La mesa

Toda la desgracia de los hombres procede de una sola cosa, que es no saber permanecer en reposo en una habitación.

Blaise Pascal

Roja es la mesa. Tiene seis tablones de madera roja, dos listones transversales de roja madera, dos varas rojas que atraviesan los listones transversales rojos, y cuatro patas rojas que se cruzan en parejas, formando dos pares de rojas equis, y uniéndolas una cruz transversal roja, formada por otros dos listones rojos. Abajo, dos barras rojas unen las bases de las dos cruces rojas. La mesa es roja. La descripción pura de la mesa debe obviar las revistas, papeles tintados, cartas, libros pequeños, botellas de soda, termos, globos, tarjetas con instrucciones impresas, postales y monedas que la cubren. Con todos estos objetos, la mesa es especialmente solidaria. La mesa es inoportuna, porque llega Bettina a la cocina, la mujer que me arrienda el piso.

La mesa perdura ahora en el limbo, está donde no la puedo ver. Puedo en efecto dibujarla, esbozarla, y no sería un problema hacerlo si no quisiera absorberla, plasmarla en cada detalle, ser un dios, darle carne a la madera, inmortalizarla. Por tanto espero, y el tiempo me abrirá su puerta cuando desee, y la mesa esperará como esperan los objetos. Pasiva, fiel, digna.

La mesa es temprana. Es roja de mañana. Algo menos apagado sin llegar a ser intenso. Parches de pintura se reparten por su madera roja, sobre todo en las esquinas, que dibujan antojos de color carne. En la tabla tercera, empezando por la derecha, lindando con la segunda, perdura solemne entre tanto rojo un antojo más pequeño con la forma de Australia. El rojo es un rojo manchado con pinturas, con restos de azúcar mojada, con líneas quebradas de goma.Hay migas entre cada balda, y cenizas de cigarro,  y pequeños trozos de cáscara y ramitas. En algunos tramos hay puentes de pintura roja entre las tablas. Entonces la mesa es nostálgica, deseada, deseante y melancólica.

La mesa es juguetona. Debajo juegan al escondite dos botellas de un litro de soda, resguardadas bajo faldas invisibles. Escorado, un balde de plástico azul con un cepillo de dientes blanco y morado huye de la mirada inquisitoria de las tres bombillas del techo. La mesa es culta. Esta mañana, nada más sentarme a verla, en la esquina más cercana, una revista muestra una entrevista a Mario Vargas Llosa. La mesa es rebelde, si es que la mesa adquiere las cualidades de lo que conserva de la caída,  si es que las palabras de Vargas Llosa son las mismas que el titular inmortaliza: “Mein Vater verbot mir zu schreiben”. La mesa es alemana. Si fuera española, diría: “Mi padre me prohibió escribir”. La mesa es bilingüe.

La mesa tiene alma sensible. La mesa se coloca junto a la ventana, y se estira hacia atrás para ver los árboles. Sólo puede ver el cielo azul. Le hacen falta huesos, pero lo intenta. La mesa es trágica. Me acerco a ella. Me agacho, me pongo a su altura. Me sorprendo: puede ver desde su extremo la última ramita de un árbol altísimo. La mesa es perseverante, victoriosa. La mesa es dócil. Permanece en la cocina como una planta, con la falsa inmovilidad de los muebles. La mesa está herida. De un lado asoman dos travesaños, y surge un clavo en diagonal de cada uno. Alrededor se desvanece la pintura, se resquebraja la madera. La mesa es titánica. La mesa es estoica.

La mesa es una mesa.

Mesa es mesa.

Mesa.

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