Después de ver “El discurso del rey”

Esta tarde he ido al cine.

Al Avenida. Prefiero la versión original. Los defensores de la pureza del lenguaje nativo -seguro que así lo llaman los más pedantes- esgrimen con culos prietos elevados argumentos. Yo, que no soy ni más ni menos que normal -me lo aplico como Machado se aplicó lo de “bueno”-, la prefiero quizás por todas esas razones y por ninguna. Cambiante como es mi entraña, unas veces lo prefiero porque así puedo mejorar los idiomas de los que tengo alguna idea -no lo niego: imposible aprender chino viendo una, dos o setenta películas, sin haber antes metido la cabeza en la garganta y la mente del oriental-, otras veces porque me gusta captar los matices en las voces de los actores, otras porque -lo he podido comprobar gracias a los DVD- la música, en ciertas pistas de doblaje, varía un semitono, y así como se eleva la armonía, del mismo modo, y como un movimiento paralelo e indisoluble, decae la magia. Seré, quizás, un agonía, un mijita, un jibia -en su más ridícula versión- en mi faceta de oyente. Olvidémonos de los matices en este ejemplo: centrémonos en que si ahora suena un La sostenido donde antes resonaba triunfante un La, me doy cuenta. Y como en el fondo soy un tabardillo, me despisto y pierdo el hilo en el laberinto.

Menudo laberinto acabo de formar.

Espera…

Ya.

Decía:

Razones hay para que prefiera la versión original, la voz única del rostro único que habla. ¿Acaso prefieres una máscara a mis ojos? ¿No pierde significado cada palabra si la escondo tras una cortina, incluso tras un cristal? Porque el cristal también deforma, aunque lo hace a su manera, tan cauta y queda, casi invisible: una máscara casi como de aire.

Lo dicho: viva la V.O.

Y defendiendo como lo hago la V.O., era atractiva la opción de ver El discurso del rey. En una película donde se enseña a hablar, deben de hacerlo con óptima dicción. Pero otras películas comenzaban alrededor de las seis (Winter’s Bone o También la lluvia), y como niño caprichoso que soy, guiado por la voluntad volátil que empuja a los que viven nuestro tiempo, dudaba. Me decidí, a las 18:05, por Winter’s Bone.

-Ha empezado a las 18:00.

Mierda. Extiéndase mi purismo a todas las facetas del cine: no puedo ver una película empezada.

La decisión era clara: esperar unos veinte minutos y ver Valor de ley, o elegir una de los dos candidatas anteriores. Opté por El discurso del rey.

Como arte de magia, han pasado dos horas. El celuloide se ha desnudado, y vuelve a su lecho de sombras.

¿Qué me pareció?

Hay en El discurso del rey una voluntad de romper con la querencia inocente por el cambio total, por la victoria sin mancha. (A ver cómo coño lo digo sin espoilear). Más allá del análisis primero y tangencial de la obra -en caso de que un análisis pueda ser tan sólo tangencial-, que claramente nos dice que solo no se llega a ningún sitio*, yo veo un orgullo por el fallo, por el pelo en el entrecejo, por la mella en la dentadura. Todo, por supuesto, tratado con la elegancia y la flema británica de las que no tengo ni puta idea y acerca de las cuales no puedo hablar más de lo que me permite su vaga naturaleza: puro y pestilente prejuicio. Termina la película, y digo: “Se lo agradezco”. A pesar de que no termine de entrar en el alma o el corazón -o en los dos: en ese territorio ignoto en que la imagen se sublima y el arte nos acaricia con su soplo de luz-.

El discurso del rey se toma como un juego lo que muchos otros se tomaron en serio. Estos últimos son los que lo cubrieron de pintura -como Banksy al ángel del recibidor del Museo de Bristol-, y lo vistieron de payaso triste.

Y me callo, que si no empiezo a destriparos la historia.

*Pobre, pobre Ignatius J. Reilly: el libro que a tantos ha hecho reír es una de las historias que he leído con más tristeza.

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8 comentarios en “Después de ver “El discurso del rey”

  1. Esto y un trago de vinagre… y a la cama a llorar.
    PD:
    “Cuando me quiero explicar / mis demonios se ponen groseros / me insultan y entonces me entran las dudas / y le hecho la culpa y a mi género, y a correr / y si surgen preguntas pues dejo que surjan / en su esplendor y estupidez”.
    Una parte de mí siempre ha sido y será Nacho Vegas.

  2. Rafa, ¿Eres tú? Cada día te sigo con más interés en Pasapalabra. es genial a ver a alguien tan joven como tú haciéndolo tan tan bien. Te deseo lo mejor, te lo mereces. Oye..y qué bien cantas y qué envidia me da tu inglés. No soy muy cinéfila pero Berlín me enamoró..quiero volver y practicar un poco alemán. suerte,CRACK

  3. Eso,solo he tenido tiempo para visitar rl blog, pero pienso leerlo, me encsntará hacerlo. Qué bien haberlo encontrado así de casualidad al leer una info sobre ti del programa. Aurrera! Que lo tienes en el bote..

  4. Rafa, me he quedado con la curiosidad de qué palabra podría ser con la N la de la definición”prácticas de hechicería para curar las enfermedades”.. Ánimo que vas genial. Respecto a mi alemán, es una pena porque lo dejé en el nivel B2 de la EOI y me da pena que se me olvide y acabe teniendo que decir ” ich verstehe nur Bahnhof”..

      1. Madre mía,vaya palabritaa..Oye pues no creas,el ich es bastante problemático porque no conozco a dos petsonas que lo pronuncien igual..jajaj.
        Bueno, estoy a punto de ver qué tal os va a ti y a Jesús. Qué pena me dio en mi caso no llegar al rosco..me hubiers gustado aunque sea por probar uno. Esa prueba de la silla azul es una faena. Mucha suerte, ya sé que te veo con retraso pero bueno..

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