S.

S. es joven. Vive junto a sus padres y su hermano en una casita en un valle más bajo que las olas y los truenos que nacen en la noche. Es un pueblo de tantos otros, de orígenes salvajes como el polvo. Una brisa dichosa lo mantiene en pie, y hay paz y orden y la gente se une en matrimonio con las mismas palabras, y hay fórmulas de cortesía y los días llegan cuajados de luz recién hecha y todas las primaveras se celebra una feria de ganado.

Es la primavera del año en que S. cumple 14 años. S., sus padres y su hermano están paseando por la feria. Actores aguiñapados se exhiben en las calles de albero. Casi todos hacen reír y llorar al público. Bajo techos de madera, unas luces que cambian de color e intensidad bañan los rostros de los cómicos. Al parecer hay operarios controlándolas, pero están envueltos en sombras y nadie sabe quiénes son.

Subido en una tarima de metal, un hombre engola la voz y dedica unos versos libres al arte. Dice algo así como: “El Arte es un camino sin camino / que esconde bombas como setas, / diablos como sombras, / y espejismos como espejismos. / Ni siquiera sé si el Arte es Arte / o es el mundo dado la vuelta / donde no podemos alcanzarlo.” Mientras recita sus versos, da saltos, patea el suelo con sus pies descalzos y le pega buches a una botella que hiede a vinagre. S. no entiende nada, y se ríe cada vez que truena el metal. Una señora a su lado se da golpes en su enorme pecho con un abanico azul, y andando se aleja. El abanico tiene una flor pintada que se parte en manchas de luz roja con el aireo.

La señora gorda es una flor gigante, S. lo piensa así. Tiene la cara colorada, con ese tono rosado que tienen en las mejillas las viejas gordas de Inglaterra. Sobre esa masa sanguina flota la negrura de su boca como una mancha de petróleo. Al abrirse, semeja ser una planta carnívora, de las traicioneras, de esas que se quedan mudas hasta que la presa no tiene ninguna oportunidad y dejan salir entonces a chorros la vida estancada entre sus raíces. La mayoría de las plantas son quietas y tranquilas. Sus raíces son igual de horribles, sin embargo, piensa S.

A S. no le gustan las plantas. Su hermano, cuatro años mayor que él, ha empezado a interesarse por ellas. Es un chico más tranquilo, más dócil y simpático que S. Su hermano es el favorito de sus padres, S. lo sabe porque una vez los escuchó hablar en el salón, por la noche. Le invadió una rabia sorda, se tragó los gritos, y se quedó en la cama, boca arriba, adivinando el techo en la oscuridad. Fue, en medio de aquella negrura, la primera vez que S. se sintió solo. Se quedó dormido al rato, porque la suya era una pena de aprendiz de penas, incapaz de enfrentarse a los ritmos de su memoria de cuerpo sin memoria. Pero al despertarse brilló una sombra en su mente, y entonces el fin sopló su aliento por debajo de la puerta.

La feria se celebra de día. Las noches son siempre tormentosas. Sobre el pueblo parece zumbar en la oscuridad un crujido eléctrico que atenaza a los hombres y perturba a las bestias. Fue pues necesario elegir en junta popular un punto de referencia para empacar y resguardarse ante el peligro de que los animales se volvieran locos. Y cada atardecer la feria se vuelve una feria fantasma, y nadie ha visto a nadie pisar sus calles por miedo a dejar solo al ganado. Y cada amanecer, los fantasmas se escurren como agua de tormenta por las alcantarillas, y vuelven hombres y animales como si la noche jamás hubiera existido.

