el tiempo son adultos que nos miran a través de los cristales de una incubadora, o un grupo de niños que le pegan porrazos al escaparate de una tienda de animales. Los niños están mirando a una pareja de perros que intentan dormir, rodeados de tiras de papel, y que ahora se desperezan y saltan mirando a los niños. Los perros somos nosotros. La tienda de animales es un mero soporte narrativo. Quizás la fuerza simbólica de representarnos como bebés o animales dentro de habitáculos de cristal indica indefensión o inconsciencia. El ejemplo de los perros tiene el poder adicional de convertirnos en mercancía. Yo sólo escribo bajo el influjo de un imaginario, y todo imaginario es histórico, excepto -según algunos psicoanalistas y antropólogos- cierta clase de símbolos -generalmente relacionados con el sexo, la violencia, el miedo y la jerarquía-. Mi imaginario -mi época: principios del siglo XXI- no promete mucho de momento. Se dice que es una época de transición desde algo que no sabemos hacia algo que no sabemos. En medio vivimos todos, sin saber a dónde vamos -como siempre, por otro lado-, pero caminando casi de forma automática, impulsados por la esperanza o por la falta de esta, avanzando porque sí, como avanza cualquiera, tenga la edad que tenga, cuando corre a refugiarse en la cama por el temor a que algo sin forma exacta le aceche desde el fondo de la oscuridad.

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-Yo quiero bailar un son
y no me deja Lucia
– Yo que tú no bailaría
porque está triste Ramón.
– ¿ Por qué está tan triste?
– Porque está malito
– ¿ Por qué está malito?
– Porque está muy flaco
– ¿ Por qué está tan flaco?
– Porque tiene anemia
– ¿ Por qué tiene anemia?
– Porque come poco
– ¿ Por qué come poco?
– Porque está muy triste

(Círculos viciosos, del disco “La Mandrágora”, con Joaquín Sabina, Javier Krahe y Alberto Pérez.)

(Del último no había oído hablar en mi vida.)

(De Krahe sólo puedo decir que hace canciones graciosas y cáusticas. Como de muchos otros, puedo dar bastantes detalles superficiales, aunque realmente no conozco sus canciones. Pero cuando hay que hablar de algo, hay que dar lo mejor que uno tiene o callarse.)

(Un amigo de mi padre dice que Sabina es gilipollas porque en una feria del libro se comportó como un cretino y un vivalavirgen. Al parecer estaba esperando [el amigo de mi padre] en la cola para que Sabina le firmara un autógrafo.)

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Y como somos hijos del tiempo, esta diferencia de territorio no se nota hasta que pasan muchas cosas -las cosas, los acontecimientos, son la encarnación del tiempo, si queremos mantenernos en los términos en los que planteamos esta entrada-. Sin darnos cuenta estamos acumulando vida sobre los hombros. (Para Juan Rulfo los hombros eran un lugar muy importante del cuerpo. Para Onetti lo era la espalda, pero porque le gustaba mucho escribir de gente que fumaba tumbada en su cama. No creo que la espalda fuera en esas escenas un elemento importante, realmente. Sólo quería dar a entender que sé algo de escritores hispanoamericanos.) Y estos acontecimientos, dormidos en el rincón de la memoria al que no llega la escoba, salen como cucarachas de forma totalmente inesperada, o se asoman poco a poco hasta que es imposible ignorarlos, como el amanecer o los relojes.

Lo divertido es que al mismo tiempo que el espacio -a través del tiempo; es decir, el espacio cuando pasa a ser espacio del pasado- se transforma y se deshace de su velo y sus máscaras, nosotros cambiamos y nos vamos alejando aunque creamos que estamos más cerca que nunca del espacio que añoramos. Dicho de otro modo: añoramos un lugar del pasado y mientras tanto nos alejamos de ese mismo lugar que -por supuesto- sigue su ritmo en el presente. En este caso, la cama es el pasado, y el pasillo -que olvidamos que está ahí- el presente, y el monstruo -del que huimos- el futuro.

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“Es extraño que el aburrimiento, que tan pesado y rancio es, tenga tanto poder para poner cosas en movimiento.”

Søren Kierkegaard.

Lo que viene a decir que siempre huimos del monstruo y que nunca nos daremos cuenta de que el monstruo nace con nosotros y muere con nosotros. Sólo cuando nos vamos y hablan de nosotros podemos descansar.

Todo viaje es una pequeña muerte. Como los orgasmos. Aunque de distinta manera.

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We’re just two lost souls / swimming in a fish bowl

(Intentad no fijaros mucho en los pájaros ni en el empalagoso atardecer ni en ese hombre que probablemente está pescando y que se marchará a su casa porque pronto será de noche y va a coger frío. En la descripción del vídeo viene la letra de la canción. Si sabéis suficiente inglés os recomiendo que cerréis los ojos.)

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2 comentarios en “Círculo vicioso

  1. Krahe es un poquito más que un crack. Sabina puede permitirse ser un cretino si quiere, porque se lo ha ganado a pulso. Alberto Pérez no existe, es una mentira. La Mandrágora era, junto con Les Luthiers, mi banda sonora de viajes a Madrid en el coche de papá 😀 Por otro lado no me gusta ser la Regenta, prefiero Don Quijote colocado de setas.

    No pienses tanto en el tiempo y el espacio, que no te dé tiempo a sentir la nostalgia nada más que el ratito de irte a dormir. Estás en Berlín, my friend. Aprovéchalo al máximo. Aquí te esperan mil cosas y aquí van a seguir cuando llegues, Fcom incluida, para nuestro pesar… y sí, nuestra época no promete nada, es una transición chunga de isla en isla. No veremos la salida del túnel. Para algo somos la primera generación que va a vivir peor que sus padres 😀 Y encima se nos ocurre querer ser periodistas, toma ya. Nos va el riesgo.

    Un beso Rafaé. Que me voy al Salvador de servesitas, a tomarme una a tu salud.

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