Cherembecos

El último amanecer de Geribaldo Plata lo sorprendió con los huesos torcidos, la cabeza en un requiebro de mil demonios, la barbilla goteando saliva caliente sobre las sábanas sudadas. Al doctor, ciego de nacimiento, se le cerró de un portazo el aliento, al confundir las deformes trazas del cuerpo enfundado en la inflada ropa de cama con su padre muerto, pierrot de profesión, y que había marcado el alma de su hijo con manchas que el tiempo no logró oxidar. Yo aún no conocía a Geribaldo, aunque sí al doctor, amigo de mi madre, y algo más, a tenor de lo que voceaban los coros invisibles del rumor popular.

Había acompañado al doctor para ayudarle a manejarse por el mar de escombros que inundaba la habitación. Bañados en una luz cansada, mostraban una disposición aparentemente caótica que en una segunda ojeada se transformaba en una uniformidad orgánica en la que brillaban aún las tímidas brasas de una voluntad pasada. Lo que más llamaba la atención eran los espejos: decenas de vidrios colocados en tachuelas, pendiendo del techo, boca arriba sobre el suelo. Cada uno de ellos reflejaba una realidad con luz propia, y las cuatro paredes parecían los cuatro límites del universo. La cama, la cubeta azul de plástico llena de un vómito negruzco, las ventanas cegadas por bandadas de mosquitos, alguno de los cuales lograba escapar al exterior tras reventar a picaduras las mosquiteras que a Geribaldo Plata le habían crecido en los marcos de las ventanas: todo surgía en renovadas perspectivas con el girar de los espejos, y sin embargo en todas ellas sobrenadaba el metal desagradable de la soledad ingobernable.

Lo primero que hicimos fue reventar a machetazos las mosquiteras. El doctor, intentando atinar por el sonido de los insectos, se llevó por delante algunos espejos, que me encargué de recoger con una escoba. El viento renovó el peso de la habitación, y la luz mostró el cuerpo de Geribaldo Plata, desnudo, supuse, pues junto a la cama dormitaban tres telas mal dispuestas, manchadas del mismo sudor que ensopaba el cadáver y la colcha, y cuyo olor porfiaba por corromper el aire blanco de la calle.

La luz también me permitió ver algunos retratos, que parecían moverse por el influjo mágico de los espejos, y que al tomarlos en las manos tenían una textura rugosa como de polvo sólido, como de piel de naranja podrida. Eran caras que no conocía, y que por alguna razón que mucho más tarde entendí, me parecían tan anónimas como mis propios recuerdos. De los retratos, unos, ya borrosos, conservaban sin embargo un olor dorado, vagamente familiar, a cuyo origen no pude remontarme. Otros permanecían inmaculados, con la tinta fresca y un calor de fotocopiadora que me oscureció la piel con un aceite negruzco que aún conservo en las manos.

El doctor no necesitaba que le dijera dónde estaba el muerto. Parecía ciego a medias: caminó sin mácula por entre los cachivaches, inclinó la cabeza lo preciso para no estamparse con los espejos colgantes, y dejó el bastón en un clavo que asomaba en la pared con la seguridad dichosa de quien sin mirar deja su abrigo en el perchero al volver a casa del trabajo. Se inclinó sobre Geribaldo Plata, husmeó la cara con respiraciones de menta mascada, y fue al pasar la mano por la tela mojada cuando recordó de nuevo la muerte de su padre, con un miedo más penetrante y material que entonces, por haberla conocido de oídas en el pasado, y sentirla ahora de tocadas. Se dio la vuelta, y me dijo con lengua de hierro que nunca podría desenchufarse de la muerte. Luego recogió su bastón, y sin despedirse salió de la habitación que días después del entierro de Geribaldo Plata yo ocuparía, y todo por un mal sueño que tuve.

En efecto, la noche después de su muerte, vi mientras dormía cómo mi propia sombra se escurría por la rendija de la puerta, ennegraba el pasillo con la voz sorda de un fantasma, y le comía el corazón a mis padres. En el sueño, yo me quedaba tumbado, ahogándome en lágrimas como hormigas rojas, y terminaba convirtiéndome en la sombra asesina, mientras mi propio cuerpo acababa desmigajándose sobre el colchón para no volver a ser visto. Al amanecer, empapado en el sudor frío de los malos despertares, decidí llenar mi maleta de cuatro cosas e irme a vivir a la casa de Geribaldo Plata, que me pareció bellísima al verla con la claridad que días antes parecía haber sido estrangulada por los vahídos de la muerte.

Dejé mis cosas en la habitación y me quedé quieto, observando el espacio libre que habían abierto dos viejas acordeonadas al recoger todos los trastos. Los guardaron en un armario de la casa, junto a objetos de otros propietarios que al igual que Geribaldo Plata habían ocupado la casa con sus días y sus noches. Decidí respetar el armario, aunque sí miré el interior: montones y montones de cherembecos que no parecían más que eso. Y, sin embargo, allí los dejé, con el trato que se le da a lo sagrado, sospechando que sí eran algo más, al descubrir entre ellos, en una pequeña hornacina, una botellita de cristal con un líquido salado al gusto y una frase: “Todo lo que aún no se ha perdido”.

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