Lo que traen los hoteles

“Si no fuera porque amo la lectura, habría abandonado la habitación del hotel y me habría buscado una vida de verdad”.

Con esta frase da comienzo mi novela. Mi primera novela. De hecho, es la única frase que tengo escrita. Las 21 palabras se asoman desde el interior de la cartera, llena de virutas de goma y de manchas de tinta. Realmente son 22 palabras: todas ellas sostienen la vigésimosegunda, como emblema de todos mis anhelos y esfuerzos durante mi estancia en el “Hotel Mediterráneo”: blanco. Blancos los cien folios que me he traído, impolutos, desoladoramente vacíos. Este silencio de las hojas de papel dice más que los manchurrones de pensamientos que decoran mi cabeza. Es como si Miquel Barceló me hubiera llenado de plastas de pintura de colores el cráneo, y ahora los picos y pegotes secos se me clavaran en el cerebro. Este dolor -al que mi espíritu de escritor añade afectación- es más palmario, más físico, gracias a la incipiente calvicie que me decora la coronilla con un sello hirviente y colorado. La falta de costumbre: me embadurno el cuerpo de bronceador y se me olvida protegerme la cabeza. Ahora tengo una cabeza inútil sobre un cuerpo aún más inútil. Sin cabeza no hay nada que hacer.

El único consuelo es que soy el único que sufre los dolores del sol, y de la arena caliente de la playa, y de los martilleantes gritos de los niños. Ni mi hijo ni mi padre sufren los efectos del calor. Dios los bendiga. Ellos que creen. El sol quema con más fuerza a los descreídos. Que caigan sobre mí las siete plagas. El primogénito está a salvo ya de los rayos UVA, de los balones, de las voces agudas como picos de cuervo, de los granos de arena, la nueva metralla del Estado del Bienestar.

Estamos al final del camino.

Fueron tres horas de viaje. La guía de internet aseguraba que lo normal era tardar una hora y cuarto, pero sus algoritmos no contaron con las vomitonas de mi hijo y el estómago de mi padre, genuinamente sensible a los viajes largos. Nos paramos en todas las áreas de servicio. Antes de salir, no tenía ninguna necesidad de llegar pronto. Pero las constantes interrupciones del trayecto le dieron al coche una densidad de asfalto: una masa caliente y burbujeante que me quemaba el ánimo, que me inyectaba dosis de ira, convenientemente administradas para que el subidón fuera continuo. Cerca del último área de servicio, a cuatro kilómetros del pueblo, mi padre mostró señales de no aguantar más sus ganas de evacuar. No vamos a pararnos porque estamos llegando ya y me tenéis hasta los cojones. Mi hijo no pareció entenderlo y llenó la espalda del asiento del copiloto de una baba verde. Tuvimos que pararnos. Obligado por las circunstancias, calmé mis ganas de dejarlos a los dos allí mismo. Paramos en la gasolinera. Era autoservicio. Atravesé la puerta, que se abría automáticamente a un paraíso de comida basura y revistas modernas. Tras el mostrador, un muchacho -no llegaba a ser un tipo, pero tampoco a ser un chaval: era, definitivamente, un muchacho- me miró de una forma extraña: en lugar de hacerlo directamente, fijaba los ojos en una pantalla situada a la altura de sus rodillas que, presumiblemente, le ofrecía una panorámica perfecta del local de veinte metros cuadrados, alternada con una imagen de los puestos de gasolina. Estos son mis dominios, así que ten cuidado con lo que haces. Desconfiado que era el muchacho. Metí la mano en el bolsillo. La cartera estaba atravesada en uno de ellos, y haciendo fuerza por sacarla cayeron algunas monedas y carnés por el suelo. El tipo consideró este acontecimiento lo suficientemente interesante como para echarle una ojeada directa. No movió las piernas, sin embargo. Allí se quedó, tan campante, viéndome recoger las piezas desperdigadas de mi identidad. En la cartera, de milagro, quedaron las fotos de mi hijo, de mi mujer y de mi padre. Saqué el DNI y la tarjeta de crédito y me largué de allí. Ya en el coche, vi a través del escaparate como el tipo contaba el dinero con concentración de ajedrecista. Sólo quería llegar: mi hijo y mi padre volvieron del servicio mientras limpiaba los últimos restos agrios del asiento del copiloto. Nos sentamos todos y nos fuimos. Con viajes como este, me encanta llegar a mi destino. Aunque este sea un hotel sórdido y cutre. Este es el final del camino.

Me pongo uno de los folios delante. Me pongo a pensar.

