Existir es cuestión de medios

Haití ya no existe

¿Existía Haití antes del terremoto que lo ha destrozado? ¿Salía en las noticias? Una viñeta de El Roto publicada en El País el sábado 16 de enero me ha terminado de convencer: existir es, en las grandes escalas, cuestión de medios.

En Amélie, la protagonista se pregunta cuánta gente estará haciendo el amor en ese instante en toda la ciudad. Parece que la señora Robinson ha dejado de formar parte del imaginario popular para volverse realidad en la figura de la primera dama irlandesa, conservadora de pro. ¿Dónde está el límite entre estos dos mundos: el mundo de los discursos, de las ideologías, de los valores, frente al mundo que fluye al ritmo contradictorio de nuestros pasos? ¿Cuántos son los que lloran por Haití sin haber conocido la situación de este país antes del terremoto? No me incluyo en este grupo por dos razones: primero, porque lo cierto es que sabía que era el país más pobre de América; la segunda, porque no he llorado. Y ese es otro problema -ahora te cuento-.

¿Es necesaria la tragedia para que aflore la solidaridad? Dicho de otro modo: ¿es necesaria la tragedia para que pasemos del dicho al hecho? La denuncia social, la opinión eficaz… La voz del pueblo muchas veces se queda en eso: voz sin manos. Apoyo la idea de que quien detecte injusticias e incongruencias en la sociedad debe intentar cambiarlas. Y sé que es fácil caer en discursos utópicos, en la clásica vía fácil que marca la expresión “tú ahí, tan tranquilo en tu sofá, con lo fácil que sería salir a la calle…”. No es tan fácil. Nos movemos por intereses: amamos porque nos queremos sentir bien. Perdóname, pero no somos bellos seres que anteponen al prójimo por delante de ellos. Y no quiero ser sarcástico ni pesimista: es así. Es una obviedad. Y me gustaría cambiarlo.

¿Es egoísta ser buenos para sentirnos bien? ¿Es egoísta ser malos para sentir que tenemos nuestras propias reglas, que somos independientes? ¿Es el término medio la salida? ¿Existe este término medio? La gran mentira en la que vivimos es esa realidad construida, hecha de jirones de voces que pasan y se enganchan en los dedos de un cronista o en el objetivo de una cámara, de un cámara. Haití es ahora el centro de atención de los medios, como antes lo fue Michael Jackson, como antes lo fue el Caso Gürtel o cualquiera otra de las noticias aparecidas en las portadas de los periódicos y los informativos. ¿Me baso ahora en esta realidad para comportarme como ciudadano? ¿Debo ayudar urgentemente a los pobres haitianos que vagan por Puerto Príncipe como fantasmas sin alma ni pupilas? ¿Después?

Yo predigo: mañana habrá un terremoto de magnitud 9 en la escala de Richter en Sudán. Cientos de miles de muertos cubrirán la tierra. Todos los medios llamarán entonces a la solidaridad con el pueblo sudanés, darán cuenta minuto a minuto de lo que sucede en este país, y tratarán los conflictos en que este pueblo llevaba tiempo sumido y de los que la gran mayoría nada había sabido hasta entonces. Todos mostraremos nuestra solidaridad con el pueblo sudanés, todos alabaremos la actitud de los misioneros, los voluntarios, las ONG, los filántropos famosos que donan millones de dólares en ayuda a los damnificados, y todo aquel que no lo haga quedará como un insolidario.

Yo predigo: en un mes la gran mayoría no hablará de Haití. Tan solo los de siempre, esos fuegos fatuos de cementerio, esas estrellas fugaces que se ven por tan sólo medio segundo, devorados más tarde por la prisa que tiene esta sociedad de la información por saber qué es lo que pasa para no tener que ser nominados. La poesía, decía Wallace Stevens, “es un faisán que desaparece entre la maleza”. La poesía no sabe de medios. Los medios no saben de poesía. Los medios no conocen la verdadera realidad, no pueden encajar en sus etiquetas y compartimentos el continuo fluir que es la vida en el tiempo y en los cuerpos de tantos y tantos. En un mes la gran mayoría no hablará de Haití, y los muertos de allí viajarán a la misma tierra de nadie donde se esconden los manifestantes contra Ahmadineyad o los inmigrantes de Rosarno.