Antes de la feria, hombres de uniforme reparten carteles por las casas, y los vecinos los cuelgan ufanos en sus ventanas y balcones. Los carteles tienen siempre un dibujo de líneas definidas, limpios claroscuros y duros contrastes. Debajo, un lema. Con los carteles, los hombres de uniforme reparten también panfletos de literatos que alaban la Feria con coplas a la tradición y al amor y a la salud de los pueblos. Cada año, los miembros de la junta popular premian al mejor texto, y regalan al poeta una casa donde él prefiera del pueblo. La última ganadora fue una poetisa que, según el periódico, “deleitó a todos con una jocunda coplilla de amores y bailes. El público” -añadía el reportero-, “aplaudió alborazado a la artista, que declaró su deseo por la pronta incorporación de los pobres a la vida común, un gesto merecidamente ovacionado. La premiada y los miembros de la junta popular disfrutaron de un copioso banquete en la Caseta Mayor”. El cronista incluía un fragmento: “A María la del valle / se le quita to’el penar / con un chis de manzanilla / y el olor del azahar”. Fue una rima muy celebrada en el pueblo, e incluso acabada la feria la copla sonó por todas las casas durante dos semanas más, tras las cuales se ingresó una copia de la obra en el archivo municipal. Los niños debían memorizar muchas coplas en la escuela, porque “son la voz del pueblo”, les decían los profesores. S. y su hermano las cantaban de pequeños antes de acostarse, mientras retumbaban los truenos tras los postigos.

Han seguido con su paseo, ahora que comienza el atardecer. En los requiebros de un negro callejón, muy al norte, junto al límite de la feria, S. ve una fiebre, un espanto, una lucidez de desmayos húmedos, un colapso. Sus padres y su hermano, dónde, no están. S. siente un temblor, una maraña de hilos acezados. S. ve el amor en una umbría esquina, lejos de la feria, lejos de las galas y los banquetes y los bailes. Ahí, en ese rincón callado, se están comiendo la vida. Se queda largo rato de pie, a un paso de la sombra, observando de a pocos ese encuentro, esa agonía, esos dos cuerpos que zangolotean por el suelo y las paredes, que parecen robar con cada impulso un pedazo de azul. S. despierta de esta visión, y es de noche.

Sus pies están enchumbados en una bruma aceitosa. El cielo es ahora una sola nube, inmensa, quizás la misma nube que todas las noches se posa sobre el valle. Tras esa lisura estallan rayos como venas de ojos. La luz de la noche, esa luz en carne viva, rodeada de pura nada: esa luz es la que más temen en el pueblo. La luz con que acaban todos los atardeceres. S. corre, con un terror indómito e infantil. Detrás de un escenario encuentra un cobertizo de madera, entra y cierra de un portazo. Fuera comienza a caer la lluvia. Dentro, la bruma sigue manchando el suelo.

S. oye rasgarse una tela, y de detrás de unos velos amontonados en la pared aparece un viejo, un guiñapo de pellejos. S. se paraliza, se le clavetean los músculos. No puede hacer nada más que ver al viejo. Entre sus grietas de pergamino, S. admira los ojos más jóvenes que ha visto jamás en el pueblo, unos ojos rotundos, unos ojos de fiebre que fosforean en el aire cegado del cobertizo, unos ojos que hablan por igual de victorias y derrotas, unos ojos hechos a golpes, piensa S. El viejo se da la vuelta y vuelve tras los velos. A S. esta visión le ha dejado un sabor amargo en la boca, y sale del cobertizo para beber un poco de agua. Mira al cielo, y el agua le resbala por la lengua. A S. le sienta bien, y se acostumbra un poco a ese sabor, que permanece pegado al paladar. Pensando en la mirada del viejo S. se pone a andar, y pensando en él camina sin rumbo aparente, y pensando en él llega fuera de la feria y del pueblo. S. vuelve a estar consciente, y sufre ahora un miedo calmo, de tempo pringoso, un miedo que lo ahoga, un miedo que respira agua. Ha dejado atrás la lluvia, y su ropa y su cuerpo están empapados.

