Lo que K. quiere decirte

“Cuando leo a Sterne, la vida es un juego, y arranco la costra de las desgracias, y ese dolor no es dolor, sino la risa de la sangre, roja oxígeno, saliendo a enchufarse vida. Cuando leo a Hesse, me transformo en una cochinilla, y me revuelvo sobre mí mismo, y mi alma se aturulla y revienta en pedazos que resbalan como el mercurio. Cuando leo a Joyce, cada segundo son millones de segundos, y los relojes se vuelven del revés, blandos, y los rostros son charcos negros que burbujean. Cuando leo a Onetti, mi corazón se queda sin sangre, y boquea como los peces, y la luz reverdea, y el sueño tiene el color de las algas. Cuando leo a García Márquez, no hay nada que no enchumbe, tantalee, zangolotee o chapotee.

Cuando veo a Godard, una conversación improvisada me deja en las manos algo que parece sabiduría, y la estrujo con orgullo mientras me río de ella. Cuando veo a Bergman, el presente no tiene más mañana que un mar eterno. Cuando veo a Berlanga o a de Sica, vivo al hablar, y las palabras, inocentes, infantiles, juegan conmigo mientras me arañan los ojos. Cuando veo a Allen, sé tener sentido del humor.”

L. bosteza. K. corta con un silencio brusco su lectura, dobla el folio y lo deja en la mesa, junto a la taza de L. Luego sigue, hablando esta vez sin un discurso preparado:

-Escribo imitando lo que leo en ese momento. Vivo imitando lo que veo en ese momento. Estoy influenciado por la literatura y el cine, y cuando suelto el libro, cuando termina la película, me levanto, y se me pierde la mirada en un punto extraño, y nadie sabe en ese instante cuál de todas es la máscara que visto. Lo único que intuyo, con una certeza casi total, es que hay varias soluciones: entre ellas, la fe o el amor. Para los que no tenemos ni de lo uno ni de lo otro, el humor. Es lo que sé, pero no lo que me parece.

-No entiendo la diferencia.

-Sí -dice K-. Q. te engañó con tanto silencio -L. se coloca en la silla- cuando tú no hacías más que hablarle… Sabes que es un cabrón, pero te parece que tiene perdón.

-No. Me parece que es un cabrón, pero sé que tiene perdón.

K. aprieta los dientes y se levanta. Le parece que L. dirá: “No sabes más que hacerte el interesante o dar lástima. No sabes más que rebuscar en el mal de los demás para beneficiarte”. Cierra la puerta sin ruido. L. está mirando el folio en la mesa, qué esconde, qué se puede sacar de todo eso, por qué dirá eso, y más aún a mí.

K. se sube el cuello de la cazadora, el viento baja como agua por la nuca, pude haberlo dicho pero me he callado, el folio doblado, al final, último párrafo, ahora nada, no hay solución, “Cuando te leo a ti, cuando te veo sin verte, no hay vida ni muerte, sólo tu piel entera y perpetua, tu nombre que se extiende por las calles como va cubriendo el sueño al cansancio, tu ser, tú”, quién lo comprendería, ni siquiera ella, que tal vez lo esté leyendo ahora, por qué cambio tanto de parecer, por qué no… “Pero hay veces en que acaricio tus palabras y tus páginas, en que saboreo tus posibles siluetas, tus imposibles ser y estar conmigo: esas veces en que solo me veo a mí, y pienso con miedo, con un pánico que encoge el cuello y no se deja ver, pienso que en realidad no eres más que esta imagen que de ti he hecho, que con tantos tú he esculpido.” Quién, quién, nada. “Pienso que no existes, y que yo existo en demasía, que reboso una saliva enferma, que no cabes en mí porque estoy lleno de mí mismo, de un agua estancada que no puede moverse. Ayúdame a vaciarme. Olvida a Q. y ayúdame a dejar de pensar en mí, ayúdame a que vivas en mí sin que tu nombre me haga daño”.

Esa manera que tiene de hablar de cosas que no conoce, cuándo se dará cuenta, no sabe hablar de gente, de cosas normales, de despertar y dormir sin terrores o placeres extremos. A qué viene este discurso, yo aquí escuchando como una tonta, él y sus aires de grandeza, llamándome para quedar, tengo que decirte algo, muy importante, importante qué, si sólo habla de cine y de libros, qué distinto, cómo cambia cuando no lee de ningún sitio, cuando no lo separa algo, cuando tiene que hablarme a la cara, cuando estamos en el mismo espacio él cambia, cambia tanto. Si al menos…

L. deja el folio en la mesa, paga y se va. Se fue.

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6 comentarios en “Lo que K. quiere decirte

  1. Decía un sabio que a los humanos se les mide por la cantidad y calidad de sus amistades, tengo la fortuna de que formes parte de mi entorno.

    Te deseo una Feliz Navidad en compañía de los tuyos y que tus sueños se cumplan siempre.

    Un abrazo

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