Condenados

Anoche soñé que volvía a Manderley

Rebeca (Alfred Hitchcock)

Todos soñamos con Manderley. Todos buscamos alguna vez dentro de nosotros mismos. Hace unos días leí una frase de Confucio: “El hombre superior busca en sí mismo. El hombre inferior busca en los demás”. Esta frase me parece una basura y una maravilla a partes iguales. Y, ¿de qué sirve? ¿Sirven de algo el cine, el arte? Sí, muchos críticos hablan de que el arte, en cualquiera de sus manifestaciones, sirve para salvarnos, para agarrarnos, que es la realidad que más real nos parece, aunque sea inventada (o quizás precisamente por eso). Uno se hace crítico -supongo- porque piensa que tiene algo que decir, y que eso le interesará a los demás. Y hay un pensamiento muy extendido: el enfrentamiento entre lo que le gusta a la crítica y lo que le gusta al público. Hay un tipo de público desconfiado, de falsa extroversión, con ínfulas de superhombre y elegido, con ansias de estar solo y miedo a la soledad, una clase de personas para las que lo cotidiano es fútil, una clase de personas que lloriquean de angustia porque creen haber elegido el carril lento, que van de atasco en atasco, gente a la que el futuro promete grandes cosas que luego no ofrece (acaso su futuro no es más que un apéndice de esa realidad inventada que siempre buscan). Hay un tipo de público que cree saber de arte, que cree saber vivir cuando lo único que sabe es parlotear de todo sin saber de nada. A este tipo de público le empuja una necesidad de saber, de existir, de tener un lugar en el mundo, un sitio que no conocen y al que saben que pertenecen. Son, en resumen, imbéciles escondidos tras discursos elevados. Les encanta inventarse destinos, y sobre todo les encanta recordar.

A este tipo de público le encanta estar de acuerdo con la crítica. Cree que lo que entretiene no esconde nada, que lo que hace reír al resto es morralla. Adora ir contracorriente porque es su deber ser original. Y la crítica le lleva de cabeza al infierno. Los aleja de la vida. La vida es más simple que todas las palabras que se le puedan aplicar. La vida permanece intacta bajo toda nuestra pintura. A este tipo de personas les encanta recordar porque el presente les va reventando los esquemas, y no les queda otra que meterse hasta el cuello en el pasado, el único tiempo que no se defiende, que está en nuestras manos, pero se deja acunar como una bomba, inestable. Intentar ser de este tipo de personas es amargarse la vida. Sacrifican su humanidad con tal de encontrar algún que otro brillo de lo superior. A esto lo llaman de muchas maneras: Dios, Arte, Naturaleza, Universo, Fuerza, Energía. Por supuesto les dan un nombre porque a todo hay que llamarlo de alguna manera, pero realmente lo superior no tiene nombre ni tiempo ni edad, ni por supuesto periodicidad. Lo superior es constante tras el telón: este tipo de personas huele el sabor dorado del silencio puro, algo que permanece bajo los vientos y el pánico, algo imperturbable e inmarcesible, innacesible, inexorable. Es una traición, es un regalo envenenado.

El Arte, la crítica, lo superior. Todo eso no vale de nada. ¿Hace eso feliz? ¿Por qué marginamos lo humano de lo que llamamos superior? ¿Por qué los que se hacen llamar artistas son melancólicos, amargados, oscuros, abstrusos? ¿Por qué los artistas no ríen, no lloran, no sienten? ¿Por qué no se quitan su capa y se muestran tal como son? ¿Por qué se marchitan? El artista está enamorado de una maldición. El artista está enfermo. Necesito saber de otro camino que me ayude a vivir. Saber de todo esto es no saber, no es nada. La vida sigue. Al parecer es lo único que no merece nombre. Eso que llamamos la vida.

A este tipo de público le encanta acordarse de su infancia, pensar en el sueño blanco de sus primeros años, buscando quién sabe si un origen o su verdadera identidad. Pero recordar es siempre una condena, porque recordar manipula el recuerdo. Todo recuerdo es falso. Magnificamos los extremos, lo medio desaparece. Lo medio, lo realmente importante. Sólo hay presente. Pasado y futuro son invenciones. A este tipo de personas les encanta hablar de que el pasado y el futuro no existen, de que es absurdo inventarlos. Luego cierran la puerta y se ponen a recordar. Sin memoria, el aire está limpio. Queda la humanidad. Lo humano es no pensarse. Pero sentimos querencia por el progreso. Supongo que todos nos acabamos cansando de este tono, que el huracán pasa y acabamos con nuestros fantasmas.

Creía en el poder del arte. Creía que el relámpago surge y nos cura, que por eso aparece tan de tarde en tarde. El relámpago es una pelota que rebota desde nosotros hasta el borde del universo, y regresa y nos golpea y vuelve a desaparecer en medio de la oscuridad y se vuelve a ir la luz. Ahora pienso que el relámpago está aquí, rebota entre las costillas, rezuma un ácido seco. Ahora, en este presente que es mi única certeza, la certeza de que todo se escapa, veo a ese relámpago, veo a Dios, y es tan sólo una roca laxa y huera, que acepta cualquier alimento, cualquier idea.

Huye de este tipo de personas. No traen más que problemas. Están muertos, viven recordando el futuro. Son los críticos, los artistas, los diletantes. Los yonquis de la piedra muerta. Vacíos de sustancia. Extremadamente racionales. Están condenados porque no son humanos. Y eso les hace inferiores.

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2 comentarios en “Condenados

  1. Despues vendrán sus legiones de fans aplaudiendo su melosa prosa. Pero le digo que si empieza con Hitchcock para seguir con Woody y acabar con Bogart y Kurosawa, usted parte con ventaja. Bribón.

    GRAN POST. Y si, yo soy un fanático desmedido que no entiende de medias tintas pero que carga las tintas contra los tibios.

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