¿De dónde viene Eva?

Eva entra en el bar como escapando de una lluvia furiosa. Se echa demasiada colonia, y ese olor penetrante me fastidia la comida, da igual que sea el almuerzo o la cena, porque Eva no tiene horario. Ni parecen tener memoria esos ojos que me trae, abiertos como las bocas de dos niños hambrientos, esos ojos sin memoria, esa mirada cegada por algo que no puedo ver a simple vista. Un día, se lo digo a Mauro los días que viene a recogerla, un día no vendrá por aquí, y entonces a ver quién la encuentra, vagando sola por la noche, porque con esa manera de mirar y de moverse no se puede caminar o pasear, sobre todo pasear, con esos andares se acaba donde no conviene. Alguna vez he mandado a Lito a que la siga, a ver qué hace o por dónde marcha, pero el niño siempre vuelve diciendo que le da miedo, que se va por barrios muy peligrosos, yo no quiero que me peguen papá. Entonces se va con sus amigos al local que les tenemos alquilado en el portal de enfrente, y allí se queda tranquilo con su consola y sus juegos y su compañía.

Carmen me ayuda en la cocina, y Lito sirve las mesas por las tardes, cuando hay mucha clientela. Nos hemos apañado bien, a fin de cuentas. También nos hemos acostumbrado a su presencia, Eva con vestidos que ella misma diseña y confecciona, parece una morcilla, me dice uno de los parroquianos, sí es verdad que está algo entrada en carnes, siempre la he visto cargando esa facha patética, desde la primera vez que vino, con los michelines marcados por ropas estrechas y mal cosidas. A veces suena un crac, y la cremallera se abre, y se ve una franja rosada, carne concentrada, y es como si un secreto quedara hecho pedazos. Nunca la hemos echado del bar. A pesar de los numeritos, del espectáculo que monta cuando está borracha y se insinúa a alguno que otro, pero siempre tan inocente, con esos ojos sin tiempo y sin lugar, con ese olor penetrante que la distingue entre los demás. Alguno que otro le ha llamado la atención, sí, y ella responde: “Así huele la belleza cuando no encuentra salida”. Y le da la espalda con esa manera impostada que tiene de moverse, y me pide otra copa y se queda quieta, con los codos en la barra del bar, húmeda y fría, se queda quieta mirándose al espejo, entre las bandejas con tortilla y croquetas. Qué mirarán esas pupilas agostadas, eso me lo he preguntado muchas veces. Otras, me paro frente a ella, y le digo Eva, vete a casa, lo digo con una ternura de hielo, y ella: “Antes de venir aquí, de que me vieras, ¿sabes qué era? ¿Sabes dónde vivía?”. Yo le sigo la conversación, pero entonces se mira de nuevo en el espejo, y se vuelve a callar y a perderse tras de un velo. En esos ojos pienso cuando estoy solo, en esa mirada que conserva el calor de un fuego pasado, a pesar de todos sus guiñapos y sus colorines, a pesar de su cara pintarrajeada, a pesar de esos labios de hilo que parecen cortarle el rostro.

Cuando Mauro no la recoge, ella misma paga la cuenta, abre la puerta y se va, ya de noche. A Mauro lo tiene loco, pero él es bueno y le da cama y comida. “Me gusta su compañía, me gusta mi soledad cuando está ella a mi lado”. Mauro tiene algo de mí, algunos rasgos, las cejas pobladas, la comisura izquierda algo hundida. Me recuerda a mí hace mucho tiempo, cuando leía poesía y el pecho me ardía de palomas, y mis ojos nadaban en mares cuajados de luz y de futuro. Supongo que entonces los días de Eva también eran más frescos, y su piel rosada no despedía ese olor que desprende la belleza cuando es demasiada y no encuentra salida.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s