Pale Blue Dot

En estos días de bilis, buena falta me hacía ver otra de Woody Allen. Bien, no es que sea la película más optimista del director neoyorquino. De hecho, es la madre -con estas palabras me persuadieron para que la viera- de Match Point. Y sí, estas dos películas tienen tragedia. Delitos y faltas se construye sobre el típico argumento trágico: un protagonista que debe luchar contra su destino, contra las decisiones que toma, de grandes consecuencias morales.

Sin embargo, a primera vista parece que estas consecuencias que tildamos de faraónicas son polvo en el tiempo. Somos mortales: en un segundo nos volvemos nada. Nuestras éticas, tragedias, dramas, preocupaciones y alegrías son insignificantes. No creo en ninguna ética superior a la que comparar las vicisitudes de los hombres. El universo, se dice en la película, es indiferente. Nosotros le intentamos dar sentido.

Creer en Dios es absolutamente lícito. Y es lógico, si a la lógica de la razón científica le añadimos ese toque de sinsentido que da lugar a la verdadera razón, que es humana. No se le puede pedir a la fe que juegue con las reglas que le impone la ciencia, y viceversa. El más erudito sacerdote no tiene medios para explicar su fe. Incluso si un investigador le afirmara que su devoción la generan ciertos neurotransmisores sobreexcitados, para ese hombre de fe no cambia nada. La fe -su fe- lo ayuda. Y punto.

Por supuesto, a nuestros ojos somos dioses, podemos serlos. Estos sí que serían, aviso, dioses relativos. Como todos.

Nuestro esfuerzo por adornar la negrura del mundo es la raíz de estas éticas y preocupaciones de las que hablo. No hay nada más alto, nada más allá. Nuestro mundo está hecho de nosotros, y nosotros -como en la foto de la Voyager 2– somos muy poco.

En este puntito azul pálido vivimos, y nos dejamos la sangre y las tripas para poder entenderlo. Puede que no haya nada que entender: acaso si en otro planeta nos escucharan, se reirían de tanta filosofía. Pero quizás, en lugar de eso, se compadecerían. O nos admirarían. O, al menos, sentirían ese seco y atávico respeto que sentimos hacia los condenados que afrontan su destino. Seremos unos idiotas insignificantes, pero vivimos entre semejantes, y nuestras acciones sí pueden tener grandes consecuencias morales para estos.

Que se jodan los marcianos. Ahí afuera nadie puede amar ni pedir perdón como lo hacemos nosotros. A ser humanos no hay quien nos gane. Sigamos jugando.

PD: el pesimismo necesita tiempo para morirse. Hoy le he dejado aburrido en la cama. Quizás para la noche ya no esté.

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