Shoah

“El comando especial vivía una situación extrema. Cada día, bajo nuestra mirada, millares y millares de inocentes desaparecían por la chimenea. Podíamos percibir con nuestros propios ojos la significación profunda del ser humano: allí llegaban, niños, mujeres, hombres, todos inocentes… desaparecían de pronto… ¡y el mundo permanecía mudo! Nos sentíamos abandonados. Por el mundo, por la humanidad. Y precisamente en esas circunstancias comprendíamos mejor lo que representaba la posibilidad de sobrevivir, pues medíamos el precio infinito de la vida humana. Y estábamos convencidos de que la esperanza perdura mientras el hombre vive. Mientras se vive no se debe nunca renunciar a la esperanza. Y fue así como luchamos en esa vida tan dura, día tras día, semana tras semana, mes tras mes, año tras año, con la esperanza de que lograríamos quizás, contra toda esperanza, escapar de ese infierno.”

Filip Muller

El documental empieza: un hombre cantando en el río -de niño cantaba allí, mientras los nazis mataban a su alrededor-. La belleza y lo macabro unidos desde el principio. Así será en las más de nueve horas que dura este monumental documento histórico.

Un superviviente habla. No deja de sonreír: para él, dice, no le queda otra. “Sobreviví como un muerto”. Los que sobreviven a esto ya están muertos, imagino que añade. Sobrevivió a un horror que para otros era telón de fondo -muy de fondo- de su cotidianidad. Veían pasar los trenes que llevaban a los judíos a los campos de exterminio. Algunos campesinos se pasaban el dedo índice por la garganta para que quienes iban en los vagones supieran a dónde les llevaban, la lucidez final. Tenían tierras junto a los campos. Algunos pueblos viven desde entonces con la muerte. ¿A qué sabe la lechuga cultivada en la tierra salpicada por miles de personas que se mueren? Sabe igual, y por eso tal vez duela aún más la indiferencia de esa burbuja, la dulce paz de los bosques mientras queman a la gente.

Algunos se acostumbraron. Se acostumbra uno a todo, dice uno. A todo. Hasta a sus gritos. Aunque ahora le parezca imposible. Un viejo taciturno, el maquinista, en cambio, no se acostumbró nunca. Sigue teniendo el mismo rostro, las mismas facciones, manchadas de arrugas que parecen surcos arados en la piel, y sin embargo tan distintas a los ojos de quien conoce ahora su pasado, de quien es consciente de que sus manos pusieron en marcha trenes que llevaron a la muerte a miles de personas. Tal vez el dolor, el recuerdo, la tragedia, dependan de quiénes los piensan, de la mente que asocie los acontecimientos y los moldee, les dé forma de sonrisa o de lágrima. El silencio dice mucho. Comprendieron, cuando volvieron los vagones vacíos, que algo raro pasaba: “¿A dónde fueron a parar los judíos?”. Los vagones se iban y caía “un silencio ideal”.

Sorprende y atenaza la exactitud, la precisión, la importancia de los números en esta ejecución masiva; 20 vagones al campo, durante una hora. Volvían los vagones vacíos, partían los siguientes 20 vagones. Para cuando estos llegaban, los del primer convoy ya estaban muertos. Algunos ya llegaban muertos al campo, el resto sentado sobre ellos por la falta de espacio. En las cámaras de gas se podía acabar con 3000 judíos en dos horas. Al principio, en cambio, una improvisación total. Hubo que inventar -según Raül Hilberg, historiador-, pues la Solución Final era algo nuevo. La macabra lógica de la eficiencia, el frívolo cálculo del número máximo de judíos que podía soportar un camión sin perjudicar el equilibrio del transporte y sin provocar sobrecargas; cómo se debían encender luces dentro del camión para que los judíos, que aterrados por la oscuridad se precipitaban a las puertas, no dificultaran así su cierre. Los camiones mantenían una velocidad moderada, para que diera tiempo a que los judíos murieran dentro, ahogados por el gas de un tubo conectado al motor del vehículo, por la oscuridad creciente del aire que tragaban. Entraban vivos y se sacaban muertos para quemarlos en el bosque. El método científico aplicado a la destrucción: todos los cambios, todas las mejoras en esta maquinaria inmensa de la muerte, estuvieron basados en la práctica y en la experiencia. “Exagera: no eran 18000, sino de 12000 a 15000” los judíos que morían cada día en los campos de exterminio. Qué fría importancia tenían los números, en búsqueda del método perfecto. En Mauthausen, campo de concentración, todo funcionaba alrededor de la extracción de piedra. En Auschwitz, en el centro estaba la muerte: la aniquilación bajo un pensamiento económico, bajo lógicas de producción. “La maquinaria de muerte”, lo llaman algunos. Los nazis no daban abasto ante tanta muerte.

