Manos

Como al personaje de un cuento de Cortázar, a Humb le pesan sus manos elefantiásicas. Son enormes. No es un sueño: es una reacción, quizás alérgica, al material pringoso del que están hechos los teclados de ordenador. Por fuera parecen sólidos, pero por dentro deben tener algo como kriptonita, veneno, una señal que lo aleje, igual que los delfines y las ballenas se vuelven locos con el aullido de los radares submarinos. La vida del escritor es submarina. Te quedas ahí, la superficie es una luz demasiado oscura como para ser ni siquiera sospechada, te quedas ahí, junto al ordenador, escuchando el crujido de los huesos de tus manos que crecen, un estallido de levadura, tus manos como un bizcocho, tus manos como un elefante, sin dedos. Manos como aletas para bucear a la superficie, manos contra las que tienes que luchar, contra su peso, contra su deformidad, en un espacio espeso. El escritor divaga, el escritor pinta de luz los objetos, los intenta iluminar, los intenta transformar en palabras, ¿de dónde salen las ideas? No creo que salgan de la diversión, cuando uno se divierte no piensa en estas cosas, el esparcimiento impide el sufrimiento, y el sufrimiento es literatura, o quizás no, quizás sufrir para escribir es ser presuntuoso, elevarte sobre mentiras, tú realmente no eres así. No, no soy así, se dice cada día a sí mismo Humb. No puedo ser quien habla y quien escribe a la vez, no puedo ser quien se divierte y quien sufre.

Humb piensa esto cada día. Normalmente lo hace por las noches. Por el día sale a la calle, bebe el agua tibia del mundo, vive, a fin de cuentas, vive como cuerpo que está para eso, como organismo, siente el sudor en la espalda, la mancha que más tarde será fría, cuando se baje de la bicicleta. Siente el olor de los naranjos cuando pasea por el centro. Un olor agrio, que se mezcla con la espuma blanda de los caballos. Siente el reverberar del aire allí, junto al semáforo, el espacio temblando como en la salida de un gran premio de Fórmula 1, los coches a punto de salir disparados, tú también a punto de estallar porque te comienza a rodear una duda negra, una sospecha de que estás hipotecando tu futuro, lo tiras por el váter: ¿estoy vendiendo mi dignidad por mi bienestar? ¿Soy un egoísta, un malcriado, un vago? ¿Debo hacer algo, escribir? Atris pasa junto a Humb, escucha lo que piensa y le dice:

-Aunque sólo sea escribir.

Hacer algo para ser alguien. Esa parece ser la ley. Hacerlo porque si no haces nada no te quedará nada, un tiempo inconmovible, un ocio inconsútil, siempre igual, siempre igual, siempre igual. Lo mismo, la misma procrastinación, pérdida de tiempo. Divertirse, escribir. Pérdida de tiempo. El tiempo lo perdemos siempre, queramos o no queramos. Los padres de Atris, que ahora entra en su casa, le dicen: “No pierdas el tiempo, después de comer te pones a estudiar”. Y Atris conecta el ordenador, lo abre y mira el correo, mira el tuenti, mira por ahí a ver qué hay, ve algo de porno, quizás más tarde se ponga a estudiar, ni siquiera eso, a hacer como que estudia, cómo va a ser estudiar leerte algo que no comprendes, que no quieres comprender porque no le ves la utilidad por ningún lado. Atris no siente el calor ni el olor, Atris se queda en su cuarto, un aprendiz de hikikomori, se va a merendar.

Humb pone el telediario y tiene que cortar. Qué asco me da todo, ahora los europarlamentarios, luego los tipos de interés, alguien me puede explicar qué coño implica eso, si no sé de economía, por qué siempre informan igual, ni siquiera informar: decir suben los tipos de interés, bajan los bonos del estado, la deuda sube un punto. Acaso somos cifras, acaso somos numeritos en tarjetitas de plástico, cuando nos muramos nos quitarán la placa del cielo de la boca, nos borrarán una letra del golem que llevamos pintado en la frente, y nos caeremos al suelo, como marionetas que fuimos. Es frustrante, piensa Humb. Frustrante ser una marioneta con libre albedrío. Que te digan: este es tu futuro, haz con él lo que quieras. No que te dijeran: haz lo que quieras con el futuro que quieras. Porque quién tiene un futuro para quien pierde el tiempo, para quien se divierte, para quien escribe, quién tiene un futuro. Lo que hay es mucho pasado, muchos otros escritores que te pueden hablar pero no te van a dar de comer. Humb lo piensa, y pensará más tarde, quizás unos días más tarde, cuando un profesor les suelte el discursito de que su asignatura es muy importante, pensará de algo tendré que vivir, algo tendré que hacer, con la esperanza de que vengan mis hijos y no me digan fuiste un vago, perdiste el tiempo, por qué no luchaste por mí, ni siquiera luchaste por ti. Frustración. Indignación. Palabras vacías cuando hay que actuar. Cínicos. Aquí está el problema. Aquí va a seguir estando el problema. Todas las casas del futuro van a tener un comensal más en la mesa, el hambre, el hambre de libertad, un hambre distinta a la de la posguerra, tendremos de comer, comida olorosa, jugosa, sabrosa, pero no podremos saborearla: la evolución hará que se nos caiga la lengua, para qué la queremos si no hablamos cuando tenemos que hablar. Yo mismo, piensa Humb, yo mismo me contradigo, digo mucho pero hago muy poco, hablo mucho de política, de actuación, pero a la de tres ya te has desilusionado, has conocido el tejido podrido del mundo, las cuerdas llenas de costras que cuelgan de no se sabe dónde, que mantienen en pie toda esta ruina. ¿Viviremos en ruinas? ¿Habremos perdido ya todo el tiempo que pudimos perder? Quizás lo único que nos quedará será el amor, ver pasar los días para que llegue la noche, vivir en las noches, vivir en otros cuerpos, quizás nos quede la lengua para algo, besos en los que las lenguas sean como peces de luz, dedos, manos, cuerpos, sólo cuerpos. Volvemos a lo primitivo, volvemos a ser seres primitivos, animales que nada pueden hacer ante los dioses de nuestro tiempo, dioses crueles, o quizás son crueles porque les dejamos.

Humb se levanta de la silla y va a la cocina. Abre el grifo con la boca, y deja que el agua fría le calme el dolor de las manos. Cierra los ojos y suspira. No hay nada que ver, por ahora. No hay nada que escribir. Mañana y ayer hará lo mismo. Y después y antes. Es la historia de cada día: unas manos gigantes que te duelen, unas manos con las que no sabes hacer otra cosa que levantar el vaso hasta ver el fondo.

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