Hay que pasar un detector de metales

[Bajo los efectos de Crematorio, de Rafael Chirbes]

Desde aquí veo a los pasajeros que ahora atraviesan el marco detector de metales, uno a uno, con cuidado, como caminando sobre vidrios o sobre ascuas ardientes. Son cómicos, es cómica su aprensión, es animal esa dosis de asombro reservada en este mundo cómodo a estos momentos, la tensión de verse mojado por una imagen colectiva, se le han detectado metales, da igual que sea el cinturón o el pendiente o unos aparatos para los dientes o un piercing en el ombligo: es la posibilidad de ser un terrorista, todos te miran con una clase de avidez sórdida, sádica. En los aeropuertos abundan los espectadores de telebasura, culos de sofá acostumbrados al morbo de una acusación, una trifulca, una pelea. Yo estoy en la cola, Clara me espera ya en la ciudad, al otro lado de este vuelo. Hay dos personas delante de mí, me toca colocar el maletín en la cinta deslizante. Junto al arco de detección de metales hay dos hombres con camisa celeste, pantalones oscuros y un walkie pegado al hombro. Por favor, dése la vuelta. Desde aquí me llegan las órdenes, los mandatos huecos de entidad, una amenaza ciega y sorda, imagino que una rutina que gasta. Con qué facilidad se etiquetan los uniformes, con qué facilidad se pierde la identidad dentro de esas camisas y esos pantalones, todos iguales, la misma cara que mira cada dos por tres el reloj, las horas que todavía deben escarbarse al tedio. Uno de los dos hombres parece ser el que dirige el cotarro: mira con atención el piloto rojo del arco, pita, pregunta señor, ¿lleva algún objeto metálico encima? El hombre, nervioso, no soy un terrorista, oiga, piensa mientras se rebusca en los bolsillos, una llave delatora sale entre los dedos, por favor déjela en esta bandeja y vuelva a pasar por el arco. Pasa y todo arreglado. Mientras, la cinta transportadora sigue tragándose mochilas, sigue engullendo intimidades: el otro hombre de uniforme mira la pantalla sin verla, me pregunto si con esa mirada disecada puedes distinguir algo, si puede distinguir los títulos de los libros que llevo en el maletín, las letras de los papeles. No, seguramente en esa pantalla sólo se vean siluetas blancas, grises, negras, sólo manchas sin nombre ni significado, interiores sin exterior. Imágenes casi surreales, como sueños. Clara se me aparece en los sueños, sin convocarla, ese es su poder, se filtra en mi cerebro y espera a que me duerma para punzarme con el recuerdo, para llevarme a la ciudad, donde me espera. Ojalá pudiera teletransportarme, evitar este sucio trámite de la detección de metales, la presunción de culpabilidad, el cuchillo del asesino de Psicosis segando la vida desnuda, la intimidad de la ducha. Clara, espérame. Han pasado varios minutos. Me toca pasar a mí. El hombre del uniforme me recuerda que cualquier objeto metálico activará la alarma del arco. Asiento. Paso y el arco pita. Me dice con el mismo tono seco que oí hace unos minutos señor, ¿lleva algún objeto metálico encima? Le aseguro que no, pero rebusco en los bolsillos del pantalón, los del culo, los de las pantorrillas, los recodos de la cazadora, los dedos, la cintura, la boca, la lengua palpa diente a diente. Nada. Es posible que haya fallado, pienso, mientras el hombre del uniforme me indica que dé la vuelta y vuelva a pasar por el arco. Paso y el arco pita. Noto el aliento invisible de la sospecha saliendo de los hocicos de la gente, hienas en busca de terroristas, caza y captura, noto la sospecha en los ojos del hombre del uniforme, la cabeza del otro, sentado frente a la pantalla, mirándome como se mira un pasillo oscuro. Me piden que me quite los zapatos. Me los desabrocho, los examinan, les echan espráis, les quitan las plantillas. Se miran entre ellos. Llega otro hombre exactamente igual: la misma camisa, los mismos pantalones y zapatos, el mismo rostro cansado en busca de