Llevamos dos días aquí. Mi mujer se volvió loca y me mandó fuera de casa. Decidí tostarnos y bañarnos a la costa del Atlántico. Es un misterio que el hotel se llame “Mediterráneo”. La publicidad lo inunda todo, la imagen vacía de un paraíso inventado, la utopía hecha realidad. El Mediterráneo en el Atlántico: ¿a quién le importa? En el folleto sale un matrimonio de ancianos sonriendo a cámara. Si ellos disfrutan, ¿por qué tú no? Odio estas mentiras, estos deseos manufacturados en despachos maquiavélicos que casi son ya la verdadera felicidad de nuestros días, el cuerno de plástico de la abundancia. Las odio tanto que me duele mucho estar aquí, casi sin quererlo. Contra mi voluntad, mi mujer me dijo que necesitaba estar sola al menos quince días, que quería estar tranquila, que no aguantaba más. Hoy me veo aquí, entre estas paredes pintadas de olor a extraño, a vidas ajenas, con mi padre -que duerme aún: el sol no sale hasta las 6:43 de la mañana- y ese pequeño cuerpo que tanto amo y que tantos dolores me suscita. Ambos me los provocan. Cada uno a su manera. Ahora que están callados puedo concentrarme para escribir. Quizás por eso no quería irme de la ciudad: allí ya tenía mi rutina, mi horario para escribir. Allí sabía reaccionar ante lo imprevisto, porque lo imprevisto tenía el carácter extraordinario de lo imprevisto, de lo verdaderamente extraordinario, un uno por ciento, tan sólo un tan sólo. Aquí, en el hotel, en esta habitación llena de pensamientos marchitos, todo es extraordinario. Sí: amo lo ordinario. Amo el bienestar de la constancia, de la cotidianidad, el olor húmedo del vaho de la ducha, el sudado orgullo con que me paseo sin camiseta los días de calor, el olor amargo de los cabellos de mi mujer cuando me despierto. Las cabezas de las mujeres dormidas huelen a almendras amargas. Aquí aprovecho estos momentos a solas para escribir. Son momentos importantes, mágicos. La parte baja del esternón se convierte entonces en el punto donde fluyen, cálidas y sedosas, las ideas y las pasiones dormidas: los pensamientos perdidos regresan, y yo, su padre agradecido, los dejo manar de mis labios y mis dedos, los dejo derramarse en el folio. Dios, es un momento mágico, sí que lo es. Veo cómo el boli atraviesa el desierto de nieve, cómo lo nutre y lo vuelve fértil, cómo crecen los árboles y los ríos, cómo nacen los mundos. Ojalá tarden en despertarse. No debí habérmelos traído.

Palabras mágicas. Un ronquido cortado quiebra este silencio de cristal de azúcar. Como tantas veces. Se levanta de la cama y me da los buenos días. Mira lo que he escrito por encima con los ojos entornados, mira el boli y se mete en el cuarto de baño. Mi hijo murmura unas palabras. Aún duerme, pero le falta poco para despertar.

Hace mucho que he soltado el boli. Los dos folios aparecen como dos esquelas encima de la mesa. Bajo las líneas, mi retrato a medio hacer hecho pedazos.

No tengo ninguna gana de bajar a la playa. Papá y el niño quieren. Acabamos por hacerlo.

Camino sobre la artificial dureza de las chanclas. Los dedos son cabecitas peludas y uñosas. Miro arriba joder casi me mato con la farola. Atravesamos una calle de las que llaman residenciales. Si se tratara de un folleto turístico, este sería el bulevar de la malvarrosa, o la vía del delfín, o quinientos nombres más en otros posibles quinientos mundos igual de astrosos y podridos. Aquí hace dos años había arena, tierra, agua y sol. Quizás un pequeño pinar. Hoy es la grandiosa avenida de la ballena. O el bulevar de la malvarrosa. No, prefiero la vía del delfín. Realmente no prefiero nada, pero tengo que elegir, y este lugar me ofrece como botellas de agua vacías. En los anuncios los cuerpos son esculturales. Dos gordos se pasean sin camiseta ahí, por la otra acera de la calle, esquivando mangueras y coches mal aparcados. Veo rebotar sus pliegues color de marfil contra el viento. Son panzas con piernas, esferas infladas, y me da pena pensar que vivían tan bien entre los filos secos de un sueño húmedo, los dos paseantes esculturales de la avenida de la ballena expulsados a un territorio hostil, astronautas sin casco, elefantes sin agua. Secos, inflados, serios. Casi dignos en su porte. ¿No lo ves? Llevan sobre ellos la bandera de nuestros días. ¿No la ves? Son unos heraldos, son lo que vendrá, son el testimonio feliz de las metas destruidas. Sí, habrá metas en estos mundos inventados: las habrá como habrá marcas de goma quemada en el suelo, como habrá perros o nubes, como habrá señales de tráfico o sabores de helado, los habrá como habrá olas o modelos de sombrilla o formas de matar o programas de televisión o personas. Todos iguales a nuestros ojos desnudos, a nuestros ojos sin cimiento.

