Una cara no es un rostro

Esta es la transcripción, palabra por palabra, de una carta que encontré en la Estación del Santo Entierro. Allí, rodeado por el murmullo metálico de los trenes, por pasos afilados, por una voz sin voz, mezcla de todas ellas, leí el texto. Supongo que es una carta. A pesar de que no encontré ninguna fórmula de cortesía ni ningún tipo de nota que así lo indicara, supongo que es una carta. No es una factura. No es un folleto publicitario ni propagandístico. No es una hoja de apuntes. Es una historia. Nadie cuenta una historia así si no es para alguien.

O quizás no es una carta y sí lo es. Quizás alguien lo escribió para sí mismo. Quizás es una carta para hablar con la soledad.

Comienzo de la novela Ayer no será mañana, de Clara Fos Atañé

Cuando vuelves de viaje la casa te recibe con su olor a libro viejo. Muno arrastra la maleta de ruedas, de rojo frío. Cierra la puerta y abre la ventana. Hay un silencio mojado de luz. El reloj sigue funcionando encima de la tele. Se quita la chaqueta y la tira en el sofá, y se queda parado, de pie, como una marioneta, un muñeco, la cara ojosa, la boca caída. Suspira, y el suspiro parece ser la memoria del viaje. Husmeemos esa brisa húmeda: ahí están las imágenes que ha visto Muno estas últimas semanas. No podemos verlas: nos llega, sin embargo, un olor a sábana seca, a jabón de glicerina, un tibio olor a madreselva. Pareció pasarlo bien, más que bien: pareció olvidar su hogar. Y este olvido pareció haberlo hecho sin tormento. Adormecido, la cara ojosa, la boca caída, viene de pasarlo bien. ¿Por qué vuelve? ¿Por qué vuelves, Muno?

“¿Por qué vuelvo?”, se pregunta Muno. Eso se pregunta mientras anda por la casa, poniéndose una camiseta, un pantalón de chándal y unas babuchas. Es de día: ha salido todos los días en su viaje, a sitios especialmente dedicados a turistas, excursiones gemelas en lugares mellizos. Vuelve, y su hogar es el mismo. ¿Qué tiene su hogar? “¿Por qué vuelvo?”, se pregunta Muno justo antes de quedarse dormido.

Se despierta de noche. Desde su ventana, ahí arriba del bloque, ve los tejados del barrio. A la izquierda, en segundo plano, brilla un anuncio inmenso. A la derecha, arriba, la luna se abre paso entre las nubes. En los sitios turísticos ponen lunas de mentira, rutilantes como ese anuncio gigante: orondos círculos blancos rozando el firme del mar. La perfección geométrica. Aquí, la luna es un agujero gris que aparece y se esconde, muy por encima de los edificios, negros todos por la noche.

Muno tuvo que usar el carné de identidad millones de veces. Los recepcionistas, los guías turísticos, los monitores, los conductores, los asistentes, todos le pedían que se identificara. A todos ellos les enseñaba la cartulina plastificada: una cara con una caja de dientes incrustada, la pieza de un puzle encajada en el sitio equivocado. Cara de gilipollas. No un rostro: una cara.

¿Por eso volviste? ¿Por una cara? “Mañana me haré una foto en condiciones”.

En los complejos hoteleros sólo hay fotomatones. Y, a pesar de lo que diga la publicidad, los fotomatones no hacen buenas fotos. Por muy bien que se lo pase uno, hace falta volver a casa para tener un rostro en condiciones.

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