Algo de Berlín

Berlín es hierba fresca y mermelada de ciruelas. Es hojaldre y salchichas, es maíz tostado. En Berlín, luz y oscuridad no se equiparan. Cuando anochece, la incertidumbre absorbe a las farolas, y en las bocacalles pueden verse luces amenazantes que vigilan y se acercan. Y nada más. Berlín es exageradamente nocturna. Luego las luces se van sin haber llegado, y llega ahora el sol sin venir, con rayos soñolientos que besan ramas invisibles. Me rodean hayas, tilos, abedules. Miran las ventanas y los coches como la audiencia de un estadio, parten despedidas de sus ramas y sus troncos. Las hojas se desprenden y cubren las aceras de olas húmedas y pardas. El viento atraviesa, se desliza como agua por los cuerpos, atraviesa y se mantiene. En Berlín los cristales, las ventanas, las puertas y los muros son más apacibles, protectores. No me sirve ya el recuerdo del aire caliente, de la sábana mojada que en verano se resiste a despegarse de Sevilla, la hirviente sartén. El cerebro se voltea hacia dentro, donde nunca llega nada, ni siquiera este frío que atraviesa y que amenaza con crecer. Pues crecerá. Aún es octubre, a mediados del mes. Las noches se aproximan con prisa, mañana con más prisa, pasado la noche entera, una rotunda y unánime luz que no está, que surge cansada y débil, que aguanta unas horas su destino y luego cae. La luz es menos trágica en Berlín: en Sevilla late con fuertes punzadas, en Sevilla el sol recorre el cielo orgulloso y se estira, corre y recorre, descubre los grises rincones y les da color. Aquí la luz nace renunciada: el color es siempre el frío abanico de los grises, los marrones, los verdes y los azules. Rojas y amarillas brillan las señales de obras, las luces de los semáforos, los abrigos de señoras que viajan en el metro, las tiendas turcas y vietnamitas de comida, las tiendas chinas de cacharros, las pizzerías. En Berlín crece el humo con el frío, humo de bocas y de tubos de escape, humo de chimeneas y de puestos de comida caliente, conos blancos entre la niebla mostrando a los coches el porvenir. En Berlín los bares prometen un trago distinto cada vez, y hay locales decorados con rusa fealdad, donde grandes televisiones entretienen con partidos a los hombres. Berlín es el universo, Berlín se abarca y se escapa, y se expande y no se alcanza nunca. Berlín es superlativa. Berlín es alemana, no es alemana, es turca, no es turca, es rusa, no es rusa. Berlín es la Fernsehturm, Berlín son las casas antiguas de Neukölln, son puertas altas y hermosas, Berlín es un hormiguero, el hilo de vida que incansable se desplaza desde Tegel hasta Schönefeld, desde Alexanderplatz hasta Hautpbahnhof, de Steglitz a Marzahn. Berlín es enorme, inconmensurable, de un caos ordenado, Berlín es muy pobre y muy rica, es burguesa y anarquista. En Berlín los parques se acuestan por la noche, cuando todo pierde su imagen, cuando todo se funde y unifica en una imagen absoluta. Berlín es el sueño en el que duermo.

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