El ojo de Jack

No sólo existe lo que no existe. Quiero decir: quien lea mi blog se hará una imagen de mí que no es la verdadera. Mi mente no está siempre chirriando por la falta de armonía entre el mundo y yo, ni me siento siempre desarraigado, ni me quejo por todo. Todo esto existe exclusivamente aquí, un océano eléctrico, las palabras flotando y susurrando “mentira” y “verdad” entre las olas. Normalmente su espuma se mezcla, y ya no se sabe distinguir entre la realidad y la ficción. Este océano es una invención, una invención que a su vez es caja de invenciones, sin fondo, una mezcla de todo: es, en fin, eso que he dicho al principio, lo que no existe -aunque existe aquí en su forma completa; más allá de este blog, estas palabras se desbarazan y se fragmentan, y se juntan con mi todo, que también tiene risas y bromas. No tengo una nube tormentosa y perpetua sobre mi cabeza, eso es mentira-.

Punset diría que lo que me pasa es que mi corteza cerebral no se ha desarrollado aún -o alguna ciencería por el estilo- y que por eso suelto tantas gilipolleces por los dedos -entiéndase: tecleando-. Puede ser. A lo mejor un día despierto y la luz me parece luz y la calle me parece calle, y todo vuelve a su sitio -aunque decir “volver” es confesar que hubo un orden antes de todo, y no estoy muy seguro de ello-. Un psicólogo tal vez intentaría buscar la fuente de mis problemas en un trauma infantil, y creo que intentaría viajar a cuando yo era un moco para relacionar mis vicisitudes de aquellos días con la actualidad. No hacen con eso sino condicionarme e imponerme cadenas: ¡dios mío, lo que hice en el pasado me afectará! Gilipolleces. Por eso a lo mejor digo tantas, por la influencia de toda esta teoría de bolsillo que se hace respetar con libros de divulgación. Que sí, que a vivir se aprende viviendo, ya lo puse antes. No hay otra.

Por eso, porque también soy persona y vivo una vida normal, hago cosas de persona normal. Lo de tener un blog donde derramar mi mierda lo hace más gente, pero comprendo que proyectar una imagen de esteta misántropo y eremita urbano puede generar miradas esquivas en los demás -tú eres parte de ellos, de mis demás-. De hecho, yo mismo pensaría de mí que soy un loco. Y dicen eso de que los locos no están locos porque son los únicos que no aparentan ser normales. ¿Ves? Es esa una de las típicas frases basura que en cuanto chocan con la realidad pierden su aplicación. Sí, entiendo todo eso de que vivimos en un mundo de apariencias y falsedad, que todos somos hipócritas y mentimos. Yo lo veo de otra forma: en nuestro mundo la locura es la normalidad. Pero no me creo eso de “aparentar ser normal”. ¿Qué es ser normal? Es como decir: “Intenta ser natural”. Natural se es cuando no se intenta serlo. ¿Y qué es ser loco? La locura y la normalidad son conceptos que cambian cada día; incluso lo que alguien vea como una locura otra persona lo ve como algo normal. Mi conclusión -recalco el mi– es: déjate de ripiar tus lagunas y tus frases, olvida todo eso de buscar leyes para cambiarte, porque eres como eres y te vas a volver a encontrar con un muro o una mierda en el camino. Por eso no me considero ni loco ni normal: ni me va por rachas, aunque antes esto fuera así. Ya sabéis: antes, cuando me emborrachaba de oximorones y pasos en falso, cuando me jactaba de haber descubierto la clave de la felicidad, y cómo vivir, y todas esas chorradas de lienzo inmaculado e inocente, de sabiduría de patio de colegio que luego se derrite con asomar la patita a la calle.

Y como no soy nada -en el sentido de un concepto cerrado, porque algo sí soy, soy yo, y aun esta palabra no encaja conmigo a veces-, fluyo por el mundo con zancos sobre barro, y me tropiezo y me levanto y, entre tanto, intento entretenerme ante el aburrimiento supremo que me espera cuando a mi cuerpo y a mi mente -mi mente, que es mi cuerpo y al mismo tiempo lo controla y se postra ante él- no les da la gana de hacer nada. Y entre otras cosas, veo -vi, cómo escuece aquí emplear ya el pasado- Perdidos.

Al igual que con tantas otras cosas, con esta serie hizo falta creer, tener fe y callar ante la falta de algunas respuestas. Todas las historias que nos han contado Damon Lindelof y Carlton Cuse -con la ayuda de otros guionistas- son eso: historias, invenciones. Como este blog. Sin reflejo en la realidad. Han sido actores y un equipo técnico y artístico los que han dado forma a este viaje. Pero todos hablamos del doctor Jack Shephard y no de Matthew Fox; o del Humo Negro, y no de un efecto especial; o de la isla, y no de Oahu. Porque es absurdo teñir de realidad esta maravilla. Son las máscaras las que nos permiten soñar con nuevos mundos. Y no: no es una forma de evadirse de la vida real. La vida real es la máscara. Máscaras y cristales, todos con nuestra manera de ver, pensar, sentir, recordar. A mí se me fue Perdidos. A mucha otra gente se le fue. Como se me van yendo las entradas de este blog y los pensamientos y los recuerdos. Todos, en su forma original, son una isla, y los granos de arena van y vienen en este océano eléctrico, y el blog se funde con la vida y los dos crean su propia visión -recalco el su– del mundo y de la vida. Se me fue Perdidos y no habrá nuevos miércoles de isla y emoción. Pero a todos se nos va algo todos los días, y no por eso se nos van a parar el cuerpo y la mente, no por eso se nos va a parar el mundo.

Se nos fue Perdidos. Se nos lleva yendo la vida toda la vida. A ninguno de los dos hay que exigirle respuestas. Los dos son geniales locuras de poso agridulce en las que siempre va a importar más el viaje que la llegada. Al final, empezar y terminar, nacer y morir, son sólo un ojo que se abre y un ojo que se cierra.

En medio, la historia, el sueño. La máscara. La vida.

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3 comentarios en “El ojo de Jack

  1. Ciertamente el final fue una caca. Espero que el final de la vida depare algo más que la diarrea mental de unos guionistas xDD

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