Y pasemos a la autocrítica. No he llorado. Hace dos días, mientras almorzaba, veía imágenes de los cadáveres amontonados en las aceras, de los mutilados, de los niños asombrados y abrumados por este nuevo (des)orden de cosas. Y tragué, y saboreé, y paladeé. Y, aun siendo consciente de que lo que veía era la viva imagen de la muerte -si se me permite esta ironía pesimista-, no sentí congoja. Este tipo de situaciones me recuerda a una escena de una de las películas de El señor de los anillos -ahora no recuerdo cuál de ellas- en las que un senescal engulle vorazmente su comida mientras escucha una tonada sobre las muertes y la desolación que rodean a la batalla.

Temo no sentir lo suficiente. Es este miedo el que me aterroriza. Soy afortunado de tener inquietudes existenciales: para otros el problema no es cómo vivir, sino vivir. En mí se genera un tornado de mareas y corrientes: en el caso de este terremoto, se mezclan en mí la voluntad de un cambio hacia mejor, el rechazo a estas ayudas monetarias que son meros parches sin valor -pues no representan ningún cambio estructural-, la conciencia de que otros aman más que yo. Ese es el miedo que me atenaza: el de no saber amar y rechazar a los que aman por miedo a mis carencias. Ya lo ves: empiezo hablando de Haití y termino hablando de mí mismo. Como siempre. ¿Como todos?

¿Están los comentarios a las noticias condicionados por el medio? ¿Escribe la gente lo mal que se ha sentido, lo mucho que ha llorado… porque es lo que se espera que digan? ¿Radica ahí el problema, mi problema, el de todos? ¿Es amar una cuestión individual o social? Soy un egoísta, y el que diga lo contrario es que no me conoce. ¿Eres tú también egoísta? ¿Es el egoísmo inherente a la vida? ¿Es posible una vida sin máscaras? Uso máscaras hasta conmigo mismo. Si me preguntasen cómo soy, respondería con un: “gkjaljkfjefeafjkdfj”. Es la palabra que más se acerca a cómo me siento entre tantas algas de plástico, entre tanto discurso prefijado.

Soy una puta mota de polvo en el culo del universo. Y no lo digo con victimismo, ¿eh? Tú también lo eres. A nadie le interesamos porque cada uno busca el bien propio. Muchos lo buscan para luego compartirlo pero, ¿no es esa una manera de mantener ese bien? ¿No debemos cambiar el chip y pensar las cosas con otro enfoque? En una entrevista a Tom Stoppard, el dramaturgo inglés -que, todo sea dicho, hasta hoy no conocía- dice lo siguiente:

“Recuerdo que en una época me tocó vivir a solas con mi hijo, que estaba en la Universidad, y llegamos a un pacto: no dirigirnos la palabra cuando no tuviéramos ganas de hacerlo. Y era estupendo. Desayunábamos un día charlando de cualquier cosa y otro día, si estábamos concentrados en nuestras cosas, ni nos saludábamos. Esto mi hijo lo entendió, pero seguramente le fue más difícil comprenderlo a alguna de mis parejas”.

Es eso lo que busco. La adecuación de las reglas al momento. La vida desde el impulso. Soy un impulsivo que se piensa mucho las cosas. Y, claro, acabo fatal de los nervios. Y de conciencia ya ni te cuento. No sé amar, y tal vez sea un peligro que te juntes conmigo. He hecho mucho daño por algunos sitios por los que he pasado. No quiero ser hipócrita: si no me sale de dentro en ese momento, no quiero mantener la sonrisa falsa y la cara de vendedor. Voy destruyendo a mi paso porque vivo sobre cimientos de arena. ¿Realmente hacen falta cimientos? ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Para no sumirnos en el caos? ¿No será que el sistema, esta manera de vivir en la que todos nos hemos puesto de acuerdo antes de nacer, no se ajusta a los elementos que lo forman?

En resumen: Haití me aterra pero no me emociona. Haití existe porque sale en los medios. El muerto de Irán vale ahora menos que el de Haití. El muerto por gripe A vale más que el muerto de hambre en África. Todo lo que no sea un cambio estructural es meritorio de atención para los medios. Todo lo que no sea un cambio estructural en mi vida no me merece atención a largo plazo. Nadie es alguien en esta tierra globalizada. Mi telediario habla de mí y de nadie más. En resumen:

Estamos todos muertos. Yo el primero.

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4 comentarios en “Existir es cuestión de medios

  1. Totalmente de acuerdo. Te entiendo a la perfección en todo. No le añadiría ni una coma a tu entrada de hoy. Nada de nada. Qué mundo más triste el nuestro. Qué penoso el ser humano.

  2. Totalmente de acuerdo con usted. Pero le diré que no hace falta cruzar el charco para ver territorios “invisibles”.

    ¿TERUEL EXISTE? Yo tengo una pegatina que pone que SÍ, pero lo dudo.

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