Una metáfora simple sobre algo que parece complejo

Tindu se pone en cuclillas sobre las puntas de los pies, coge un papel arrugado y roto con la punta de los dedos, lo mira como leyendo con la punta de los ojos, lo intenta entender como pensando con la punta del cerebro, como interpretando a través de una máquina marrón de óxido, obsoleta. Todo lo hace con las puntas, como si recordar de verdad le llevara a otro mundo. “Es bueno viajar”, piensa en primer lugar. Seguido, corriendo sobre la cinta, sale de la oscuridad un segundo axioma que invalida al primero -que deja, por tanto, de ser irrebatible-: “No es bueno viajar a donde estuvimos, si luego no se puede volver”.

Dejo a Tindu y me quedo mirando el ordenador. Es verano. La noche. La noche de nuevo. Pero es otra, otra que veo desde fuera sin que sus lobos de silencio me revienten el pecho y la cabeza. Es la nueva noche, pero sigue haciendo calor. Será normal, viviendo donde vivo. O, ahondando en el querido simbolismo, será que el calor está en mí.

Estoy sin camiseta, con unas calzonas de baloncesto que mi hermano suele usar -pero ahora no está aquí: mi hermano se ha ido de viaje de trabajo-. Mi padre está en su pueblo. Mi madre está en su cama. Consideremos que estoy, en esta soledad repentina e inocua, en el desierto donde Tindu soslaya los ojos para ver sus recuerdos. Supongamos que Tindu soy yo, y que yo soy todo lo que escribo. Pongamos que todo esto es verdad, que todo esto es estrictamente autobiográfico, y que no hay nada más que vida pasada y vida nueva, las dos en una única vida que regurgita y se mezcla y se calma y se marea.

¿Qué había antes del desierto? Había mucho más. La arena seguía allí, porque la arena está en todas partes, en todos lados respira esa impune estepa de horas. Sobre ellas, sobre esas horas sin nombre, las horas enfrentadas al aburrimiento, las horas enfrentadas al desconocimiento, a la incredulidad, quizás al crecimiento -leve, espero- de mi engreimiento. ¿El escritor es engreído? No tiene por qué: puede ser perfectamente humilde. ¿Qué clase de escritor soy yo? Tindu no puede saberlo: no hay folios completos. Esparcidos en este mar sin cielo, los trozos de marfil se esconden, se revuelcan cuando viene el viento y lo cambia todo de lugar. Las horas primeras permanecen, subsisten siempre iguales, observando el misterio de las vidas, de mi vida. Observando y callando, sin dar ninguna pista. Ellas, que todo lo saben, también luchan contra el aburrimiento.

Hace poco, del horizonte llegó un tornado, un delicioso remolino. Lo perdió todo durante semanas, perdió a Tindu, me perdió a mí con su velo. Pero era un velo tan dulce… Su seda cubrió la memoria de leche, no se veía nada excepto un placer hecho a medias de dolor y de verdad, de engaño y de dulzura, de destino y de fragilidad. Poco a poco, el nivel ha bajado. El tornado se llevó lo bueno a otro mundo, donde mi oscura inconsciencia descansa tras un largo viaje.

Aquí, en el desierto de las palabras antiguas, de los recuerdos hechos recuerdos, de la memoria de la memoria, Tindu busca el rastro de su identidad atormentada. Sabe que está ahí, que sobrevive bajo la tormenta como sobreviven las horas primeras, esas que todo lo saben.

En su ingenuidad, creaba leyes eternas. Al soltar el papel arrugado, Tindu sonríe, sonríe con unos labios tensados por una lucidez punzante: “¿Leyes eternas? Cuando seas eterno.”

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4 comentarios en “Una metáfora simple sobre algo que parece complejo

    1. Digamos que lo que Tindu sostiene son los discursos de un Tindu distinto al que es ahora, los primeros textos oscuros y abstrusos. Ahora es un Tindu que vive con todo el corazón, pero que viaja a veces al desierto en el que vivió durante tanto tiempo, ese desierto donde sólo quiere casi-no-tocar las cosas.

  1. Creo que a Tindu se lo irá tragando la arena hasta que solo sea un recuerdo escrito. Y si consigue sobrevivir irá cambiando de nombre (¿Pundi? ¿Shandy?).

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