¿Y papá y el niño? De todas formas ya llego a la playa, la arena está ahí como una sábana extendida. Ellos saben que estoy aquí, ya me verán, no me escondo. Pongo la silla, clavo la sombrilla entre dos familias. Huele a filete empanado y a sudor. Me pregunto dónde están los Quai de París, las faldas del Kilimanjaro, las tabernas de Madrid. Para escribir, la providencia me ha tirado a la cara esta vida desinfectada, tan falta del delirio y de la rabia, de la verdadera rabia: matar. Matar para sentirse más vivo. ¿A quién matar? Matar para poder escribir. Papá y el niño aún no han llegado. Pasan las horas y vuelvo al hotel. Noto un picor extraño en la coronilla.

Estoy en mi habitación. Estoy sentado en un sillón de fieltro verde: me recuerda a las sillas de los profesores, esos tronos que parecían transmutar a personas normales en instancias altísimas ante las que mortificarse y postrarse. Llevo puesto aún el bañador. Tengo todo el cuerpo húmedo, pringoso. Es una sensación desagradable. Mi padre y el niño no están aquí. Ellos no se mueren de calor. Quizás por su ausencia siento con más fuerza el pegajoso deber de escribir. Nadie me lo pide. Nadie me lo impide. Sólo yo. Son las siete de la tarde. Los turistas quizás ahora estén paseando por entre las dunas, llenas de hierbas, latas de coca-cola y condones, y más allá el mar, el inmenso mar donde se adivinan algunas piernas y rostros que flotan perdidos entre el agua, algo más roja ahora que atardece.

La huella del amable ser humano. Escribo tres páginas, las escribo precisas y duras, casi esculpidas, las escribo y es como si las palabras se agarraran al folio, como si se abrazaran dos amantes después de hacer el amor. Miro los folios. Me limpio en la ducha toda esta costra.

Niño surge de mil colores frente a su mi reloj las palabras se tuercen y machacan es el puré de mí el retrato roto no hay no no hay salida no hay ni tú ni yo podemos cariño ni tú ni yo sabes que no cómo puede ser si no cómo dímelo tú escribir para vivir no vivir para el niño y papá ellos no saben qué ni tienen culpa alguna la culpa es mía ven no te vayas no lo hice con mala intención las 21 palabras me miraban y yo no sabía supe qué hacer qué decir qué escribir hundirlos en una ola voltearlos y dejarlos allí no los dejé en la gasolinera mientras pude el mar tanto mar y dos peces que salen nadando hacia las fosas hacia lo profundo dos nuevos peces de luz salen de mi nariz mis ojos vacíos mis labios mi coronilla quemada un sol quema demasiado no puedo necesito agua fresca agua agua nombrarla es invocarla agua agua agua y me mojo me mojo los tobillos los muslos ellos se mojan el cuerpo entero no se resisten duermen los ojos son míos ahora por fin son míos se adentran en una balsa de cristal de azúcar de mis dedos nacen dos peces de luz que se marchan y dejan palabras no es sangre son palabras no es sangre no no es la solución a todos estos males a la mentira es un sacrificio he conectado clic es el contacto sí con la vida verdadera los peligros de antaño sol agua arena luz árbol un dinosaurio en chanclas las panzas proyectan puñales de sol no hay gafas no hay no no hay salida no hay ni tú ni yo podemos cariño ni tú ni yo cómo y cómo hierve la cabeza ahora da gusto cómo hierve se derrite y vuelve a formarse renovada ha renacido y está preparada las uñas son de tinta los folios aterrados se apretujan entre ellos qué nos vas a hacer pero luego se ofrecen a mis palabras este mundo matar para escribir es solo eso me atrevo a pensarlo y a hacerlo cariño no podemos hacer nada ya es mejor así ya se acercan los quai el kilimanjaro hemingway quevedo cortázar ya están aquí conmigo disfrutando sus rostros deshechos y el mío por piezas también por letras mis ojos sin mirar más nunca más yo también qué he hecho dios mío mi vida qué he hecho no pude hacer otra cosa más que mirarles perderse entre sombras así lo hice.

Vivir como en una novela. Ese es mi sueño. Quizás escribir sea parte del rito sagrado que me lo permita, invocar las palabras, dios dijo hágase la luz y la luz se hizo, yo dije háganse las palabras, hágase una vida de verdad, y la novela cobró forma. Qué envidia de los escritores que parecen cazar las palabras como luciérnagas dormidas, sus manos que lo atrapan todo. Envidio sus vidas de agua salpicada, de piel quemada, de corazones enormes y brillantes, roto ya el barro seco que los ahogaba. Ellos se mataron a sí mismos. Yo no tengo valor para acabar conmigo.

Miro por la ventana. No se ve ninguna estrella en esta noche oscura. Bajo la persiana y enciendo la luz de la habitación. El móvil suena de nuevo. Lleva haciéndolo toda la tarde. Yo no los uso. Cojo un libro. Demian. Tres puñetazos calientes se cuelan por entre la puerta. Dicen mi apellido. Sigo leyendo. Lo gritan. Abren. Supongo que usan la llave de repuesto. Supongo que el pomo gira como quemándose. Supongo todo sin dejar de leer. Si no fuera porque amo la lectura, habría abandonado la habitación del hotel y me habría buscado una vida de verdad.

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