Berlín: Puerta de Brandenburgo y alrededores

Por fin puedo presumir de ciudad. O, más que presumir, dejar constancia de que sí, que estoy en la capital de Alemania, entre turcos y alemanes, entre rusos y vietnamitas. Tengo cámara y no dudaré en usarla.

Hoy me he despertado y hacía sol. Durante muchos días el cielo se había ocultado sobre mullidos colchones de nubes. De ahí que escriba “hoy me he despertado y hacía sol”. Aquí en Berlín, en esta época del año, “hoy me he despertado y hacía sol” podría incluso ser un microrrelato al estilo del de Monterroso. De hecho, el año pasado la ciudad estuvo nevada desde noviembre hasta marzo. Deseoso de ver nevar por primera vez en mi vida, me recreaba en las estampas invernales que iba a poder disfrutar en los meses de invierno. De momento, no ha nevado ni un solo día.

Sin embargo, es invierno. Y se nota por el frío y por las ramas desnudas de los árboles y por la blandura del sol cuando calienta la piel. No hay más que ver algunas fotos:

Tenía ganas de hacerle unas cuantas fotos a la Puerta de Brandenburgo y sus alrededores. Por fortuna, la línea de S-Bahn (S-Bahn = Metro superficial; U-Bahn = Metro subterráneo) S1 me llevaba directamente desde la estación (Sundgauer Strasse) más cercana a mi casa hasta el mismo centro de la Pariser Platz. Desde allí, centro histórico del Berlín dividido, parten como dos brazos la Strasse des 17. Juni y el bulevar Unter den Linden.

La Strasse des 17. Juni -cuyo nombre es un homenaje a unas revueltas obreras que tuvieron lugar el 16 y el 17 de junio de 1953 en Berlín- atraviesa el Tiergarten -literalmente, un bosque en medio de la ciudad- hasta la Grosser Sterne (Gran Estrella), una glorieta sobre la cual descansa una inmensa columna coronada por una estatua de oro de la diosa Victoria, y de allí a Ernst-Reuter-Platz, en el barrio de Charlottenburg. Desde lo alto de la Columna de la Victoria -así se llama-, Victoria da la espalda a su hermana, otra estatua de la misma deidad que, montada en una cuádriga de cobre, vigila sobre la Puerta de Brandenburgo el otro brazo de la Pariser Platz:

Unter den Linden es, para un afamado escritor, “la calle más bonita del mundo“. Sólo el hecho de que sea un sintagma preposicional y no un sustantivo -como casi todas las calles que conozco- le insufla cierto aire poético. En español significa “Bajo los tilos”, y los tilos a los que se refiere son los que mandó plantar en 1647 Federico Guillermo I de Brandenburgo para unir su palacio con las puertas de la ciudad. Wikipedia dice: “fue adornada […] por Federico”, pero dudo que aquel hombre amara tanto a su patria como para arrodillarse él mismo y mancharse las manos de abono. En total se encargaron unos 2000 árboles -1000 tilos y 1000 nogales-, lo que al parecer soliviantó una pizca a los guardabosques, que no sabían como satisfacer el suministro en el corto plazo establecido. Ya en el siglo XX, tras varias ampliaciones, y como multa que el hombre paga a la despechada naturaleza por su amor por el progreso, parte de ellos fueron quemados durante la construcción del S-Bahn en 1934. El resto quedaría en ruinas durante la Segunda Guerra Mundial, en la Batalla de Berlín, que entre tantas muertes dejó la de Hitler, acorralado en un búnker sito junto a la Nueva Cancillería. En 1950, los tilos serían replantados. Goethe vivió durante unos días en esta avenida. También Schiller o Heinrich Heine, quien le dedicaría unos versos con epatada escritura:

Ja, Freund, hier unter den Linden
kannst du dein Herz erbaun,
Hier kannst du beisammen finden
die allerschönsten Frau’n.
Sie blühn so hold und minnig
im farbigen Seidengewand;
Ein Dichter hat sie sinnig
wandelnde Blumen genannt.
Welch schöne Federhüte!
Welch schöne Türkenschals!
Welch schöne Wangenblüte!
Welch schöner Schwanenhals!

(“Sí, amigo, aquí bajo los Tilos / puedes elevar tu corazón, / aquí puedes encontrar juntas / a las más bellas mujeres. / Florecen tan clementes y amorosas / en capas sedosas de color; / sensatamente, un poeta / las llamó flores andantes. / ¡Qué hermosos sombreros de plumas! / ¡Qué hermosas bufandas turcas! / ¡Qué hermosas mejillas arreboladas! / ¡Qué hermosos cuellos de cisne!”)

Hay mucho ambiente en la Pariser Platz. Dos hombres con uniforme militar y uno vestido de Darth Vader posan para las cámaras en un podio con la palabra “BERLIN”. Tras ellos, la Puerta de Brandenburgo. A su lado, unas veinte personas sentadas en el suelo forman un “círculo de meditación”, o eso ponen varios carteles.