“No es agradable, pero lo voy a decir”

La presión de tener que hablar por tantos muertos, el peso de tantas lenguas en la boca, sin dejar ni siquiera tragar saliva.

Me es difícil creerlo. No puedo evitarlo. No creía que todo podría ser tan aterrador, y sin embargo tan indolente, como si el frío (hasta 30 grados bajo cero llegaron a hacer por entonces) durmiese los sentidos: los sentidos y los sentimientos.

Los nazis cambiaban las palabras a propósito para transformar lo tangible: vagones de ganado en lugar de vagones de pasajeros; marionetas o trapos en lugar de muertos. Los judíos checos iban a veces en vagones de pasajeros; se maquillaban las mujeres. No sabían que alguien había anudado su destino, que su porvenir estaba sajado y con la cremallera rota, arrojado a una fosa común, o como ceniza en el aire.

Al llegar al campo de exterminio, los nazis (si hacía buen tiempo o estaban de buen humor) hacían bromas crueles cuando bajaban a los prisioneros, cuidado señora no se vaya a caer, de uno en uno. Parece que el humor no escapa a nada, aunque estas chanzas tengan aliento de perro. ¿Y queda sitio para el humor del lado de las víctimas? Quizás sólo en el futuro, o quizás el humor, en los desastres, se disfraza de una venganza insuficiente, impotente: un papel con cuatro cerdos dibujados forma, al doblarlo de cierta manera, la cara de Hitler. El hombre que lo dobla sonríe a la cámara.

¿Cuántos giros del porvenir, qué circunstancias deben reunirse para que alguien sobreviva a aquello, a un plan de muerte, a un fin tan inevitable? Tan inevitable como esperado por los judíos polacos -que ya manejaban ciertos rumores antes de que comenzaran a llevarse a gente a los campos de exterminio-. La muerte los esperaba a todos, porque los nazis querían que nadie diera testimonio. ¿Se abre la vida humana como sale un tallo a través del cemento? ¿Permite la suerte que alguien salga de allí y pueda contarlo, aunque no quiera recordar?

A algunos judíos les hacían limpiar la rampa por la que llegaban los convoys, para que no quedara ninguna huella de las masacres; para, supongo, evitar que los siguientes en llegar conocieran su destino. Pero borrar las huellas es incrustar esas piedras, esa sangre, esos sesos, en el cráneo de uno mismo, en sus venas, y eso sigue latiendo como una pasta densa y amarga hasta morir. ¿Y las huellas propias, la mujer o el marido, el hijo, el amigo? Todo a lo que uno pertenecía fue destrozado de un segundo al siguiente; se esfumó, se forzó a desaparecer.

Una superviviente se sentía culpable de intentar escapar al destino de tantos otros, de tratar de evitar su propia deportación, de no querer morir como otros lo hacían. Quedaba con ella la incertidumbre por la suerte de su familia, de sus amigos.

En una atmósfera de contención, los testimonios describen paisajes de horror. Alrededor de las cámaras de gas, una capa de sangre, gusanos y mierda. Junto a ellos, cadáveres apilados sobre la tierra ondulándose por el gas, con un temblor de calor extremo. Hedía kilómetros a la redonda.

Los campos de exterminio, su método, funcionaban con la autarquía de los sueños, con otra razón, una lógica irracional, que se entiende sin sentido: se hacía lo que se mandaba hacer, pues al entrar se había perdido ya la razón.

“Aunque dudaran, el que quiere vivir está condenado a la esperanza”

Tal vez el instinto de supervivencia es lo que verdaderamente nos mata.

Los polacos encontraban bellas a las judías; a los judíos, deshonestos, pues explotaban a los polacos, imponían sus precios. De hecho, querían que se fueran los judíos, pero hubieran preferido que se fueran a Israel, por voluntad propia. Otros, en cambio, añoran a los judíos: conocían a algunos, los trataron y dicen que eran buenas personas.

