Sigue vivo

En honor a las primeras líneas de El guardián entre el centeno, no voy a hablaros de su vida y su obra, de toda esa mierda estilo David Copperfield. Supongo que a Salinger no le habría dado vergüenza que os contara su vida -copiada de Wikipedia o de las noticias que hoy lo encumbran y mañana lo devolverán al jardín zen del olvido, arena y rastrillos de eternidad-: Salinger directamente me habría pegado un tiro. Como hace See more glass -dice la niña- en “Un día perfecto para el pez plátano”. Decir que me he leído El guardián entre el centeno y este relato antibelicista -así lo veo yo- parece poco, pero realmente poco fue lo que publicó Salinger.

Cascarrabias, no existía -si es que existir es, los haitianos siguen respirando ceniza, cuestión de medios-. Era leyenda viva, de esos mitos que laten entre mares de renglones, que no hablan sino con la boca cerrada. Si no fuera por que ahora es noticia, nadie diría que Salinger ha muerto: su muerte no hará más que prolongar su silencio.

No suelo leer novelas de un tirón. Me acerco más al lector de relatos. Me dan una envidia asquerosa -como toda envidia, aunque sea en voz baja o tranquila, es fuente de escalofríos y malos humores- los que se jactan de haber disfrutado la lectura completa de una novela en una sola noche: sentarse en la cama -o tumbarse, aumentando el riesgo de quedarse frito- y pasar páginas hasta que la mano derecha toca el vacío. El punto final de otra vida nocturna. El sereno. No seré yo quien os diga cómo es la sensación de derrumbar una fortaleza en un solo día, mil páginas al demonio de la lectura, crear un mundo nuevo cada día, cada noche la muerte de otro escritor, el paso de su vida a nuestra alma.

No suelo leer novelas ni siquiera en un solo día. Algunas veces lo he hecho, pero más por presiones de estudios que por placer -aunque sentí placer al beberme esos libros entre dos noches-. Una mezcla de impaciencia, inquietud, no poderme estar quieto… No sé.

Un día, en la biblioteca de mi facultad, cogí un libro del que había oído hablar, pero ante el que me mostraba algo reticente. Nunca me gustaron esos títulos que no se comprenden hasta la última página. Me parecen demasiado poéticos y demasiado pedantes, sobre todo porque en el 99% de los casos te defraudan con creces. El libro que agarré fue El guardián entre el centeno. Yo lo llamaría Vida del adolescente con inquietudes. O Manifiesto anti phony. Albergaba una indiferencia ligeramente vibrante, como me ocurre siempre que tengo un libro desconocido entre mis manos.

Lo empecé a leer en el autobús. El efecto fue instantáneo. En la primera palabra de la novela un gancho salió volando y se enredó en mi frente. Tal vez eso explique lo difícil que me resultaba levantar la vista. No hice otra cosa a partir de las tres de la tarde que verme línea a línea en aquel espejo. Es más: Holden Caulfield me era más parecido a mí que mi propio reflejo en los cristales. Mis ojos interrogaban las páginas gastadas -me suele pasar con todo lo que cojo de la biblioteca- del libro y esas hojas añejas me devolvían imágenes que retumbaban diciendo: tú tú tú. Leí El guardián entre el centeno con cuchillo y tenedor. Terminé ahíto de vida. Fue la primera vez que sentí que no era raro pensar que el mundo no tenía sentido, que hay mucha mierda ahí fuera. Holden Caulfield lo pensaba también. Y me uní a la procesión de miles de adolescentes -de cuerpo, de espíritu- que sintieron lo mismo, a esos miles de Holdens con gorras rojas de cazador y un mechón cano en la cabeza. El baile de los heresiarcas.

Aquella noche mi mano derecha tocó el vacío. Aquel relato pesimista me había llenado de esperanza. Tal vez -pienso ahora- es agua tibia lo que sacia la sed del melancólico. Tal vez -pienso ahora- rechazamos las sonrisas porque nos parecen demasiado bonitas para lo que suele rodearnos.

Algunos serán más guardianes entre el centeno que otros. Yo, no sé si por timidez o por falta de ímpetu, seré de los que menos. Pero creo que los dioses más poderosos son aquellos que se sostienen en la imaginación de más fieles. Y Holden es poderoso. Holden es mi profeta. Mi alma desesperanzada se lo agradece.

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2 comentarios en “Sigue vivo

  1. Amén hermano.
    Parado en el camino pero sin dejar de moverse de un lado para otro, sin saber por dónde ir ni dónde se quiere llegar. El guardian entre el centeno es la biografia del adolescente (y del que no lo es tanto). Lo adoro y lo odio al mismo tiempo. Yo nunca le di permiso a Salinger para meterse en mi mente!

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