culpables. No me van a dejar pasar, no quieren dejarme pasar hasta que se aclare la situación, Clara espérame, quiero verte pero estos tíos no me dejan coger el avión. La gente que espera detrás de mí su turno empieza a cuchichear, a bisbisear como cigarras en verano, molestos. Los veo pasar por el otro arco de detección, algunas paradas provocadas por olvidos, vuelven a pasar y todo en regla, la cola de espera para entrar en el avión. Los veo y veo también a los hombres de uniforme: me miran a veces los tres a la vez, parecen hablar entre ellos con un código secreto de gestos. Me intento tranquilizar pensando que son profesionales, trabajadores que se ganan el pan, que se ganan la tele y el fútbol, que hacen lo que deben hacer, para lo que les pagan. Me apartan con displicencia e indican a los que esperan tras de mí que vayan pasando. Sospechando que me llevará un rato salir de aquí, les pregunto si puedo hacer una llamada, déjenme coger el móvil que lo tengo en el maletín, pero quién va a dejar llamar a un culpable. Menciono el móvil y el hombre de la pantalla llama a un colega y le dice algo al oído, el otro me mira y se lleva mi maletín, y lo abre en una mesa. Veo cómo rebusca mis libros y mis papeles. Coge mi móvil y mi portátil y empieza a despiezarlos. Pienso que tal vez pierda las fotos, los vídeos, la música, mis gustos en miles de archivos, mis tardes con Clara, contenidos acumulados durante años que tal vez se pierdan por una sospecha, hay que borrarle la memoria al sospechoso, al posible terrorista. El deseo de los hombres de uniforme parece ahora distinto: no se reduce a impedir el acceso a la sala de embarque, ahora parecen querer clavarme el filo frío de la acusación, parecen llamarme culpable, terrorista, y que las letras les llenen la boca, por supuesto que luego saldría en los periódicos, más letras para saciar el apetito de los morbosos, de los que han atravesado ya el arco y se quedan mirando, bebés con la boca abierta, buscando instintivamente a alguien con quien compartir un comentario acusador, andaba raro, yo le vi algo extraño en la cara, miraba como torcido, los pasajeros y los hombres de uniforme haciendo de mí alguien que no soy. Mientras tanto, me han obligado a quitarme la cazadora, luego la camisa y los pantalones. He pasado una y otra vez, y una y otra vez ha pitado el arco detector, y el río de pasajeros se reanuda cuando me apartan para elevar un grado más su curiosidad macabra. Me convenzo de que lo que quieren es llevar mis huesos al calabozo, hacer más de lo que les piden, tomarse la justicia por su mano. Quedan pocos minutos. Falta que me digan que me quite los calzoncillos, hacer de mí un animal, sólo cuerpo, una mancha de carne perdida en el aeropuerto, viendo ir y venir a los demás, acercándose a sus Claras, a sus amores y familias y destinos, a ellos mismos. Pienso esto mientras me vacían de dignidad, junto al arco detector de metales, mientras vacían de memoria mi portátil y mi móvil. Me quedo desnudo, rodeado de hombres de uniforme. Veo, a través del cristal del fondo, un avión, quizás es el mío, levantándose con pereza del suelo, subiendo como por una pajita al cielo, como horas más tarde te pierdes, Clara, entre las sábanas duras del hospital, Clara mía, me dijiste que me echabas de menos, que querías tenerme al lado antes de irte, construirte un destino, guardarte a ti y a mí, guardarnos de todo mal, ahora lejos, fría, ya sin esperanza ni tú ni yo, tú rodeada de hombres de uniforme, batas blancas, zuecos, camisas verdes, monitores con cifras y líneas cada vez más separadas, nosotros cada vez más separados, hasta que para ti ya no eres nada, para mí, que veo perderse el avión, tu imagen no es más que un punto blanco, una imagen casi falsa, el turbio retrato de un deseo ya sin razón de ser.

Anuncios

4 comentarios en “Hay que pasar un detector de metales

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s