¿De dónde voy?

¿De dónde vino toda la gente de la playa? La Peña se me venía arriba y abajo mientras corría por la arena, dando botes. Uno de los símbolos de Matalascañas es una torre caída, restos de una misión forzada a fracasar, derrumbada quién sabe si por causas naturales o por puro tedio, la piedra cayendo sobre sí misma, abandonando su función de vigilancia para convertirse en atracción turística, para hacer de bulto frente al horizonte.

La playa huele a bronceador, a sudor, a filete empanado, al tufillo de un cigarrillo mal enterrado. A mi izquierda, el mar, tumba de peces y de recuerdos, de poemas y de inspiraciones enterradas ahora, convertidas en colillas usadas, derrumbadas como la roca, aunque la contumaz cima de la torre aún se mantiene en pie, inclinada. El agua debe resbalar por su techo cuando llueve, y entonces es como si cayeran olas del cielo.

Corro hacia la Peña: mi meta es un símbolo. Me acuerdo de mí mismo, de mi egotismo, de mi tozudo impulso a verme desde fuera en todo lo que hago. Me acuerdo de mí mismo en la terraza del piso: desde aquí se oye el mar, se ve otro bloque de pisos. En mucho tiempo no me sentía tan mezquino. Radiohead era la música de las pesadillas. Cogí un bolígrafo e hice varios dibujos en un libro con sudokus. No podía leer ni ver películas, no estaba concentrado. No podía concentrarme en nada excepto en lo que ya estaba reconcentrado, en fumarme pensamientos enterrados, sus raíces podridas, sus vagas consecuencias: un enfado sin definición ni culpa tangible, una vaga inquietud que ahoga, una esperanza desastrada.

Me acuerdo de mí mismo, sentado en la terraza, el cuaderno de sudokus en la mesa. ¿Qué busco? Me voy acercando de a poco a la Peña, que se vuelve más marrón, menos azul. Cada vez hay menos aire entre la roca perdida en la arena y yo, la piedra dando botes. Veleros y motos de agua navegan a lo lejos, en la frontera entre el agua pública y el mar virgen de bañistas, unos con la pacífica quietud de lo simple: una vela, un mástil, el aire como combustible; otros escupiendo ruido en sus rebotes. Familias bronceadas, orondas panzas mostrándose orgullosas al sol, madres y padres de familia leyendo la prensa, pidiendo refrescos a una gitana que pasa pregonando su mercancía con la cadencia de un argentino, marcando las sílabas tónicas; sus alaridos esfuman pronto cualquier rastro de Gardel o de Piazzolla. Sombrillas de propaganda, neveras de azul eléctrico y borde blanco, negros y marroquíes vendiendo fulares, pañuelos, gafas de sol, pulseras, no sé de dónde vienen, cuál es el beneficio, el beneficio de llegar aquí huyendo de una desgracia y acabar dando vueltas a la playa con palos de madera y cajas blancas con productos tensando las tapas de cartón que las cubren. Y yo intentando leer.

Llegas a la playa y sabes que te espera un paréntesis viciado, que el descanso tiene su precio. Recuerdo la primera vez que vi el mar, lo recuerdo porque me acuerdo de las fotos en las que aparece. Desde entonces, la playa no ha vuelto a ser la misma. Las olas sólo han traído flotadores, bolsas de plástico, espuma de color marfil, la enorme taza de café derramándose en la orilla. Algas. Vergüenza.

Mis pretensiones son demasiado altas. Mi voluntad de comprenderme, infructuosa como lo está siendo, sigue seduciéndome a mirar las cosas con un tamiz oscuro, emperrado en darle la vuelta a las cosas, en ver la cara oculta, la cara enterrada de las personas, de los fenómenos naturales, de los edificios, de todo lo que me rodea.

¿De dónde vino toda la gente de la playa? ¿De dónde, para que esto sea para ellos el paraíso, para que disfruten tanto los rayos del sol, los almuerzos de nevera, los niños jugando a las palas y a la pelota -como yo antes hacía-? Lo que quiero es, más que nada, ser como ellos. Saber manejarme con el mundo, con la red que cubre cualquier otro problema cotidiano. Llego a la Peña. Mi meta, derrumbada. Un símbolo, un espejo. Parece un tapón de corcho medio hundido. Tal vez esta es la verdadera celebración de la lucidez, de la conciencia de estar vivo. Me doy la vuelta y vuelvo a mi sombrilla, a mi silla, a mis padres.

Sentirse solo sin estarlo no está nada bien.

NOTA DEL TRADUCTOR: el autor se encuentra claramente bajo la influencia de sustancias alucinógenas. Toda preocupación existencial o metafísica es menos lesiva a la vida del ciudadano medio que cualquier obstáculo material -hipotecas, separaciones, maltrato…-. Al autor estas preocupaciones existenciales no le quitan el sueño: tiene asegurados la comida, la cama, el techo. Bendita suerte, maldito y discreto encanto de la burguesía.

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5 comentarios en “¿De dónde voy?

  1. Ja,ja, te comprendooooo…
    Este verano la mar en Matalascañas estaba muy rara, los peces venían a tus pies y te acariciaban…
    Esa playa es muy surrealista, cuanto más lejos del tapón, menos sevillanos son…

  2. Quédate con la nota que te puso el traductor, y manda el resto un ratillo al carajo, o cerca de él por lo menos.
    Matalascañas es como es, y tú eres como eres. Y no es una tautología. Palabra de matemático emigrado.

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