De cerezas y esperas

Algunas películas no tienen metraje porque nunca terminan. Al final, un fundido a negro, y pasamos a nosotros. Me ocurrió -me ocurre- con El sabor de las cerezas, de Abbas Kiarostami.

Un hombre quiere suicidarse. Habla con varios hombres sobre él, sobre ellos, sobre la vida. Se pierde en una maremática montaña de tierra y polvo, él mismo en su sombra, él sin rostro, silueta sin voz de lengua y labios. Es una película humana. Me encantaría reflexionar sobre su final, pero no quiero destriparos nada -os la recomiendo, por supuesto-. Lo bueno es que desde el principio hay aspectos que dan qué pensar. Un hombre da vueltas a una rotonda, metido en su coche. A partir de ahí, un viaje que se repite, la misma estación, un hoyo en la tierra donde planea morirse. La película es marrón. Como la vida. Tierra y polvo. Sudor y sudarios.

Pero más allá de toda esta aridez, el sabor de las cerezas. Uno de los hombres con los que habla recuerda su propio intento de suicidio. Se subió a un cerezo para colocar bien la cuerda con la que se iba a ahorcar, eje negro, péndulo oscuro. Allí cogió una cereza. Luego otra. Y otra. Y fue a su casa y le dio a su mujer cerezas para desayunar. Y repartió cerezas. No es otra cosa que arte.

Todo lo bello es relativo en dos sentidos: toda belleza es percibida, y por tanto toda belleza participa de lo individual; y toda belleza está rodeada, es decir, todo aquello que percibimos se percibe en relación con un todo. Cuanto más horrible es la realidad, más brilla lo bello.

No ahondemos en eso. No aporto nada hablando de la relatividad de la belleza porque soy el penúltimo de la kilométrica lista de diletantes hipócritas, filósofos y artistas de boquilla que en el mundo han sido. Hablaré de mis cerezas.

No hay mejor ventana que estar solo. No hay mejor ventana que hablar consigo mismo, sin lengua, sin labios. Sin forma ni hueco. La soledad, toda carencia, guarda mucha relación para mí con la belleza. Unos encuentran consuelo espiritual en la religión, en un dios, en su dios. Yo lo encuentro en el arte.
Cuando lo encuentro.
Pocas veces.

Llegó un tiempo en el que dejé de ver las cosas como pares: bien o mal, blanco o negro. Fui quitándome las baldosas de los pies y ahora caigo sin remisión. Caigo a mejor. Rompo el huevo para mirar. Renuncio a mucho: soy el mártir de mi propia causa, me sacrifico por salvarme, sólo a mí, a mí que me conozco tan poco, a mí que no hablo mi idioma, a mí, a mí que necesito sangre nueva que me entre por los ojos, historias de pantalla, papel y boca. Renuncio a quedarme quieto. Aunque signifique muchas veces volver tiempo después al mismo punto.

Parece ser que todos nos movemos alrededor de nosotros mismos. Que no podemos huir de nuestra sombra -en todos los sentidos-. Que todos necesitamos consuelo espiritual, porque todos tenemos problemas, todos pensamos que los demás no los tienen, todos pensamos más de la cuenta muchas veces. Y muchos de nosotros nos cerramos a veces en banda, hablamos siempre de lo mismo: el arte, la vida, la belleza, la pena, el miedo, el hastío, la soledad, la inconstancia, la madurez y la paz que nunca llegan ni llegarán. Es picar siempre el hígado de Prometeo: que me salven con fuego, que me quemen, que arda todo para volver a renacer.

Consuelo espiritual. Aunque no sepamos qué es alma, si hay alma, si es alma, si tener alma no es más que pensar. Dios, arte, amor, palabra. Palabras repetidas hasta volverse mierda huera. Lo más grandioso es, en fin, lo más mísero. Pensar en grandes palabras me hace sentirme más mezquino de lo que me siento siempre. Siempre que me pienso. El resto de momentos pasan felices, como el pulgar húmedo de la infancia.

Las palabras más pequeñas, el silencio. Esas son mis cerezas. Mis pequeñas cerezas que me salvan de la cuerda una y otra vez. No es necesario colgarse de un árbol para ser feliz. No somos más que memoria de cadenas, párpados de barro y miseria, maquillaje. Humedal. Ventana partida, labio torcido. Polvo en el polvo, nómadas de culo gastado. Bestias sin movimiento, tronos de porcelana blanca, bufones. No hace falta colgarse de un árbol. Siempre nos quedamos esperando a Godot. No llega nunca. Si decidimos irnos nos quedamos. Recordamos lo que no fue. Las más grandilocuentes declaraciones de individualidad, de pensamiento libre, de libertad, de caminos propios, son sólo balidos. Para mí sólo existe la frase sin principio ni fin, el lento inspirar de la muerte antes de barrerlo todo con su viento.

Para mí, en este momento, sólo queda caminar, buscar nuevas bocas, nuevas armas sin bala ni rabia. Llorar.

Con una cereza en la boca.

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2 comentarios en “De cerezas y esperas

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