Qué bueno, qué bueno

Es malo ponerse trascendental, ponerse a pensar sobre tiempos inventados, sobre problemas que en realidad no son nada. O humo, humo que irrita los ojos y da bastante por culo. Es cierto, uno ve distinto cuando piensa de otra forma. Siente distinto. Durante mucho tiempo he estado viéndole a todos los vasos la mitad vacía. Será que ahora tengo mucha sed, porque me están entrando ganas de beberme la otra mitad, de saborearla, de saciarme. De vivir, no de pensar. Pensar no es vivir. Escribir no es vivir, por mucho que te digan. Escribir es el remedio del solitario, del extraño, del extranjero.

En la mayoría de mis entradas, el centro soy yo. Y también me doy cuenta de que casi siempre que escribo -ya sea aquí, ya sea de cualquier otra forma-, tengo un poso de amargura bajo la piel -a veces leve, a veces intenso-. Escribir es como una maldición: uno no puede dejar de hacerlo. Puede haber épocas en las que no quiera poner los dedos sobre el teclado, coger un lápiz, o escribirme con la mente, pensándome y pensándome.  Épocas que ocupan días o, a lo sumo, semanas. Pero llega un momento en el que te despiertas, te vuelves a ver, y necesitas reflejarlo. O reflejar algo, lo que sea. ¿Por qué dejar constancia de los momentos en que realmente no vivimos? Para aprender de los errores, quizá. Para sentir que alguien nos comprende -aunque seamos nosotros mismos los que nos hablemos-. Para traducirnos. Para poder expresar correctamente lo que en su momento no supimos decir.

No me gusta dar una imagen de lo que no soy. No voy a explicar aquí todas las cosas que me rechinan. Hace poco sentí que debo cambiar. Pocas personas te abren los ojos. Con muchas compartes momentos que, siendo buenos, también son efímeros, oscuros, olvidadizos. Es como leerse un libro de Dan Brown: están entretenidos, pero no descubres nada en ellos. Pocas cosas me han dado la sensación de ser importantes. Poca gente me ha hablado con absoluta franqueza -y a casi nadie le he sido totalmente honesto-. No sé a ti, no sé a vosotros, pero es obvio que a mí me cuesta ser. Encontrarme. Dejaría en blanco todas las respuestas del cuestionario típico de una agencia matrimonial: “¿Cuáles son tus gustos?” “¿Qué te gusta en una persona?”. Cosas así. Hace poco sentí, sí, que debo cambiar: no soy tanto -ni tan poco-. Relacionarse con los demás es, en fin, cuestión de pasarse, por alto o por bajo.

Necesito sinceridad para serme sincero. No necesito mentiras ni sonrisas ni palmadas en la espalda ni quetalestases interesados y fariseos. Necesito verdad para poder vivir. Hace poco, la misma tarde que me hablaron con franqueza, me sentí franco conmigo mismo, un par de horas. Acompañado. ¡Bendito y maldito tiempo! Ahora es bien distinto, y tengo ganas de repetir esa tarde. Pero vuelven el miedo, la soledad, la extrañeza. La mitad vacía del vaso. ¡Qué bien me sentí! Qué miedo tengo, ahora que tengo que volver a mostrar mi parte oscura, mi mansedumbre, mi falta de carácter, mi absurdo misterio. Si pudiera vivir otra vez el sueño de aquellas horas, si pudiera soñar de nuevo la vida que quiero, sin futuro cierto que dañase la esperanza.

Es malo ponerse a pensar, pero un poco de veneno no es malo. Porque, ¡qué bien que me hiciste! ¡Qué bueno que me hiciste!

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4 comentarios en “Qué bueno, qué bueno

  1. Y qué bueno que me has hecho tú a mí.
    Gracias por atreverte a ser de azul oscuro, por la generosidad de tu despojo que a otros tanto nos enriquece.
    No tengas miedo. “Se riza el aire”, transformador, revitalizante. La Vida, siempre en continuo movimiento, no va a dejarse agarrar, pero está bien así, pues es ésta su verdadera esencia. De nube, sin presente, tan sólo abandonada al cambio.

  2. Encontré muy bellas tus palabras finales.
    Esos momentos son la felicidad pura y efímera. Siga escribiendo porque le es inevitable, porque sus palabras florecen con belleza.

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