Tres cuadros

A través de la niebla, cruje el puente. Junto a él, un coche descansa sus ruedas en un arcén. Es de noche. Niebla y noche. Algo como un pato sale volando del agua. Abajo, desde los círculos concéntricos, un altavoz de sapos. Croan. Croan. Croan. Una sirena gime a lo lejos. Vienen perros por la pradera. Asoman sus hocicos por entre el algodón desvaído de la niebla. Humedecen sus hocicos entre el fango de la orilla. Arriba, un hombre descansa. Dentro del coche. Las puertas, medio caídas, mojan sus ángulos en la tierra. Un frío húmedo densifica el aire. En la oscuridad, gime la sirena. En la oscuridad, ladran los perros, chapotean pasos atrevidos. Un minuto, dos minutos. Las correas se tensan, hombres con uniforme suben hacia el puente. Charcos de luz salen de las linternas. Mojan el suelo, mojan el coche. Mojan el rostro de un hombre dormido. Un perro gruñe. Una mano zarandea el brazo izquierdo del hombre que duerme en el coche. El hombre sigue durmiendo. El hombre no despierta. Tiene las suelas desgastadas. El hombre duerme el sueño eterno.

Llovía sobre las paredes del corredor exterior, cubiertas de arañazos, de desconchones y de algunas manchas pardas. En el patio de la cárcel, una hilera de hombres, recta, uniforme, callada, practicaba gimnasia bajo la mirada displicente de un guardia. Justo fuera del recinto interior de la prisión, charcos de colillas parcheaban el suelo. Una zarpa de luz va iluminando los mismos recodos del complejo: las puertas cerradas, sellado su quejido de metal bajo tres gruesos candados; los ventanales donde se adivinan las siluetas de hombres y mujeres conversando bajo la luz de una lámpara verde; la llanura pelada donde suda la hilera de hombres a coro; y las colinas que, a lo lejos, cimbrean por el horizonte sus cuerpos verdes. Junto a las vallas electrificadas huele como a carne quemada.

El alcaide mira, impaciente, el teléfono de su despacho. Espera que el pitido y la luz roja rompan el silencio con que la espera cuaja la sala. Desde la oscuridad de un rincón, dos funcionarios de prisiones se miran con reproche. La cortina corrida separa la habitación del patio, desde donde varios guardias han salido hace horas en busca del fugado, atravesando el camino recto que lleva al exterior. Ahí fuera, se disipan las direcciones. Los perros corren con una confianza ciega tras el reguero acre que ha ido dejando el convicto, a la izquierda, a la derecha, recto, otra vez a la izquierda. Corren nerviosos todos, y corre nervioso el preso, que piensa, corriendo siempre, en su libertad futura, sin saber dónde ir entre tanto arbusto y tantas zanjas y tantas cuestas. Sólo la noche está callada ahora, sin nubes, testigo de una escapada más, de una escapada menos.

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