El cínico

A punto de pegarse un tiro, con el cañón húmedo de vaho, Wagner ve algo.

Como en otras ocasiones, Wagner ha sentido una llamarada de verdad. Normalmente, esta sensación mágica se concentra en las sienes. La sensación es análoga a las olas que chocan en la parte baja de los pulmones cuando se siente algo bello, o a las uñas cuidadas que aran por dentro la barriga cuando nos enamoramos. Verdad, belleza, amor. Cabeza, pulmón, intestino. Wagner piensa que podría reducirse a estos tres órganos todo cuerpo, que nada más hace falta para vivir plenamente. Pero la plenitud no es más que ansia de cielo: aquí no hay más que tierra. Necesito pies y manos, hígado y páncreas. Y necesito sentidos: los puentes entre lo alto y lo bajo. Somos, en el fondo, máquinas que

Wagner interrumpe su pensamiento. ¿Cuál era la verdad que le hizo parar los dedos sobre el metal, que convirtió los ojos en astros con órbita propia, rastreando ahora el río de su memoria? Wagner, antes de atacar la frase, se permite la licencia de glosar: “Toda verdad no es más que una sensación. Quizás un pensamiento, sí, pero con el lenguaje propio de la mente. Luego, nosotros traducimos a nuestras palabras: somos infieles a la idea primera. Expresarnos con hechos sería más propio, porque habla entonces sólo el cuerpo. Mejor una caricia que una fórmula gastada de amor. Pero aquí, de nada sirve el cuerpo”.

Esto es lo que ha impedido que Wagner siga con su tarea:

“Estoy llegando a un punto del que tengo que regresar. Me he alejado demasiado de mi infancia, me he acercado demasiado al escepticismo y al nihilismo. Si quiero seguir por este camino que -siempre lo he imaginado- conduce a la verdad, dejaré de ser un niño, dejaré de sorprenderme, de ser curioso, de querer vivir. Y dejaré, por tanto, de perseguir la verdad, para luchar por un trozo de barro solemne que se deshaga entre mis dedos cuando lo atrape”.

Wagner está enfermo: cuando ve una película, la analiza. Mejor dicho: no pasa del análisis. Ve, tras el escenario, la tramoya que todo lo coloca. O, al menos, cree adivinarla. Y entre tanto velo se ha perdido y se ha enredado: sabe tanto de lo que hay detrás porque ha olvidado lo que está delante; aquello que ocupaba el espacio blando de lo infantil en su mente, lo ha sustituido una piedra inmensa que aplasta el resto, que no deja espacio a nada más. Piedra sin grietas, piedra sin vida.

Soy un muñeco sin sangre, piensa Wagner. Un cínico. ¿Dónde está el niño?, pregunta, como si se lo hubieran robado.

¿Dónde encontrarlo? ¿Y cómo? ¿Dónde está el término medio: el palo que sostenga al niño y al adulto? Demasiado adulto, eso es lo que te crees, eso es en lo que te estás convirtiendo: un perfecto imbécil, justicia justa, el monstruo de la razón.

Todo esto habría pensado Wagner de no haberse abierto la puerta, de no haberlo asustado su crujido, de no haber provocado que el dedo se contraiga y la poca sangre que le queda a Wagner chopetea la pared: algo de memoria resbala hacia el suelo, mientras Abel mira sin saber, el brazo aún extendido hacia arriba, agarrando el pomo, ya sin recordar por qué había abierto la puerta del despacho de su padre.

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3 comentarios en “El cínico

  1. Ese Wagner me ha resultado muy familiar, oye.
    Tú sabes traducir en palabras, y todo eso. No lo desaproveches.

    PD. Último feliz cumpleaños que te canto hoy: cumpleaaaños feliiiiz…

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