El mal de las hormigas

Acabo de leer que las hormigas enfermas o agonizantes se retiran voluntariamente para no contagiar a sus compañeras y que la comunidad sobreviva. Por favor, marcad con subrayador las palabras “voluntariamente” y “compañeras”.

Esta petición no es el inicio de una feroz crítica a quienes dicen que los animales no tienen sentimientos, ni pretendo preconizar que lo que de humano vemos en los animales -por muy pequeños que sean, o tal vez por eso mismo- viene a morir fuera de nosotros.

La épica de las hormigas: bonito título. Me vienen a la cabeza dudas sobre este asunto. ¿Actúan voluntariamente las hormigas? ¿Es innata su capacidad de organizarse en una comunidad? ¿Es el heroísmo -en hormigas o en humanos- algo voluntario?

Hablaba Slavoj Žižek en el vídeo de la anterior entrada -entre otras cosas- sobre la manera que tienen las millonarias producciones cinematográficas de plantear algunos aspectos de la realidad desde estructuras comunes. Por ejemplo: toda catástrofe planetaria se sitúa como trasfondo de una relación amorosa. La cuestión que quiero plantear es: ¿pensamos sobre cómo pensamos? Y de esta pregunta, dos caminos: ¿sirve de algo pensar sobre cómo pensamos? ¿Merece la pena pensar cómo pensamos? Son cosas distintas.

Efectivamente, sirve de algo un metapensamiento. El metapensamiento consiste en cambiar las reglas de juego por otras mejores -según nuestros intereses: no vayamos a pensar que cada año la humanidad es mejor-. También creo que merece la pena, pero esta afirmación me lleva a agachar la cabeza y a quedarme un tanto apocado. Porque, de hecho, todo pensamiento nace de nosotros. Cualquier símbolo, idea, valor, interés… nace de nosotros. Cuidado: no hablo de un “nosotros” como “uno”. Es decir, no me refiero a que todo aquello que pienso y siento nace exclusivamente de mí. Me refiero a que todo aquello que se añade a nuestra vida ha salido de otra persona. Esto nos hace extremadamente poderosos: somos los dioses del mundo de lo simbólico. Corrijo: esto nos hace extremadamente poderosos de puertas adentro. Más allá de esta red de símbolos queda el mundo, la piedra muerta, el animal sin nombre, el movimiento anónimo. Como decía: merece la pena, pero siendo conscientes de que no existe el pensamiento perfecto. No lo vamos a tener nunca. Porque, de hecho, todo pensamiento está acompañado del “y si…”, de la posibilidad de encontrarnos algo mejor. Ningún pensamiento tiene la capacidad de cerrar puertas a algo mejor, de establecer fronteras definitivas más allá de las cuales no merece la pena investigar. Somos curiosos por naturaleza.

Resumo: jugamos con nuestras propias reglas. Nos las tomamos en serio. Incluso, para legitimarlas, acudimos a recursos que a ojos del resto les darán rango de inviolabilidad, recursos que nos harán plantearnos reprimir esa curiosidad o adaptarla voluntariamente a ese corsé.

Dicho lo dicho, queda otra cuestión. Decimos que todo pensamiento nace y muere en nosotros. Decimos también que todo pensamiento se mueve entre un mar de símbolos, ideas y valores -no busques ese mar en los mapas-. La cuestión es: ¿estaría el mundo muerto sin nosotros? ¿Sería mundo el mundo? ¿Sería heroica la hormiga agonizante que se sacrifica por la comunidad? Secaos un poco: creo que os ha salpicado algún que otro valor.

Me quiero leer un libro de Roland Barthes, Mitologías, porque me huele que va por esos tiros. ¿Cuánto influye nuestra manera de pensar en cómo actuamos? Los seres humanos tenemos mucho poder (dentro de nuestras posibilidades): no pensemos que podremos viajar al pasado para cambiar in situ todo aquello que queremos cambiar, ni pensemos que es posible que una bruja haya convertido en cerdos a todo un ejército, ni que unos molinos de viento se han tornado en gigantes. “¡Pero qué dices, eso se sobreentiende!” Yo sólo digo que hay que tener cuidado con tomarse demasiado en serio el juego. La vida es un juego, no en un sentido de diversión y disfrute. La vida, para los que ya os hayais dado cuenta, implica un continuo cambio, y la lucha entre tanto yoes que éramos, somos, seremos, habríamos sido… y la realidad es constante; me sé la vida entera de Sísifo de tantas veces que me lo he cruzado por la ladera.

Hay gente que se tira por una ventana porque no puede cumplir con lo que cree que debería haber encajado. Algunos acuden a verdades universales, otros acuden a la negación de toda verdad universal. Yo me lo tomo todo a broma. Una broma muy seria, por supuesto. Me gusta ser como el protagonista de La leyenda del pianista en el océano. No me gusta la tierra firme. Alguno pensará que prefiero vivir en el mar, y ahí reside el poder de los símbolos, la manera que tenemos de tomarnos demasiado en serio los mares y las tierras que nos inventamos: yo no busco valores universales porque en cualquier momento se me van a pudrir en las manos. Como mucho, todo valor universal es histórico, perecedero.

No digo que me importe una mierda que lapiden a mujeres, que haya niños soldado o que campen a sus anchas los dictadores. Digo que no es bueno para la sociedad mantener un valor cuando ya no sirve. Hago una apología de los Derechos Humanos: son los únicos valores que hay de puertas adentro, y son valores que sirven hoy día, y mucho. Luchamos contra nosotros mismos. No hay un bueno y un malo. No hay una manera buena y una mala de hacer las cosas. Pero tampoco creo que haya que defender un nihilismo total, un relativismo que borre la legitimidad de todo derecho. Vivimos en sociedad. La principal característica del ermitaño es que ha suprimido la sociedad. Pero haberla suprimido ya es darle valor de existencia.

La sociedad está ahí, el Olimpo, está aquí. Nosotros somos los dioses, nosotros creamos los mundos, de nosotros salen los hombres cobardes cuyo ejemplo nos planteamos no seguir. De nosotros nace toda vida y toda muerte, de nosotros nace todo bien y todo mal. Los símbolos son nuestro trueno y nuestra espada, nuestra pluma, nuestra noche y nuestro día, todo, nada.

El mundo no está muerto sin nosotros. Como la pregunta que ya creo haber mencionado en una de mis entradas –Paz japonesa– (un árbol que cae en medio del bosque, sin nadie que lo oiga, ¿hace algún sonido?), la duda que me viene a la cabeza es: sin nosotros, ¿muere el mundo o muere nuestro mundo, nuestros mundos? El mundo seguiría siendo sin nosotros, pero no sería mundo. La piedra seguiría siendo, pero no sería piedra. Ni la hormiga sería hormiga, ni su sacrificio sería un sacrificio, ni sería heroico, ni agonizaría.

El ser humano es escuadra y cartabón. El mal de las hormigas -por suerte para ellas, ellos, ello- es nuestro mal.

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5 comentarios en “El mal de las hormigas

  1. Bonito y complejo pensamiento, el de si existe el mundo más allá de mi.
    Yo creo que en esta sociedad está creciendo el pensamiento de los que creen que el carpe diem significa vivir bien uno, mirándose a su propio ombligo.
    Yo creo que ya que estamos aqui, en lo que quiera que sea este mundo…miremos un poco para fuera y no seamos tan absurdos mirándonos eternamente el ombligo. Que con razón estamos todos miopes perdios!

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