Me sorprende la naturalidad con la que describen algunos los camiones de gas, la consciencia y percepción de los objetos preciosos y el dinero que eran confiscados a los judíos, de su destino, de que los iban a matar. Tenían prohibido hablarle a los judíos, pero intentaban darles comida.

Cómo tienen sus testimonios una pátina de cotidianidad, cómo parecen aquellos acontecimientos algo de una normalidad tremenda, de cuánta indolencia está cargada su tragedia. Qué cambios genera la muerte en las personas; el fin inminente, certero, preciso; a esa vida de calavera me refiero.

Al preguntarles por la razón por la cual fueron exterminados los judíos, sostienen argumentos económicos (“eran los más ricos”) o religiosos (“la venganza del Dios cristiano contra los judíos, contra quienes crucificaron a su hijo inocente”). Añaden argumentos que mitigan, que matizan lo que en la mente comienza a tornarse ya en genocidio: “¡Pero también mataron a muchos sacerdotes polacos!”. Históricamente, a los judíos se les convirtió, más tarde se les expulsó, y finalmente se les mató.

Un judío -por entonces de 13 años- pensaba de pequeño que todo aquello debía de ser normal, ordinario. Que aquello era vivir. Un niño ante el que la muerte no se escondía, pues no parecía ser el final, sino el camino, unánime y omnipresente como el aire o el sueño. Al llegar a Chelmno (allí también exterminaron a judíos), le daba ya todo igual. Sólo pensaba en que le dieran cinco panes si sobrevivía. Y soñaba que estaría solo en el mundo, de sobrevivir. Sólo él, nadie más. Al fin, en su mundo, en su parcela de vida, se ha cumplido.

En el diario de Czerniakow, jefe del Judenrat de Varsovia, más tarde confinado en un ghetto, se encuentran ejemplos de dignidad y de virtud: el hombre que pedía dinero no para comer, sino para pagar el alquiler de su vivienda y poder morir bajo techo, pues la muerte, al fin y al cabo, era inevitable; la mujer enamorada de un hombre herido de bala al que intentó salvar llevándole al hospital; el hombre murió, y ella lo desenterró de la fosa común en la que se encontraba su cuerpo para darle sepultura.

Cómo llamar a algo para que no se presienta en qué deviene. El Desfiladero, el Camino hacia el Cielo, la Ascensión, el Último Camino. Algunos nombres esconden la tragedia; otros le aportan trascendencia mística. Todos se referían al último tramo del campo de exterminio, antes de llegar al crematorio. “La gente, apretada como basalto” al salir, todos muertos para entonces, derramándose fuera de la cámara de gas.

Sorprende cómo la red de ferrocarriles (Reichsbahn) aplicaba a la Gestapo -a los oficiales de Eichmann- las mismas tarifas que a los viajes ordinarios. Para los trenes que llevaban a los judíos a los campos de exterminio, los niños menores de 4 años viajaban gratis; para los menores de 10 años pagaban la mitad, y había descuento a grupos de más de 400 personas. “La Reichsbahn enviaba gente a la cámara de gas como enviaba a veraneantes a sus lugares favoritos”. Era la misma agencia que organizaba los viajes ordinarios. “No había presupuesto para la destrucción”. Los depósitos judíos confiscados se destinaban a pagar el transporte a los campos de exterminio; en otras palabras: los judíos pagaban su propia muerte.

“Usted vio: ¡no lo olvide!”

Claude Lanzmann, el director del documental, tardó once años en terminarlo. Busca los detalles: gracias a él podemos imaginarlo, verdaderamente verlo. Aquellos que lo experimentaron pueden no soportar ni el recuerdo. “Si pudiera lamer mi corazón, usted quedaría envenenado”. Shoah es veneno, es verdad. Yo estuve en Treblinka, en Auschwitz, en Sobibor, en Belzec. Yo vi lo que hicieron, aunque no aparezcan imágenes de archivo, ni dramatizaciones, ni actuaciones. Shoah es una máquina del tiempo. El tiempo de lo que parece mentira que haya podido ocurrir. El tiempo perdido, afortunada y amargamente perdido.

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2 comentarios en “Shoah

  1. Usted sabe que a mi estos temas no me van, pero aprecio como escribe y la pasión que dedica en hacer estos magníficos comentarios sobre sus visionados.

    PD: ¿Al final se casan?

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