Don de fluir

Don de Fluir (Jorge Drexler)

Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar

Antonio Machado

Uno espera encontrar un patrón de pasos, un plan de acción, un esquema, una guía. Uno lo espera, uno cree al menos que existe. Lo cierto es que no es raro que piense que todos somos pollos sin cabeza, que a veces nos chocamos con el interruptor y lo encendemos, pero que somos como el burro que tocó la flauta por casualidad: en otras palabras, que nadie tiene ni puta idea de qué paso dar, cuándo, dónde y, si todavía le queda una dosis de masoquismo, por qué.

Cuando uno se pasa una tarde entera ocupado en hacer nada, pica detrás de la oreja la pregunta: ¿aburrirse? Nada más. Yo tengo todo un enjambre sobrevolando mi cabeza. Cuando uno se pasa una tarde entera ocupado en hacer nada, o dicho de otra forma, pensando en lo que podría estar haciendo, siente que le huele la cara a piedra. Le sabe a piedra. Vacío sin razón, el héroe y creador potencial en una siesta eterna. Es entonces cuando piensas: ¿soy un caminante o simplemente gilipollas?

Nosotros, blogueros de veinte años, pacotilleros, gancheados a los bolsillos de nuestros padres, vividores fantasmas, parásitos, no tenemos otra que meditar y fantabulosear sobre qué es la vida -una ilusión, una sombra, una ficción: copiamos sin vergüenza-. Nos alzamos sobre la cotidianidad mundana de nuestras tardes de domingo y gritamos de tapadillo: ¡esto no es la verdad, esto no es la verdadera realidad, algo más se esconde más allá del telón pastoso de esta abulia! (sí, lo acompañamos de palabras altisonantes y dramáticas). Nos volvemos en los espejos maestros de la rimbombancia, retratos del superhombre, acomplejados restos de una humanidad obsolescente que se escurre entre olor a hamburguesa y dinero, el ruido de los coches, el amor platónico inmaculado de nuestros sueños eternos y el cruel deseo de vivir en un mundo acorde a nuestros palacios dorados en las nubes. Lo dicho: gilipollas. No caminantes.

Claro que sí, yo mismo me considero un gilipollas, el soberano monarca de los abstrusos, los oscuros chamanes de la cábala artística, los buscadores de significados ocultos, los hacedores de palabrería endeudados hasta el cuello con el destino que les marcó desde la cuna. Tras cierto tiempo siendo el observador oculto, tengo de todo menos esa verdad de la que siempre -¡qué digo siempre: hace dos años como mucho!- hablé, esa sensación alada y estelar a la que me ataba en tantas entradas para evadirme.

Sin embargo, después de tanto tiempo en la trinchera, hundiendo la nariz en el fango, sonó la alarma. Este tipo de señales vienen muchas veces, pero a nosotros, los gilipollas, se nos da especialmente bien estar mirando al lugar equivocado en el momento más inoportuno. A nosotros, los gilipollas, nos puede la querencia por dejar caer cualquier cimiento, porque tenemos miedo a lo nuevo, desconfiamos de todos porque ninguna persona nos trae esa verdad que sólo existe en el arte, en el Parnaso, en el cielo de las almas escogidas, o en ese amor platónico del que hablamos, que ni tiene sexo ni tiene alma ni tiene besos ni tiene broncas ni tiene humor, sino una saturnina gloria que consideramos superior a cualquier orgasmo o placer, porque el prójimo es la materialización errada de esa idea perfecta. Suena, en fin, muchas veces la alarma, y nosotros la apagamos para seguir dormidos. ¡Ajá! Esta vez me desperté.

Morfeo, el muy porculero, anda retozando en la frente, justo bajo la piel, dando patadas para abrirse paso y romperme otra vez los esquemas, y llevarme al lugar donde todo es bueno porque nada ocurre sino ideas, donde no hay cuerpos porque son las mentes las que hacen el camino, sin espinas ni piedras ni obstáculos, tan sólo la rotunda Recta sin muerte. El Arte: me río del Arte. Me río de la Gloria, me río del Saber. No hay mejor arte, gloria y saber que lo humano. Mientras lo que yo llamaba -por darle algún nombre- alma se complacía con su paladeo ancestral de paisajes melancólicos y palabras brisacolorysédicas, el ánimo físico, el ánimo real, mi raíz, daba débiles gañafones a ese agua sucia, chapoteando para salvarse, con latidos laxos y enfermos. Sí, no me alimento de belleza inmaterial, sino de compañía, de empatía, de confianza: ninguna obra de arte es mi igual. Y por encima de cualquier búsqueda onírica, sobre cualquier observación, se encuentra la acción, tozuda y simpática, llena de heridas que son victorias.

Sonó la alarma en forma humana, y mi humanidad despertó. Eso significa sólo una cosa: ni un éxito ni un fracaso, sino una batalla vencida. El simple abrir de los ojos. Porque no, abrir los ojos no es crecer en pesimismo, en trascendentalidad, en sabiduría -si es que la sabiduría está hecha de ideas-: el ojo se abre y ve luz, haya poca o mucha. Luz. Luz de sangre, carne, sonrisa, sudor, furia. Luz humana. El verdadero camino, el verdadero caminante. El verdadero caminante no ama el arte como esencia, sino como complemento valioso -pero prescindible en cualquier momento-. El verdadero caminante está lleno de futuro, un futuro incorrupto y no pensado, pues sólo pisa terreno nuevo.

Lanzo un consejo a todos los gilipollas: dejad de haceros esquemas, dejad de imaginaros una vida ideal que apacigüe vuestra ira, dejad de evadiros, dejad de remover la mierda. El arte es algo inferior a la vida: aplicadlo a ella, pues es ella la que marca las reglas del juego. Vale más dialogar que monologar. Vale más encontrarse el amor que cargarlo -y cagarlo- de ideas preconcebidas. Os lo dice un gilipollas arrepentido de su condición: el único don antiguo que merece ser cultivado es el don de fluir que poseen los que tienen el detalle de despertarnos.

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6 comentarios en “Don de fluir

  1. “ese amor platónico del que hablamos, que ni tiene sexo ni tiene alma ni tiene besos ni tiene broncas ni tiene humor, sino una saturnina gloria que consideramos superior a cualquier orgasmo o placer, porque el prójimo es la materialización errada de esa idea perfecta.”

    chapó compañero

  2. A ver si tienes lo huevos de decirme gilipollas en la cara. Los escritores os creeis muy hombres escondidos tras las palabras. Pero a ver si en la calle me dices que me evado y esas cosas. Te voy a hacer tragar tu excelente prosa y tu rimbombante verborrea. Tu y yo solos. Sin libros ni deuvedés de directores de culto.

    PD: Magnífica entrada. Excelente comentario el mío…

  3. Madre mía, qué entrada ! ! !

    Me identifico con sus reflexiones y letanías.Siga usted tecleando el hp con ese arte y estilo tan peculiar y característico. Un gilipollas no escribe cosas así.

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