De entre los ángeles

Nota que de la barra del balcón sale, como una amenaza sorda, un filo, una esquirla de metal sin pulir ni pintar. La acaricia. Es desagradable y atrayente. Un golpe de viento le da en la cara, viento de salitre y luz. Una pequeña nube cuajada de morado jironea por las rocas bajo el faro, pegada a la línea índiga del mar. Del espigón llega un resto de la voz de la mujer de blanco, los pies como dos pinceladas de color crudo sin pinceles de piernas, una silueta indecisa movida por golpes de aire.

Imagina el sonido de la tela chocando contra el cuerpo, el mantel cayendo en la mesa, la sábana frenándose sobre la cama, posándose como sin querer pronunciar. Habían visto el edificio, a lo lejos, asomándose curioso entre tejados blancos y árboles que no conocían, parches, manchas verdes sobre el lienzo azul del cielo. Lo habían visto como un animal dormido. Parecía acogedor. Se fueron acercando a él, conduciendo despacio, algo de música en la radio del coche, el mar roncando más allá del mar.

The Shadow of Your Smile

La mujer de blanco mira al mar, se derrumba lentamente, como a pedazos, los brazos bajo las rodillas, las piernas arqueadas. Deja resbalar una de sus manos por la espinilla hasta el suelo. Estará dejando que la mano recuerde por sí sola, una señal oscilando ante los embates del tiempo, que es viento, piensa. La mira, su cuerpo a contraluz, aureolado por el sol mojado junto al faro. Un ángel de mármol.

La iglesia olía a corteza de árbol. Sonaban los crujidos de algunos pasos. Fuera, una plaza con fuente y soportales, algo de basura por el suelo, un hombre con sandalias y gafas de sol haciendo fotos a uno de los muros del templo. Cerró la puerta tras de sí, anduvo por la nave lateral, oyendo al mundo callarse. De las vidrieras llegaba algo como una ilusión, un acorde que dejara tras de sí la realidad partida, nada sino la realidad ordenada a placer, hasta que se hiciera de noche y la luna llegara. En una enorme hornacina, una escultura parecía dormir, los ojos abiertos sin pupilas ante un sueño eterno, una duda que parecía no poder explotar nunca, segura de su falsedad, bella, ella que no podía sentir angustia por nada. Se la quedó mirando, y su mente sólo derramaba el eco de un nombre de mujer. Alrededor, la nave parecía no tener época ni estado, tan sólo un mar de luz, pequeñas partículas de polvo gris y muerto flotando por todos lados, con un brillo extraño, como devueltas por segundos a la vida que tuvieron, como resucitadas por la luz que desde las vidrieras decoraba el silencio muerto de la iglesia.

Con la única uña que no se ha mordido, intenta arrancar la esquirla de metal. Empieza a rascarla. La mujer se vuelve a levantar. Un hombre con salacot aparece por el lado izquierdo de su mirada. Camina por la playa a saltos, parándose a hurgar en la arena húmeda, de rodillas. El viento se le lleva el sombrero, va corriendo tras él, se lo pone y grita algo. Deja de rascar la esquirla y se limpia las gafas concienzudamente. Se las coloca de nuevo, y mira de nuevo a la mujer de blanco. Se ve medio sol. Como a una llamada, más nubes han aparecido en el horizonte. La mujer de blanco está de pie, se acaricia el pelo. Los gritos del hombre del salacot se escuchan como de fondo, la banda sonora equivocada, piensa. Quiere, de alguna manera, cambiar de canción, callar al hombre, parar al sol, soplar para que las nubes se vayan.

Estaba dormida. Tumbado junto a ella, se quedó mirándola. Pensaba qué estaría soñando. Dejó de mirarla, como si un terror infantil le impidiera saberlo, querer saberlo. Se dio la vuelta, metió la mano bajo la almohada, inspiró con fuerza, volvió a girarse y a observarla. Pasó la mano casi pegada a su cuerpo, sin tocarla. Le parecía que un sólo roce podría despertarla. Estaba seguro de que tendría un mal despertar. El bote de las pastillas le observaba cerrado desde su mesilla de noche, la etiqueta como una mofa. Dejó caminar sobre el aire sus dedos, sobre la franja de espacio que lo separaba del cuerpo, del alma de ella, ahora tranquila. Las gafas estaban en la mesilla de noche.

Una mujer y un hombre, los dos vestidos con pantalón y chaqueta verdes, aparecen al inicio del espigón. Ahora, las farolas manchan de luz la arena húmeda. El cielo, lleno de nubes, cubre al hombre del salacot y a la mujer de blanco. El hombre del uniforme verde recoge del suelo al hombre del salacot, la mujer del uniforme verde al ángel de mármol. Se quita las gafas. Deja de rascar la esquirla del balcón. Muerde con suavidad la única uña que no se ha mordido, sin romperla, mientras ve cómo los médicos se llevan a sus dos pacientes por la escalera de madera del hospital mental. Dónde estará ella ahora, piensa. Ella.

Un doctor llega a la habitación, le desnuda, le coloca las gafas sobre la mesilla de noche, le da una pastilla y lo acuesta, dejándolo con la mano suspendida sobre la cama, acariciando quién sabe qué. Fuera es de noche. Ronca el mar más allá del mar.

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