El miedo permanece, como el sabor amargo, al que se acostumbra cada vez más sin llegar a tolerarlo por completo. Ambos crecen tímidamente mientras S. se aleja del pueblo. Del monte por el que sube desciende un camino de barro que arrastra piedras y ramas. S. se tropieza, talantea con manos ciegas y se levanta. Su caída tiene un orden, casi científico, de insistencia estúpida, y mil veces le derriba la corriente y mil veces se levanta y sigue ascendiendo por el monte. La lluvia todavía cae, pero ya no se precipita con la furia con que lo hace en el pueblo, sino que ahora es una lluvia queda, esa que solo se advierte por las señales que deja. Esa lluvia es la que moja por completo a S. mientras sube el monte, dejando atrás y atrás el pueblo. Poco se puede ver ya de él, y S. está a punto de llegar a la altura de la nube gigante.

Concentrado en la subida, no es hasta ahora cuando empieza a sentir el frío. Se imagina que los huesos se le hielan, y se acuerda de su casa, de las mantas calentitas, del sueño reparador. A esta hora ya llevaría buen rato durmiendo. En esta noche cerrada, los recuerdos del pueblo se lanzan contra el frío para quebrarlo. S. piensa en la calidez festiva de las ferias, en la gente, tanta gente. El pecho se le hunde ligeramente al pensar, y ya cree saber lo que es la nostalgia. A su mente, sin embargo, vuelve la mirada del viejo. Esos ojos tallados le taladran la conciencia, y sin una razón clara continúa ascendiendo, esta vez con más ímpetu, con más caídas. El calor del pueblo se derrama por el torrente de barro mientras S. da los últimos pasos hasta llegar a la cima del monte.

La cumbre es tranquila. No hay ninguna marca, ningún rastro, nada. Sólo naturaleza salvaje. Aquí los árboles parecen distintos de los del pueblo. Aquí las copas parecen melenas de leones. Y las hojas, cuajadas de vida, brillan bajo la luna. Sí, la luna. No sabía que existía. En el pueblo las noches eran negras, aquí azules. Esta luz es la que tanto temen allí abajo. S. vuelve la vista al valle. Desde allí, la nube gira como una maldición desde que el tiempo es tiempo. Y sobre ella, las estrellas. La luz que tanto temen es la luz más bella que S. ha visto jamás. Es una luz de mercurio, que resbala por la piel. Una luz triste, por la que S. siente una atracción irracional, irresistible, plena.

Es entonces cuando las pequeñas decepciones que ya en el pueblo empezaron a salir en él como dientes terminan de brotar. Y dejan de significar lo poco que ya significaban para él las coplas, los bailes, los amores públicos, la feria, las fórmulas de cortesía y la luz recién hecha: todo ello no es más que los restos de un naufragio. Sí, ahora esta visión amarga parece más verdadera que la felicidad del pueblo, aquella dicha de planta muerta, de raíces podridas.

S. se sienta a descansar. Late ahora en él un calor completamente nuevo, un calor extraño. Las puntas de sus dedos están, en cambio, heladas. Una lanza de luz atraviesa su mente, y un escalofrío de triunfo y derrota le invade los sentidos. Se acerca al nacimiento del torrente, totalmente limpio aquí, casi como un espejo. S. inclina el rostro, y el agua devuelve una mirada rotunda, tallada, una mirada hecha a golpes, los ojos de fiebre de un fantasma.

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2 comentarios en “S.

  1. S. ahora sabe que no hay nada más real y verdadero que aquello que aún está a salvo del ser humano. Río arriba, hasta el inicio de todas las cosas. Arriba agua limpia y pura, abajo sólo barro. El mundo es que es así.

    No bromeabas cuando dijiste que tu entrada nueva era LARGA. Pero la he leído entera. No es un gran esfuerzo, porque se deja leer. Eso siempre es bueno. Aunque vista así de pronto echa para atrás. Tú eres consciente de eso y aún así te gusta desafiar al lector pasota y fácil.

    Te reto a una entrada de no más de 500 caracteres.

  2. Fíjate, no es la interpretación principal que yo le daba al escribirlo. Pero es válida, te perdono.

    No sé escribir entradas cortas; mejor dicho, no lo he llevado a la práctica. El movimiento se demuestra andando, así que…

    …reto aceptado.

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