Le hago algunas fotos a un pintoresco motocarro:

A una señora al cuidado de un caballo:

A un perro aburrido -me divierte pensar que está aburrido-:

"¿De dónde vengo? ¿Quién soy? ¿Qué coño hace ese tío vestido de Darth Vader?"

La Puerta de Brandenburgo, tras ser restaurada en 2002, luce, al parecer, como el primer día. No es un arco de triunfo estrictamente hablando, sino más bien una suerte de propileo con una portada dividida en cinco puertas, la central algo mayor que las laterales, bajo la que se puede pasar libremente -hasta 1918, el paso central estaba reservado a la familia real y a la familia del general Ernst von Pfuel, condecorado con la comandancia de parte de la ciudad tras la toma de París posterior a la infausta Batalla de Jena, devolviendo de paso el carro de la diosa Victoria a Berlín, pues los franceses se lo habían llevado con ellos como trofeo de guerra-.

Mi intención inicial había sido fotografiar la Puerta de Brandenburgo, y eso ya lo había hecho. Por ello, me dejé llevar por la intuición y el frío -no podía pararme mucho a pensar- y me encaminé hacia el Reichstag.

El Reichstag es famoso por dos cosas: una de ellas es la icónica foto en la que un soldado ruso aferra la bandera soviética frente a un Berlín en llamas. Era el 2 de mayo de 1945. La guerra había acabado. Décadas más tarde, tras una serie de pesquisas y confirmaciones de testigos directos, se descubrió que la foto sufrió algunos retoques en forma de extraños aditamentos y desapariciones. Sí, sólo detalles. Pero el diablo está en los detalles. Por un lado, se agregaron algunas columnas de humo para simular un incendio que, en el momento de la foto, no tenía lugar. Por otro lado, se borró uno de los dos relojes que el soldado que sostenía la bandera tenía en sus muñecas. Al parecer, los rusos arramblaron con todo, y no quedaba bien dejar muestras del saqueo: un reloj era suficiente como rúbrica de la hora victoriosa. La bandera, por cierto, fue tejida con tres manteles rojos. La otra razón por la que el Reichstag es famoso es la cúpula de cristal con la que Norman Foster quiso simbolizar la reunificación alemana (Wiedervereinigung) tras el traslado de la capital alemana de Bonn a Berlín en 1993. Está abierta al público, y supongo que tiene unas vistas espectaculares.

Después he caminado un poco por el paseo del Spree -uno de los dos ríos que atraviesan Berlín-. El paseo llevaba por acompañamiento la música de un clarinetista callejero. Improvisaba con cierta melancolía, y me hizo recordar la época de mis primeras entradas en este blog, cuando deambulaba por las calles y los parques como un zombi, totalmente abstraido por los fuertes embates de un horror existencial.

Visité, para entrar en calor, una pequeña exposición sobre el muro de Berlín. Constaba de tres partes: la principal la conformaban trozos del muro de Berlín con las cifras de muertos de cada año, desde su construcción hasta su destrucción. Es sorprendente y tenebroso ver cómo la cifra pasa de los 40-60 de los primeros años a los 10-20 de los siguientes. La ecuación bien puede ser resuelta si se mezclan la esperanza, el ingenio, la tenacidad, el miedo y la resignación. ¿Por qué ese brusco descenso? ¿Descreimiento? ¿Escondites más efectivos? ¿La esperanza de que algún día cercano volvería la cordura y el muro caería?

Las otras dos partes de la exposición eran diferentes fotografías de los años 80 en Berlín, unas de manifestaciones y otras de ruinas. En el muro de uno de estos edificios vi una pintada impactante. Su deseo (“Nie wieder Krieg”; “Guerra nunca más”) alza la voz por la letra mayúscula y, sobre todo, por el atroz estado del edificio:

De camino a la estación de S-Bahn, pude fotografiar algunos Mercedes de lujo:

Compré en un kiosko por 4 euros Der Spiegel, bastante crítico estos días con Christian Wulff, Presidente de la República Federal de Alemania. Wulff está en la picota por un presunto caso de favores empresariales y amenazas a periodistas.

Ya en casa, me di cuenta de la falta que me hacía pasear de día. Observando las fotos en el ordenador, algo me dejó estupefacto. Entre las fotos, una de ellas desvelaba por fin el misterio: la razón de que haya tantas nubes en Berlín no es el clima. Al parecer, salen de lo alto de las fábricas. Los alemanes se las saben todas.

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7 comentarios en “Berlín: Puerta de Brandenburgo y alrededores

  1. “…deambulaba por las calles y los parques como un zombi, totalmente abstraído por los fuertes embates de un horror existencial…”
    Aunque parezca increíble….yo iba contigo.

  2. Oh, las nubes al irse se han llevado también la pesadez de alma de los meses anteriores. No sabes cuánto me alegro :).

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