Los cordones blancos

Llevo una semana en Berlín.

El otro día hablaba sobre política, sobre prejuicios, sobre el estado de las cosas, con Andy, un cubano de veintimuchos años, hijo mayor de la mujer que me está acogiendo mientras me mudo a mi nueva habitación en una WG -casa compartida-. Desmoraliza pensar que estos debates caseros son enfrentamientos inválidos, sin relevancia política, reducidos al escenario humilde de una mesa con botellines vacíos de Berliner Pilsner y residuos de la cena: causa limeña, yuca, bradwurst, pastel de chocolate. En la pared a mi derecha, letras recortadas gritándole “HAPPY BIRTHDAY” a la mujer cubana. Por el suelo pequeños recortes de papel brillante: Party!, esta vez en una modesta minúscula. Tras el cumpleaños, debatimos Andy y yo sobre Grecia, sobre el racismo. Le pregunté por Alemania. Cómo es en realidad. Yo le conté cómo es en realidad España. Cómo nos la damos de abiertos y tolerantes. Cómo celebramos a los cuatro vientos el cumpleaños eterno de la democracia, el abandono ya olvidado de la dictadura, mientras -como consecuencia del olvido del abandono- optamos por dar cobertura elefantiásica a la visita del Papa o al turismo de Michelle Obama cuando viene a Málaga con sus hijas. Y, como español en otro país, me pierdo, me alejo de la mesa, de la celebración, de la música cubana. Pienso en España. Con algo de Alemania. Soy un español en Alemania.

Llevo una semana en Berlín, metido en un cuarto, con salidas exclusivamente administrativas. Sólo ayer, cuando por fin encontré piso en Zehlendorf, al sudoeste de Berlín, me fui a un bar. El Quasimodo, en Kantstrasse. Dos grupos: Doppelleben deLuxe y algo así como “Nosequién and his positiv spirits”. Luego, jam session con teclado, bajo, guitarra, batería y un saxo sin ideas. Un telón rojo teatro custodiaba como un gorila la batería. La luz de los focos salpicaba chispas naranjas y moradas sobre los instrumentos, sobre el suelo del escenario, revuelto de cables y miradas. La entrada era gratis, lo que explica mi visita. Desde un taburete, escorado a la izquierda, podía ver las frágiles coronillas, tímidas banderas de la protocalvicie de hombres algo marchitos, bien arreglados y situados, con sus vasos de medio litro de cerveza con una baba de espuma por el borde. Algo de surrealismo: el cantante de la banda de reggae pide que todos contesten a sus palabras “en un idioma universal” (sic): “Assalamoe `alaykum”, dice el cantante. Respondemos yo y dos más: “wa`alaykum assalam(con la torpe lengua occidental). Me pregunta una chica: ¿Qué hay que decir? Se lo explico. Más tarde, el cantante vuelve a buscar la respuesta del público. Tras de mí, la chica y su amiga gritan, ufanas cual alumno de Opening: “Malaku Salama”. Además de alemanas disléxicas y hombres en el filo de la senectud, encuentro el ambiente hipster de un local de jazz, sazonado por el aire incómodo de un local de jazz en el que no se toca jazz. No importa: es permanente el movimiento acompasado de cabezas y de cuellos, de punteras de zapato, los sorbos con la mirada alzada, las cámaras reflex chiscando silenciosamente, los paseos diligentes de la camarera, las miradas cómplices entre perfectos desconocidos. Me quedo disfrutando en el taburete no sólo del espectáculo, sino de las miradas. Y de los intentos de un pobre senegalés de hacer hablar a alemanes su lenguaje universal, cuando aquí el único idioma universal son los aplausos y el desprecio velado de las charlas inmunes a la música.

Hablando de idiomas universales. Andy me dijo que Alemania conserva un poso de nazismo. Sobre todo en las ciudades pequeñas, en los pueblos. Ayer un chico alemán, Christian, me cuenta que Berlín no es Alemania. Eso dice mucho de Berlín y de Alemania, puede entenderse. Berlín, oigo, tiene también reductos radicales: quizás Marzahn o Lichtenberg, los barrios más al este, pero no es para nada lo que ocurre en la Alemania más oscura. El otro día, caminando por Alt-Moabit, veo en la calle a un tipo rapado, con ropa negra y botas Doc Martens y una mágica capacidad para mantener vacío su círculo más cercano, como un sónar invisible. Yo caigo en el embrujo, y me alejo, incluso cambio mi trayectoria. Pero me queda una duda: ¿era skinhead o punk? Dicen que hay una diferencia: los cordones. Si los cordones son blancos, ten mucho cuidado. De ahí que, desde este momento, mi encuentro con un nazi siga la siguiente secuencia: un humilde descenso de la mirada y un brusco cambio de dirección, a donde sea, a la otra acera, a esta tienda de turcos, no, mejor a la otra acera.

Mi miedo a encontrarme con un nazi en Berlín es, sin embargo, absurdo. Y lo que lo vuelve ingenuo y nefelibata no es que no haya nazis. Es que están cubiertos, domados. Es que los nazis no sólo llevan cordones blancos. Igual que los franquistas no van a comprar el pan con el brazo en alto. Pero los hay. En todos lados hay mierda. Aquí es todo apariencia, y ni me quejo ni me alegro. Adopto una máscara de indolencia, un telón rojo teatro. Hago como que no escucho la música para sentirme mejor.

Pero es un paréntesis, una mácula. No hay que temer nada, realmente. Berlín, todos me lo dicen, tiene mucho que darme. Al fin y al cabo, voy a pasar aquí -vacaciones mediante- los próximos diez meses de mi vida.

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2 comentarios en “Los cordones blancos

  1. …Y te lo vas a pasar genial y vas a aprender un montón y vas a volver con muchas historias que contar que tenemos ya muchas ganas de oír los que nos hemos quedado aquí, en esta Sevilla tan rancia (lo es). Nazis hay en todas partes. Son tiempos duros, y en los tiempos duros los gilipollas afloran. No hace falta irte a Berlín para ver a un rapado con botas militares (preciosas como las mías) y posibles esvásticas tatuadas en el pecho. Hasta en Córdoba los veo yo, y mira que es una ciudad pequeña… Pues eso, cámbiate de acera (sentido literal) y cada uno a su casa.

    ¿Me hubiera gustado ese bar? Al final no fuimos a la jam en aquel bareto de la Alameda. Queda pendiente para cuando vuelvas 😉

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