Palimpsesto

En un relato, alguien había imaginado que leía en un palimpsesto, oculto tras las líneas de un manuscrito arameo, que un anciano le contó cierta historia a un niño. Anciano, qué es anciano tras el tiempo. ¿Cuántos años tiene aquel anciano? Nacemos, crecemos, morimos. Y, tras el velo de piedra, como la pleamar vuelve a subir el anciano para ser anciano eterno, para no volver a ser más que tiempo hecho roca, hecho mar, hecho inconmensurable eternidad. Hecho literatura. Simplemente un viejo. No recuerdo los detalles de la historia, pero el hecho es que el relato, que tanto tiempo estuve leyendo mientras sufría el calor que ahora mismo te revienta a ti burbujas de aire en la cabeza, lector, que te derrite esa mirada que tienes de mantequilla, resbalándose por los renglones como caracoles en patines sobre hielo, caracoles patines hielo, los tres bailando en un charco quebrado, unidos bajo la carpa de una mirada única, un lazo ardiente, el nuevo significado saliendo del alma del poeta, el poeta inaugura, decía Bachelard que decía Jouve, el hecho es que el relato me abrió la puerta enquistada de la imaginación, y como de una caja, la caja del payaso, sorpresa y susto, botaron fuera tres o cuatro caras, tres o cuatro palabras, tres o cuatro ideas, tres o cuatro luces, tres o cuatro son números, sólo números en el desierto si no tienen palabras, si nadie cuenta qué son, quiénes son, quién soy, que volqué en mi propia historia. Aquí la cuento.

El Escritor deja el bolígrafo en la mesa. Cuando salgo a la calle, veo, miro, robo los ojos y los besos y las piernas y las vuelvo historias, las vuelvo del revés y les miro la etiqueta, el símbolo, y lo pongo todo en el Relato. El Escritor coge las llaves, se pone una camisa azul, holgada, el viejo de la copistería llevaba una camisa holgada, unos vaqueros y unas chanclas, baja las escaleras, camina por el lado de la sombra, qué calor pastoso, tengo chicles de sol en cada gota de sudor que me hormiguea por las sienes, veo al demonio en los reflejos de los coches. El Escritor llega al banco y descansa su mirada en la cinta verde que recorre los puentes, recoge el cuello entre los brazos húmedos de la sombra de los árboles, resguarda los oídos de los cocheros y de los niños y de los turistas, cocheros, de qué época hablamos, quizás de la Inglaterra victoriana, quizás de Sevilla, ningún año concreto. Entrecierra los ojos y sueña, sueña un sueño dentro de otro sueño, pues despierta entre sudores en las sábanas heladas de una cama de hospital. ¿Qué me pasa? ¿Qué hago aquí? Las sábanas le cubren las piernas. No, no cubren nada. No hay piernas. ¿Dónde se han ido? ¿Por qué no tengo piernas? ¿Es esto un sueño? Y Johnny cogió su fusil. Las preguntas son imanes, y si no lo son, al menos son amigas del azar, porque tanta insistencia provocó -no pudo ocurrir por casualidad- que un médico viniera a chequearle. Buenos días, cómo se encuentra, María vendrá enseguida, dijo que le iba a comprar bolas de coco, le quitaré parte de la dosis, está usted mejor, en efecto, no tiene piernas. ¿Oye mis preguntas? Por supuesto, no puede ocurrir por casualidad, esto es literatura y en la literatura nada ocurre por casualidad, hay alguien que lo piensa todo por nosotros. ¿Qué literatura? Nadie piensa por mí mismo: yo domino mi cabeza. Si, pero no tiene piernas. Se quedará, si así lo desea el narrador, en la cama para siempre. Pero no morirá, no puede morir si es literatura, no puede morir porque no está vivo, en cualquier momento puede salir del hospital y despertar a un mundo nuevo. No comprendo, quién es el narrador. El narrador es usted mismo. ¿Yo? ¿Cómo puedo acabar conmigo mismo? El narrador es usted mismo. El médico se aleja, el tiempo vuelve a reanudarse, y el Escritor mira el suero: la última gota cae, y sus ojos la acompañan. De nuevo se queda dormido. Aquí lo dejamos, sin mirarse más que a sí mismo, inválido, convaleciente: volverá a abrir y a cerrar los ojos como abren y cierran la boca los peces que se quedan sin agua y que, en su conciencia de peces, saben que van a morir, todos juntos danzando sobre una cinta de luz verde que no deja de avanzar. Todo esto imagina el Escritor que soñaría si se quedara dormido en el banco, pero una moto arranca a pocos metros, y esa otra realidad se esfuma, dejando el olor agrio de una promesa incumplida, de un paraíso verdadero, sólo son verdaderos los paraísos que no se pueden alcanzar, los paraísos absolutos, nadie será capaz de conseguirlos, seguirán siempre ahí como la eterna zanahoria del burro, todos somos unos burros inválidos, convalecientes en camas de hielo. El Escritor se levanta, mira al cielo, mira el reloj, mira de nuevo al cielo, más mojado y morado ahora, ¿pasa el tiempo también rápido en los ensueños?, entra, tras una elipsis, en su casa, y cena. Luego duerme, y aquí acaba su vida, dormimos y morimos, no queda otra, tres o cuatro tinieblas algo menos profundas, eso es lo que queda de nuestro naufragio.

El niño no ha entendido la historia, el anciano se ríe de él, se ríe con maldad, sólo lo comprenderás cuando la muerte te lama la espalda, te lama la espalda como los brazos húmedos de la sombra en los parques, de la sombra que crece bajo las ramas de los árboles, y entonces nada valdrá la pena, no valdrá la vida, y mucho menos las palabras. Para el niño las palabras no son nada, no lo son porque no comprende que es un personaje de una historia, y se aleja del anciano, se baña en un olvido cálido, qué calor que hace, lágrimas de chicle, carpas ardientes, y se pierde entre senderos, senderos que se bifurcan. Pasan las horas, y el niño encuentra la orilla de un río oculto entre los bosques, cintas de sol verde sobre asnos de hielo. El sol golpea el agua, suena como un tambor en los ojos del niño; el reflejo le hace volver la cara, y entre la hierba de aquella orilla sin hollar ve un papel muy viejo. Lo abre, lo mira al trasluz. Tras las líneas escritas en un idioma extraño, aparecen líneas nuevas, líneas frescas, líneas que esconden una historia. Con su mente, libre de toda edad, pues los niños nacen y son como globos llenos de helio, siempre subiendo, imagina el niño que alguien cuenta su historia tras haberla leído en un relato imaginario, que muchos años después un joven, por no se sabe qué razón -porque en la literatura la casualidad no existe- escribe un relato sobre el hombre que lee el relato en el que aparece el niño, aparecen el anciano, el río, el palimpsesto, aparece todo su mundo perdido entre otros mundos posibles, dentro de otras imaginaciones, de otros sueños. ¿Aquí acaba la historia? Los ojos del Escritor se vuelven a abrir. ¿Aquí acaba la historia? Bajo un sol pegajoso, como de chicle, el suero vuelve a caer.

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