De viajar

Comenzó en Pisa, pueblo marinero de torre indecisa. Parece como ya caída, enterrada en vida, de blanco -el color de la muerte en Oriente-. Parece como un santuario, una torre hipnótica, todos sonrientes, haciéndose la foto de rigor. De lado, la cara contraria al cuerpo, sonrisa, el brazo extendido, la mano plana. Cuidado, que se cae. Yo también lo hice, ojo. Las costumbres turísticas acaban con la poesía. O será la cámara. Galileo no hacía posturitas: se dedicaba a tirar cosas desde el Campanile -que es la Torre de Pisa- para experimentar sobre la gravedad. Era de por allí.

Pisa es un pueblo con mar. Pero sin noches después de un concierto. Allí no hay Sabina, sino sabinas. Ruinas históricas. Realmente, Pisa se reduce a un corazón de verde y blanco, hierba y… ¿mármol? En una misma plaza, donde los turistas acabamos con la magia, el Campanile, el Baptisterio, la Catedral, el Camposanto, varios museos, todos hermanos de piedra. Comenzó en Pisa: empezamos a convertirnos en turistas.

No dio tiempo a disfrutar de la ciudad: más allá de la plaza, alguna iglesia -la de la Spina, a lo lejos, al otro lado del río-, algún palacio.

Doce horas entre trenes y esperas en la estación. Una playa en Monterosso, paisajes cantonales, montañas rotundas, orgullosas, incólumes, vírgenes gigantes. Sin huellas, con valles de tejas, vacas, coches. Y un lago enorme. No sé si era el Lucerna. Era bonito, después de todo. Cuando se tiene la belleza enfrente, su luz ciega las palabras. Y sólo queda beber con los ojos. Las fotos no pueden captarlo. Comprobado. Hay que ir y verlo.

De ahí a Berna. Me gusta el carácter suizo. La gente fluye por las calles como ríos de leche. De panes suizos. De bollos de leche. Berna huele a bollería. Era el cielo convertido en infierno por el hambre, que despertaba crujiéndonos por dentro. Encontramos cerrada la casa de Einstein. En la Catedral había un libro de firmas. Escribí unas cuantas chorradas. Lancé la poesía por los vitrales, crash. En la calle la recogí pegada al asfalto. Brillaba el suelo por el calor. Suerte que había muchas fuentes, fuentes con ogros que comen niños, con soldados, con enanos. Eran fuentes de inspiración, pero el agua no era potable -metafóricamente hablando-. Berna tiene un carácter amable. Por la noche, fiesta de estudiantes. Nosotros, estudiantes turistas, poco dinero. La gente se bañaba en el río: una autopista de agua, embalada, con cuerpos que se dejaban arrastrar, aquí allí, un segundo. Unos cuantos osos en un foso, les hicimos fotos y vídeos, eran graciosos los osos en el foso. Recluidos. Luego iremos diciendo por ahí que nunca visitaríamos un zoo. El turismo es una tierra neutral. Y más en Suiza. Si fuera turista iría a una corrida de toros. La curiosidad mató al gato -y al toro-.

De Berna -tras dormir en la estación, una tortura de hambre y sueño- a París.

París.

Un sueño -por algo es la ciudad de Rayuela– de abigarradas fachadas, cargados monumentos, donde lo bello rebosa ante los ojos. Entre monumento y monumento, encontrábamos iglesias, palacios, casas, calles, quais, tiendas. En la Rue des Écoles compré por un euro y medio Las flores del mal en francés. Dos locales más allá, un cine que proyectaba películas de Hitchcock y de Marcello Mastroianni. No me lo creía. Me encontraba en el Barrio Latino, el barrio de los estudiantes. Entramos en la iglesia de Saint-Germain-des-Prés, pasamos junto al bar donde pasaron tardes Picasso o Rimbaud. Tarde. No entramos: éramos turistas. Los turistas no conocen la poesía ni el arte. Conocen las prisas, las caminatas, las varices, las venas que laten bajo la piel rasgada por las calles. Había templos que te volvían piadoso y devoto mientras te cubrían sus mosaicos, sus cuadros, sus columnas. La Madeleine especialmente -ironía, un templo ofrecido a la diosa Razón-. La locura del tiempo, la autonomía de la piedra. Sentí el aliento de la muerte en Notre Dame, ante una calavera que medio sonreía en la capilla de Saint Guillaume bajo una capa. Recordé el nombre de la capilla a conciencia. La sala de la muerte. La muerte, presente también en los vitrales de la catedral de Berna. La muerte para recordar -para celebrar, al fin y al cabo- la vida: carpe diem, dicen los cadáveres, los huesos. Nos lo dicen ya, se apresuran desde dentro.

