La peor empresa

En estos días no se me ocurre peor empresa que la de escribir algo cada día. El camino hacia un ritmo diario de redacción está cubierto de tantas trampas, plagado de tantos obstáculos, que uno se arrepiente en cuanto ha movido la pierna para dar el primer paso. Los planes, eso es así, están hechos de una materia más resbaladiza que el mercurio, y tan voluble que al levantarnos de la cama ese futuro ya construido se esfuma como polvo, o tan terco que llega a endurecerse de tal forma que no podemos cambiarlo: entonces una necesidad enfermiza empieza a ahogarnos el cerebro.

Escribir algo cada día me resulta más difícil si cabe por el metal particular de mi carácter. Parece como si dentro de mi cuerpo hubiera ocho volcanes, siete tornados, cuatro maremotos y un millón de cuerpos luchando por sobrevivir entre tanto movimiento, cada uno con su propia historia. Y los mandos que me dirigen están siempre en manos de alguno de estos cuerpecillos -a los que, por otro lado, cualquiera confundiría conmigo mismo de acercarse lo suficiente como para distinguirles las caras-. Así, cuando empiezo a sentir que me acerco a una realidad superior; en otras palabras, en el punto en que la trama de este mundo parece deshacerse o derretirse frente al eco de una belleza extrema, de cierto éxtasis; cuando empiezo a experimentar todo esto, no tarda en aparecer la duda, vestida normalmente con risas y juegos. Y, del mismo modo, cuando me olvido del mundo, esta vez en una diversión inocente y clara, la duda me vuelve a visitar, en esta ocasión con el presentimiento de un vacío misterioso, como una alarma que desbarata la calma y que descubre las frágiles costuras que la mantienen en pie.

Estos cuerpecillos, en fin, no me dejan vivir tranquilo. Siempre hay un grupo enfrentado a otro, y un tercero que intenta mediar; y dentro de cada uno de estos grupos hay grupos más pequeños pero igual de beligerantes, y esta división se sucede hasta mi última célula. Es comprensible al lector, supongo, que me cueste alcanzar la predisposición necesaria para una tarea de este calibre; esto es, escribir. Que, al fin y al cabo, para mí no es más que vivir, pues igual que, aunque ponga todo mi empeño en ello, aunque endurezca los pulmones y obstruya las salidas de aire, este siempre termine por llenarme; del mismo modo, por más que esté semanas sin escribir ni gota, algo -y sospecho que es un cuerpecillo que se ha hecho con el control de muchos de sus compañeros- me obliga a exprimirme, aunque sean dos míseras líneas. Quiero que mis textos hablen de mí como lo hace mi sangre.

No se me ocurre peor empresa.

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5 comentarios en “La peor empresa

  1. Excelente ilustración que plasma la enconada lucha interna a la que nos entregamos a diario –unos, de forma consciente; otros, instintivamente– a fin de aunar nuestra turbulenta e inestable biología con nuestra frágil psique, y así hallar el equilibrio y control absolutos de nosotros mismos.
    Saludos.

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