TXL

Unter den Linden es la calle más bonita del mundo. Me ha sorprendido. La he sorprendido de noche. Unter den Linden es la calle más bonita del mundo cuando se ensancha e inspira. No conozco el nombre de casi ninguna estatua, de casi ningún edificio que muestra en su orgullo inabarcable. La mirada se pierde, no hay duda. Quizás es bella porque yo también la miro perdido, buscando una imagen conocida como busca el hombre a su mujer junto al tren que acaba de llegar. Rodeado de desconocidos, como el hombre que busca a su mujer: así busco yo la belleza en esta avenida.

Pero no una belleza inconsistente, indeterminada, el tipo de belleza que genera desconcierto, que satura. Esa sensación la encuentro ahora y la encontré por penúltima vez en el Louvre: intenté visitarlo en un día. No se puede visitar un museo, por muy pequeño que sea, en un solo día. Los museos están ahí -casi siempre bajo la amenazante mirada de la administración local-, constantes, porque se alimentan de tiempo. El museo es paladeo, es lamer con los ojos los bordes del cuadro, las manchas de pintura, avanzar y recular, percibiendo el cambio mágico entre la luz sin nombre y la figura completa, observar el granito, cada una de sus dudas y atrevimientos, la curva de una cadera, la tensión de un tendón esculpido. El museo está pensado para una belleza distinta de la neblina que me cubre la cabeza mientras miro desde el bus TXL -dirección Alexander Platz- a uno y otro lado de Unter den Linden.

Esa nueva belleza, de alguna forma esperada, conscientemente madurada, necesita tiempo, pensamiento, aprendizaje. Y se debe administrar en pequeñas dosis: más allá del impacto estético que provoca un edificio o un monumento, esa primera señal es como la primera capa de pintura. Más allá de este asombro, el ojo educado para la belleza, el ojo que quiere más que este primer encuentro, volverá a recorrer, de forma distinta cada vez, las arcadas, las nervaduras de la cúpula, las vidrieras.

Voy en el bus TXL, que conecta el aeropuerto de Tegel, al noroeste de Berlín, con Alexanderplatz. En estos primeros días conozco las dos puntas del hilo. De cabo a cabo, el misterio. El viaje. Poco a poco le pongo nombre a algunos tramos: Turmstrasse, Alt-Moabit, el cruce entre Unter den Linden y Friedrichstrasse -que, si no me equivoco, forma un limpio cuadrado de asfalto-. Lo que resta, esparcido por las calles: edificios aún sin historia, monumentos aún sin motivo, columnas y fachadas aún sin significado.

Voy en el bus TXL de camino al Media Markt de Alexanderplatz. Es de noche. Una llovizna indecisa humedece las calles y los cristales del autobús. De vuelta, a la izquierda, se adivina sobre los árboles la bandera de Berlín. Corona una iglesia. Creo que la Marienkirche. La bandera ondea en la noche, iluminada por un foco invisible desde el autobús. Roja, blanca y roja, las luces y las sombras se deslizan por ella como se desliza sobre las hojas de un libro el reflejo de la lluvia en las ventanas.

Yo pensaba leer un libro durante el trayecto. Finalmente no lo hice. En los quince días que llevo aquí, nunca había visto la lluvia en Berlín. Es de noche. El autobús atraviesa un puente. El río -creo que es el Spree- está tranquilo. Es una lámina de metal, una tela brillante. Me imagino su susurro, igual que imagino el sonido de la bandera de la Marienkirche al ondear. Es entonces, cuando complemento en mi mente esta realidad que observo, es entonces cuando noto que lo que veo es bello.

Más aún: cuando pasee junto a estos edificios y monumentos, cuando mire el río, cuando vea flamear la bandera de la Marienkirche, allí en la noche… Cuando lo haga, ya educado, ya meditado y estudiado cada uno de sus recovecos, será entonces cuando Berlín me deje estar bajo sus faldas. Y la lengua descansará dentro de la boca, y el pecho, transido de luz, me transportará a otro tiempo. El tiempo espeso y fluido de la contemplación, la calma segura de la belleza verdadera.

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