Performance. Psiquiatra, Tino y Atenea.

-Tomen asiento, por favor.

Un ventanal conecta el salón con un pequeño patio -una costilla de Adán, una adelfa, una mesa, dos sillas de mimbre y una sombrilla azul y amarilla-. Junto a la puerta de entrada, una cómoda con el retrato de un requeté: su rostro bobalicón tiene rasgos de Bardem -la nariz porrona- Peret y Pérez-Reverte -ya maduro, no el de esas poses monjiles y recatadas, no el de las gafas redondas y la boca fruncida como el candado de una agendita secreta, esas que Atenea tenía de pequeña. Qué le gusta sacar parecidos a Tino. Y cómo acaba filtrándose Atenea en sus pensamientos-. Al fondo, una librería con tomos roídos, anchos como mapamundis, con la costra de las reliquias, esa capita de polvo que no es sino el epitafio del olvido eterno. Y una mesa con patas de león, y un escudo de armas sobre un cuadro al óleo de la Primera Guerra Carlista, una mancha oscura. Parece el último suspiro de Goya, un vaho pardusco. El penúltimo, concretamente: justo antes de pintar a la lechera de Burdeos y morirse con una sonrisa en la cara.

El psiquiatra los recibe con pantalones de pinza, camisa blanca y cardigan gris con botones negros. Los zapatos, lustrosos. El pelo, tensado hacia atrás, el pegote engominado de un árbitro de fútbol. Un polvillo dorado -está atardeciendo- flota en la habitación. Languidece el círculo entero de la sala.  El techo está allí arriba, arriba. Fiuuuuuu, lo que tardaría en caerse esa araña, piensa Tino. Crash. ¡Que pincha!

-Díganme.

Y le escupen todo.

-Cada uno por separado, por favor.

Vuelta a empezar. Lo nuestro ya no funciona. No sabemos qué pasa. Sí, sí, queremos arreglarlo, por eso estamos aquí. Yo lo digo siempre: si algo no te gusta, abandónalo. Siempre que dice esto, Atenea se da gruesos pellizcos en los muslos. Se puede abandonar, pero no olvidar. Tino no la mira cuando habla: escribe mientras tanto en una libreta una especie de glosas puntillosas, de letra corrida, de fuertes puntadas y trazos cortos y rápidos: no puede controlarse el pulso, quizás porque ella está cerca. Esa es la causa, creo yo: ella dice que no, pero la cercanía nos mata. Si es que cuando nos mandamos cartas, ahí sí, entonces sí salen las palabras que da gusto, es increíble, y nos maravillamos y nos enamoramos con declaraciones sinceras, sentidas. Mire esta, por ejemplo.

El psiquiatra la lee varias veces, quizás está analizando mi letra, qué tío, pero qué hace. El gurruño se queda encerrado en un cajón.

-Esto no vale para nada. Ustedes se tienen que dejar de literatura y hablarse de tú a tú. Inténtenlo -se peina y se repeina, este pelo va aquí, este allá. Pelo por pelo. Que no quede ni uno suelto.

Atenea se pellizca con más fuerza los muslos, Tino pita un poco, cacarea, da unos cuantos saltos. Atenea se levanta de la silla, da un salto mortal, hace equilibrios sobre un dedo. Tino se cuelga de la araña, canta La Donna è mobile marcha atrás, se corta un dedo y aúlla. Atenea corre hacia la cómoda, coge el retrato del requeté y le pinta una flor en el cachete y un arete en la oreja. Por supuesto, el psiquiatra no se ha quedado quieto y forcejea con Tino para que se baje de la lámpara -goterones espesos de sangre caen sobre la alfombra, una inmensa cruz de Borgoña-. Atenea, por detrás, le revienta una silla en la cabeza. El psiquiatra se derrumba, inconsciente. Tino se descuelga, Atenea se serena. Míralo, tiene la misma mirada perdida que el de la foto.

Se van por donde entraron.

PD: lo que acabas de leer es mi demostración de que:

uno, algunas naturalezas -humanas, se entiende- no son capaces de abrirse entre sí, cara a cara: para ellos creó el diablo la literatura;

dos, que la violencia y las propuestas cerriles impiden que lleguemos al fondo de cualquier cuestión;

y tres, este blog es un hogar de beneficencia para pajas mentales y primos lejanos -siempre que ambos se presenten con aspecto cuidado y actitud formal. Cuidado con mancharme la alfombra-.

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