Mirar, no ver

Hace unos diez días vi Los espigadores y la espigadora, un documental de Agnès Varda sobre personas que viven de restos: espigadores de patatas, racimadores -no sé si existe esa palabra- en busca de manzanas, espigadores urbanos que viven a base de restos de comida o creando obras de arte con chatarra y basura.

Lo que más me maravilló del documental fue la extrema curiosidad que mueve la mirada de Agnès Varda. En un momento del largometraje, ella hace un primerísimo plano de su pelo mientras lo peina, y más tarde de sus manos, muy arrugadas; en off, afirma: “el horror”. Me impactó ese plano. Me impactó esa capacidad de afrontar el paso del tiempo con tanta naturalidad. No sabría deciros cómo es el horror de ser viejo -ni siquiera ya de irse haciendo viejo, sino de la llegada a la última parada del tren-. Todavía me queda mucho. Sé que hay muchos horrores, que dentro de cada día puede haber un túmulo negro, ahí, dentro de nuestro cuerpo, acechando nuestro despertar. Es duro ver esa escena. Porque es el horror al que todos estamos condenados.

Agnès, a lo largo del documental, atrapa camiones con las manos, enseña orgullosa un reloj sin manecillas ni pilas que ha comprado -el reloj más útil que he visto en mi vida-, dice sin miedo lo que piensa, actúa. Recoge patatas con forma de corazón. Ya en la continuación del documental, Dos años después, Agnès muestra la descomposición de las patatas, recuerda a su marido, habla con aquellos que filmó dos años antes. El tiempo siempre presente. De ellos, quien más afligido me dejó fue Salomon, que vivía con un viejo oriental en una casucha llena de trastos, en la que eran felices. Dos años después, su mejor amigo muere, y lo vemos solo, viviendo en una furgoneta. Sentí pena por Salomon. Fue una pena distinta a la de las películas, más comprometida, por el hecho evidente de que cuando acabara el documental la desgracia seguiría ahí. Seguirían también el horror, la comida en el asfalto, los espigadores por necesidad o por voluntad de nadar a contracorriente del consumismo.

Sin embargo, encontré en Los espigadores y la espigadora algo distinto a cualquier otra película que haya visto: no hay nada trivial. Cualquier detalle de la película pasa por el tamiz que es la mirada de Agnès Varda, y se convierte en un hecho fabuloso, increíble. Es la taumaturga que desprende el velo de los objetos y de nuestros ojos con un leve movimiento de mano. Al final del documental, filma un cuadro en el que varias espigadoras vuelven a casa bajo un cielo de tormenta. Filma el cuadro, sí, y lo filma fuera, donde un cielo similar al del cuadro amenaza tormenta y lanza vientos contra el lienzo. La realidad y la ficción: el mundo, en fin.

En una de las escenas, Agnès mantiene durante un minuto el baile alocado de la tapa del objetivo de su cámara, que se había dejado encendida mientras caminaba. A eso me refiero. Todo es cuestión de darse cuenta  de que detrás de todo ojo hay alguien. Que no existe la mirada muerta. Que toda mirada es poliédrica, imprevisible. Y ese es el arma contra el horror que se esconde en días y noches: la mirada viva, la capacidad de caminar por encima del sueño negro que nos vigila y nos acecha.

Y, aunque en ciertas fases de la vida uno se muestra más sensible a los detalles, aunque a veces nos dé por pasear solos, por mirar por la ventanilla del autobús -muy proclive a hacernos pensar en nuestra vida-, muchas veces cuesta que una imagen nos llegue, cuesta ver más allá de lo que vemos. Muchas veces estamos muertos. No basta que nos lata el corazón para estar vivos. Muchos tenemos corazones de lata.

Hace unos días vi una imagen en El País Semanal que me dejó helado. Me hizo llorar por dentro. No he conseguido encontrarla en internet, aunque he escaneado la página arrancada de la revista. La comparto con vosotros. Acabo.

Mirad.

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