Los ojos del estómago

El mar. La mar.
El mar. ¡Sólo la mar!

Rafael Alberti

Ahora, tal vez nunca, tal vez para siempre, siento el fuego fresco de la poesía al leer estos versos. Tan poco. Tanto. Hasta en este ordenador, que nada moja ni rasga, que no tiene aroma de papel ni de silencio, me saben estos versos. Me juegan. Me cierran los ojos del estómago.

La primera vez que pude sentir esta llama fue leyendo a Juan Ramón Jiménez. Jardines lejanos era el llanto de mi historia. Otras veces he sentido -ojalá hubiera otra palabra más exacta– este canto en la parte baja del esternón: Seda. Baricco. Ocaso. Machado. Las sílabas de estos genios treman en mi boca como Lo-li-ta a Nabokov. La lengua late contra los dientes y el cielo, Ma-cha-do. Tan poco. Tanto.

El Momento está escondido. Justo donde menos lo puedo ver: delante de mis ojos. Aquí. Ahora. Fuera. Es frágil. A veces ni es. Soy. Es cierto: Luis García Montero jamás podrá infundirme este aliento. Necesito mi droga intelijente, la Verdad de la que más tarde huye mi co-razón. Huyen los dos. Cielo naranja. Tadzio en la playa. Canto en la mano. En el pecho. Ola en las alas. El mar. Ya nada sino la mar. Tanto.

Cuando despierto de este trance delicioso aparece la conciencia gélida: todo esto eran palabras, en su sentido más lato, pero palabras, gélidas letras. ¿Qué es eso que tanto busco? ¿Qué es eso que, a veces, y más allá de mí, aparece y desaparece, mi fresco simún? ¿No es más que calma, calma de vidrio? Alma calmada. Palabras. Tan poco.

Al parecer, el mundo es un espejo enorme. Reflejo en la mar, en las líneas líquidas, luz de agua. El viento del sol. El mundo es un espejo enorme, al desaparecer.

La pena es que no vivo en la mar, ni vivo en el sol. Autobuses, hormigón, asfalto, olor a ciudad enrarecida. El monstruo eficiente. El mundo es entonces, al desaparecer, una apisonadora, una barrita energética, todo en uno, ni tanto ni tan poco. Un todo vacío. Nada. Sé qué son para mí el infinito y la nada. Es el infinito el fuego que me arde en el pecho. El amor. La poesía. Un llanto sideral de milenios. La voz del espacio. Las horas son la nada. Entre uno y otro, todo lo demás.

A veces, un Momento, lo que está en medio de la calle no es literatura. Un Momento. Luego, la vuelta a lo demás, a los demás, la vuelta al círculo, la ida y venida desde lo mismo, hasta lo mismo, siempre y nunca parecido. Es igual el mundo, este mundo: la raíz de todos los poetas.

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7 comentarios en “Los ojos del estómago

  1. En cambio a mí Juan Ramón Jiménez pocas veces ha conseguido removerme por dentro. Sí García Montero, y Ángel González. Sí Benedetti. Borges. Miguel Hernández. Machado, Alberti también. Tagore, desde chiquitita. Sabina, Roberto Iniesta, Ismael Serrano… Galeano…

    A ti a veces también te da por ser místico!! 🙂

  2. Haciendo alusión a tu primera referencia, te dejo esta entrevista que encontré hace tiempo.

    Grandes, entrevistador y entrevistado.

    Un abrazo Rafa!

  3. Es cierto Rafa que ese Momento que tu dices aparece siempre tristemente aislado de la realidad, pero precisamente porque no son reales, el que lo ha escrito no ha hecho creo yo referencia a la realidad. No se si me explico.

    Yo creo que todos deberíamos luchar por ser un poco más irreales porque la realidad esta destrozada y gélida como tu dices.

    Por cierto gracias Dani por la entrevista!

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