Mauro Entrialgo

Ocurre que hoy se piensa menos de lo que se debe. O en lo que no se tiene que pensar.
Sale uno al balcón y se respira el mismo aire de todos los días. Podemos descorrer los pestillos, abrir las ventanas. De nada servirá: el ambiente sigue igual de viciado, y no parece que asomarse fuera tenga provecho.

Ocurre que hoy, al mismo tiempo, y para contrarrestar esta repulsión de lo exterior, uno necesita más que nunca estar atento a lo que pasa fuera. Los discursos son preocupantemente parecidos, pero son discursos al fin y al cabo: por lo tanto, se habla sobre algo, se tratan temas. Los enfoques son casi iguales: todo el mundo está dispuesto a opinar, aunque no sepa nada del asunto. Da igual: irremisiblemente hay que acercar la oreja para enterarse de cuál es el tema del día -de la hora, en algunos casos-.

No hay que ser tremendista. Tal vez mañana las oportunidades de encontrar opiniones fundadas, trabajadas, o simplemente originales, sean las mismas que ayer, o menos. O incluso más, por quién sabe qué convergencia de impulsos vitales y serenidad. Lo que sí es cierto es que, hace décadas, era más fácil concentrarse en analizar y sintetizar: en pensar, en suma. Hoy, en cambio, cada vez que uno se sienta y respira hondamente, una flecha le corta el aliento y la disposición: esa flecha, bien sea Internet, bien sea la televisión o cualquier otro condensador-acelerador del tiempo, es producto del ritmo de nuestros días. No se impide pensar: sí se impide perder tiempo. Por eso yo ahora, en lugar de irme a escribir a mi cuarto, me quedo aquí en el salón, mientras mis padres ven Aída en la televisión. Quién sabe si lo que escribo aquí podría estar más fundamentado, o ser más claro, si no me cegara el ruido de la pantalla. Igual que la televisión posee el trono de los hogares -y, por tanto, es el centro de gravedad de la mayoría de las vidas familiares-, la productividad -el acelerado ir y venir y perderse entre las redes del mundo virtual- es el centro de gravedad de nuestra época. Ser productivo es, antes de nada, lo que justifica este segundo eterno. Antes -repito- de nada.

Ocurre que hoy el límite de lo exigible no está en pensar bien: está en el seudoesfuerzo resbalado al que hoy se le llama pensar. Quizás por eso no se valore la lucidez cuando alguien te la ofrece diariamente. Ser productivo -en este caso, para Público– es más importante que ser reflexivo.

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2 comentarios en “Mauro Entrialgo

  1. Yo si lo valoro. Precisamente porque era de las que pensaba que estábamos perdidos, que el vacío se había adueñado de la mente de todos (incluida la mía) y que no había marcha atrás.

    Pero al leerte me has devuelto la esperanza y las ganas de seguir esforzándome por librarme de ese vacío y despertar de una vez.

    Gracias, seguiré leyéndote 😉

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