Del Louvre salí preocupado. Acabé ahíto de arte, saturado. Veía manchas que filtraban el aire horizontalmente; pasaba de sala en sala y los cuadros, las esculturas, las vasijas, las ruinas encarceladas, nada de eso acababa. No sentí admiración ante la victoria de Samotracia, ni frente a la Venus de Milo. La Gioconda, allí, lejos de la mirada, bajo un cristal de seguridad. Era el Juicio Final, todos los mortales apretados, como Francisco Ayala cuando visitó la Capilla Sixtina. Adelante, adelante. Más cuadros. Rembrandt y su crudelísima conciencia del tiempo, su vejez en un autorretrato. Un cambista. Un pierrot. Un buey desollado. En la cinemateca pudimos ver algo de la magia del cine. Disfruté viendo trajes usados por Méliès en su Viaje a la luna, estatuas de selenitas, algunos de los engranajes que arrastraban el cuerpo de Chaplin en Tiempos modernos, una réplica exacta del robot de Metrópolis, dibujos de Vasarely -que habría pasado por alto si a mi madre no le gustara este artista-. Escuché a una soprano en la Ópera: una grabación.

Seguía siendo un turista, aunque intentaba absorber cada perla, cada gota de arte que mi cuerpo estaba dispuesto a recibir. París es cosmopolita. Adaptando una canción de Louis Armstrong, cuando París sonríe, sonríe el mundo con ella. El Palacio de Luxemburgo, europeos calentándose al sol con una silla y un libro, los pies descalzos a la brisa. Los Inválidos, con la tumba de Napoleón, guardado el arco de entrada por dos grandes estatuas, otras doce alrededor del enorme ataúd. Da qué pensar. Si Hitler hubiera ganado, sería otro Napoleón. Para los franceses, el emperador es un héroe. No se debe olvidar que a la tumba le trajeron las olas de Santa Elena.

Mucho más tiene París, y sin embargo no supe absorber lo que me ofrecía. Sería el hambre. Sería que la melancolía está con Napoleón en Elba. O en Santa Elena. Qué más da, está lejos, y aún así la echo algo en falta. Con melancolía es más fácil hacer arte. Me es más fácil intentarlo, al menos.

Londres me decepcionó. Nos cayó una tormenta inglesa, de esas que amenazan desde días antes, con nubes pretéritas y eternas, pues desaparecen y se mantienen. El British Museum me indignó. Pero lo visité, porque soy turista. Perdonadme.

Los gentlemen tienen apetencia por un onanismo patriótico. Practican un chauvinismo sin sangre ni furia. Elegancia, un té y miles de libras. Clubes de caballeros, orgullo por los colleagues de Howard Carter. Me indigna. Los ingleses para los ingleses. Cierran las fronteras por dentro. Están inundados en un mar de cámaras que gritan paranoia, paranoia. No tienen buena comida. Londres es París sin París. No sé si me explico.

Acabamos en Bristol. Nos sobró dinero. Nos fuimos dejando el estómago piedra a piedra, raíl a raíl. Pequeño. Sin afeitar, sin duchar, añorando Sevilla.

Fueron para mí días no tan buenos como esperaba. Debo asimilarlo, me dice la esperanza. No quiero creer que la curiosidad y el asombro, el baúl de los niños y de los filósofos, se me han marchitado. Por favor, no. Quiero seguir sorprendiéndome, buscando imágenes nuevas, sintiendo nuevas experiencias. Nunca había visto las flores de Renoir. Estaban en la National Gallery, lo mejor de Londres para mí. Ni los pegotes de pintura de Van Gogh. Pensé que Turner me sorprendería. Cosa grave: lo admiraba en documentales, y me dejó igual frente a frente. Si pudiera levantarse, me daría cabezazos. Sí me sorprendió La balsa de la Medusa, de Géricault. Tal vez yo sea ese hombre de la barca. Pidiendo auxilio, un trapo al viento. Desesperado, viendo cómo la muerte se ceba de sus compañeros. De mis otros yoes. Viajar despeja la mente, dicen. A mí me la ha apulpado. He notado lo que sentía hace un tiempo a parches, a brochazos de inspiración, como un barniz, como pan de oro, un centelleo efervescente, un estallido de energía que luego se pierde en el espacio. Sparkling. Espacio tan grande y tan vacío, pero aún así tan hermoso -o quizás por eso mismo-.

Unos días más tarde vi 8 ½, de Fellini. Parece que me esperaba esa película, como parecía que me aguardaba, en su templo de plata y terciopelo, Muerte en Venecia cuando la vi hace algo más de un año. La falta de inspiración, las ansias desengañadas de crear, la necesidad de tener una libreta al lado, o una musa de carne y sangre. Tras la tregua del turismo, vuelven las musas, los ángeles, el arte. Será Fellini. Será el tiempo. Serán los viajes. Serán mis yoes, esperando en la balsa a que alguien los salve de la muerte. Soy optimista esta vez. Pragmático. Ya sé que la metafísica suele ser un lobo vestido de cordero. El próximo viaje me toca hacerlo sentado.

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