Lo que dijo mi madre

Seguro que quienes emplean todo su tiempo en buscar algo -no en perseguirlo, pues el que persigue alguna idea conoce algún rasgo de lo que ansía- no lo van a encontrar en la vida. Y que sólo cuando se olvidan de ello, pumba, se descuelga de sus frentes un papelito con la solución.

Es verdad que esta conclusión no es nueva: lo que sí puedo añadir, como identificación de este pensamiento concreto, es la excepción de la que nadie habla -y que, siguiendo con los dichos, confirma la regla. Aunque no sé por qué la confirma-: el único que busca y encuentra es Indiana Jones.

Dejemos la filosofía profunda.

Esto viene al caso porque mi voluntad y mi imaginación se han estrellado durante todo el día contra un vacío, quizás contra sí mismas. Siguiendo el consejo de Cristina, intento despedazar mis jornadas hasta hacerlas migajas, desbrozarlas y filtrarlas: sólo barro y polvo.

Salí de mi casa con los ojos aún pintados por el sueño. Llegaba tarde a la facultad, donde me esperaban para darle caña a uno de los trabajos que tenemos que entregar la semana que viene. Habría llegado a la hora fijada si no hubiera tenido que comprar antes diez romanos integrales. Quizás por las prisas con que anduve de ida y de vuelta, en mi casa tuve que quitarme la cazadora. Un sudorcillo me pompeaba en las sienes. Así, el trayecto en bici lo hice con una camiseta y un jersey -omito, por falta de interés en este relato, la mitad inferior de mi cuerpo-. A las diez pedaladas un viento helado me lamió el pecho, y supe que no iba bien abrigado -no sabía que doce horas después una tos pegajosa me iba a manchar el cuerpo-. Con el paseo se me despejó la mente, pero el jugo del sueño me fue trepando por los huesos. Hacía un frío de cojones, y la niebla me mojaba los auriculares. Literalmente. Era como si una vaca gigante voladora me hubiera rechupeteado por el camino. O casi. Y como el único órgano indispensable para pensar es el cerebro, a eso me dediqué mientras iba en bici. Sin embargo, como muy bien saben los anatomistas -aunque hay discrepancias respecto al punto exacto donde se aloja esta capacidad- para sentir se necesita más ayuda: fuera el corazón, el hígado o el ombligo ese punto exacto al que me refiero, ninguno podía hacer nada: todo el cuerpo se me quedaba dormido, y la sangre se hizo miel entre la niebla. Lo único que podía sentir era mi pobrecita cabeza devanándose las entrañas para aprovechar tantos cientos de oportunidades; y decía

“una calle, una farola, huele a meado, un semáforo, un cohete, un coche, más coches, un gorrilla negro, el cielo gris, la niebla, una discoteca cerrada, unos soportales, la valla, el monasterio, un museo, cuatro personas jugando a la comba, cuesta arriba cuesta abajo, un autobús, el frío, llego tarde.”

Y el mapa que se iba dibujando era inútil para este fin: nada más que islas, y yo aún no sé nadar en esas aguas. Tampoco a la vuelta conseguí desenmarañar el nudo. No he dejado de intentarlo mientras trabajaba en mi casa, escuchando Spotify -hoy me dio por el rap, pero las notas se ensombrecían y desaparecían sin despertarme las neuronas: seguían fritas-. Nada, y mira que mi cuerpo había entrado en calor y que la sangre espesa de la mañana ya se había diluido.

Me presentaba esta noche, en fin, con la facha atolondrada de quien no tiene nada que decir. El día no me daba lo que yo le pedía. Tras tanto arañar y rascar, sabía que mis dedos torcidos aún podían acudir a un último recurso -la salida de tantos días-: el absurdo y lo trascendental. Mezclarlos, a ver qué pasaba. Pero sería admitir el fracaso -como escribir entradas de una palabra o una frase: si puedo evitarlo lo evitaré, Askla-.

Esta rendición no se produjo.

Íbamos a cenar. Yo ya había dejado de buscar ideas. Perdí y me perdí. Punto.

Mi madre se levantó del sofá para sentarse en la mesa. Dijo…

Pero ya he escrito muchas palabras y no quiero atosigar al lector. Mañana continuaré la historia.

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2 comentarios en “Lo que dijo mi madre

  1. En verdad tenías tú una entrada que si no recuerdo mal mandaba a todo el mundo a tomar por culo, y en homenaje a mi persona eran unas brevísimas 4 ó 5 palabruchas. Never say never.

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