Cuento y videojuego

La memoria no hace sino desviarnos del camino. Y en uno de esos desvíos encontré un videojuego que me llenó muchas tardes cuando era pequeño, a falta de amigos con los que jugar en la calle. El cartucho incluía dos juegos: “Castle of Illusion” y “Quackshot”, ambos protagonizados por personajes Disney -respectivamente, Mickey y Donald-, ambos puestos a la venta a principios de la década de los noventa. Y como un polluelo jugaba yo, alrededor de 1995, seguro aún de que lo único que existía era mi nido.

Además de un desvío, la memoria es una madeja que se devana, se entreteje y se disgrega. Mi infancia son recuerdos felices que no logran materializarse por completo, pero que son fácilmente evocables si se incluyen en un único tapiz, el entretejido de mis primeros años. Me recuerdo jugando con la videoconsola, me acuerdo del proceso, yo conectando los cables tras la televisión, gorda como una vaca, yo llevándome algún que otro calambrazo, yo desenrollando el mando, a través de cuyo cable se adivinaba una estructura apelmazada de cables más finos, verdes, blancos, azules, amarillos. Y también recuerdo el diseño de las fases del juego, y estas imágenes son el fondo de estos años. No miento. Lo que más hice en mi infancia fue jugar solo.

En este desvío, pues, encontré el videojuego. Me lo descargué y me puse a jugar. Me lo pasé. La experiencia estuvo en todo momento cargada de nostalgia. La magdalena es a Proust lo que los videojuegos son a mí. Su músiquilla MIDI me traslada cuánticamente a mis principios sin moverme, y es como si una agüilla fresca y dichosa me calmara el pecho.

Pero debo tener cuidado: los objetos relacionados con el recuerdo son esponjas. Si juego mucho ahora, el videojuego perderá su unión con el pasado, y entonces será demasiado tarde. Es inútil querer revivir lo que ya pasó. Soy distinto. He crecido. He vivido alguna que otra cosa.

Y por esta razón sentí algo, al pasarme “Castle of Illusion”, que no podría haber sentido de pequeño. Al final del juego, cuando acabamos con la bruja, nuestra novia es liberada. La bruja, ahora bondadosa, los ayuda a escapar del castillo, que amenaza con derrumbarse, y se despide de ellos, dado que ella es un mero auxiliar en la historia, que termina con Mickey y Minnie abrazados y corriendo por el campo. Una representación más de la felicidad a través del amor. No podría haber sabido esto hace siete meses. Ahora lo sé.

Gracias a esta idea, comprendo que el videojuego y el cuento comparten fondo y, a veces, forma. Sería bueno que Bajtin hubiera jugado a la Playstation. Así habría descubierto que ambas formas de entretenimiento son, simplemente, una sublimación de la búsqueda humana de la felicidad. En ambos el objetivo es claro, esperanzador, luminoso. El camino, sin embargo, está poblado de obstáculos. Siento, en Alemania, lejos de Sevilla, que el tiempo es el obstáculo. Y que los monstruos y oscuridades que me reservan las páginas y las fases son las máscaras con que el tiempo y la distancia disfrazan su desafío. Ahora que lo estoy viviendo, lo sé.

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