G. va al parque

G. coge el libro de la mochila y se la vuelve a colocar a la espalda sin dejar de andar. A su izquierda, tres jardineros cortan, arrastran y ordenan plantas, flores, ramas. Junto al ruido de las sierras mecánicas y el claquido de las tenazas, manchitas negras gorjean desde lo alto, en contraste con el cielo, algo nuboso. A la derecha, neutrales y anónimos, coches y autobuses turísticos vienen y van por la avenida de dos carriles. Hace sol y buena temperatura, algo de fresco. Mañana, que no se te olvide la reunión. Todavía tienes que hacer la presentación, y tienes que ir a comprar, también, a comprar qué era lo que había que comprar, echarle gasolina al coche, eso, papel higiénico. ¡Coño!, a punto está de golpearse la frente con una rama; mira al frente.

G. gira a la izquierda para bajar por la rampa arenosa, uno de los accesos al Jardín. A la izquierda, tras un pequeño puente, una inmensa antena parabólica gris y azul, con algunas palabras en el centro. Cerca, la réplica de un cohete. Cómo serán los marcianos. Pasa las yemas por las letras en relieve de la portada. Se agacha para atarse un cordón, pero se resbala entre los dedos, cordón de mercurio. A su derecha, un lago de aguas oscuras, con un parchón de algas en el centro, girando lentamente. Unos cuantos patos dan la vuelta con él, y el lago parece a la vista una humilde galaxia. Otras rampas conducen a otras partes del Jardín: pueden distinguirse algunas personas más allá del lago y de los bancos más cercanos, allí donde viven las secuoyas y los robles y los sicomoros y otros árboles que no conoce, pero que son hermosos como los suyos, cuajados del mismo misterio.

Frente a él, un parquecito con suelo de césped artificial, una red a modo de hamaca, algunos juegos de recreo y una majestuosa estructura de madera con barra y tobogán de metal. La luz llega oblicua, desde la parte del lago, y las sombras salen a manchas pardas entre el amarillo y el naranja de las tablas. Se levanta una ligera brisa. “Aquí está bien para leer”. G. sube hasta lo más alto de la estructura, una elevación a modo de Torre del Homenaje, y suelta la mochila. Apoya la espalda en uno de los pilares, y coge el libro, y el tiempo se espesa en una pausa deliciosa.

Van pasando, camino a los demás árboles, bordeando el lago, matrimonios, tres ciclistas, un hombre con un perro. Lejos del libro, las sierras mecánicas siguen chillando con sus bocas mecánicas, los pájaros siguen en lo alto, la luz oblicua en la madera amarilla y naranja, los patos dando vueltas en el lago, los turistas haciendo fotos apoyados en las barandas junto a sus asientos, atrás, en la avenida.

Llegan dos chavales. Tendrán 14 o 15 años. Visten pantalones y sudadera. Uno de ellos, además, con un forro polar naranja. Uno blanco, con pelo de paja, ojos de rana y los dientes rebeldes. El otro, marrón, con pelo rizado, áspero, y una mirada de sueño a medias. Hablan con la boca medio cerrada, la lengua recién despierta, las consonantes tímidas. El del forro polar se tumba en el césped, el otro en la hamaca.

-¡Mierda, está mojao! -salta el rubio. Los dos se ríen-. Ahí se está mejor -se va al castillo de madera y se tumba en la plataforma más baja-.

-Mowe…

-¿Qué? Déjame dormir.

Pasan unos minutos. Hablan como si les hubieran sedado.

-Mowe.

-¿Qué?

-Vámonos, llevamos mucho apalancaos aquí.

Los dos siguen tumbados. En la Torre del Homenaje, G. ha dejado de leer, aunque mantiene la vista en el libro. Espera y escucha, atento, cotilla.

-Aquí se está flamísima -suelta el negro-.

El otro se baja de la plataforma y vuelve al césped.

-Aquí en el solecito está seco.

El negro se tumba junto a él, frente a frente. Empiezan a reírse, con unas voces de repente blancas, inocentes, infantiles.

Arriba, G. guarda el libro. Ha intentado leer, pero le podía la curiosidad. Podía sacar de ese momento una buena historia. Un cuentecito breve o un relato largo, siempre hay que estar atento. Se frota con la muñeca la punta húmeda de la nariz. Se baja del castillo, con cuidado de no pisar a los dos niños. Ahora los puede ver mejor: van sucios, algo desastrados. Sale del parquecito. La arena está más dura que el césped. A su espalda, el niño blanco se despide de él: G. gira la cabeza:

-Hasta luego, chavales -en un instante se siente amargo, dulce y salado.

Bordea el lago y sale del Jardín a la avenida por otra rampa. Un viento helado irrumpe en la acera. Se mete la camiseta por dentro del pantalón. Saca el jersey y la bufanda de la mochila y se emboza hasta la nariz, que no le moquea, y eso le extraña y le sorprende, con esta corriente que ha venido ahora, parece mentira.

A la derecha, un coche de policía, un camión con bombonas, algunas bicicletas, todos ellos se suman al río de la avenida. Pasan cada poco, como por un desierto. No se ve nadie alrededor. Sigue haciendo sol, y la luz es ahora más apagada, más ambigua y sucia. A qué hora era la, a las nueve y media, a las nueve y… menos crecimiento, pero hay que insistir ahí, en que sigue habiendo beneficios, un gráfico de barras o la tarta… también cerveza: papel higiénico y cerveza. Que no se te olvide.

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