Habla el poeta (expresionismo)

Carmina Burana

Habla el poeta.

Habló en la noche de las almas quemadas, habló en la noche en la que aún no respira el alma, en la que sangramos el poco barro que nos queda, desatrancamos los moldes, nos gritan los huesos y la frente nos suda cansancio. Habló en la noche y las venas reventaron.

Habló de lo poco que somos, de lo poco que son nuestros padres y nuestros abuelos, de lo poco que somos todos, ¡todos! Habló, y la idea nos llegó como un rayo joven, una burbuja de lava, un puño cerrado en un corazón de espuma que rebosa, que retumba en la cocorota: ¡piensa! ¡Piensa más! Pero hazlo siendo humilde. Aunque el estómago te pida insultar y pegar berridos contra los que te rechazan, contra las palabras secas fijadas sobre la piedra de un novísimo riñón, aunque te digan que Lorca era fascista, aunque te juren y perjuren que eres mierda, que te juntas con mierda, que eres un cuerpo de mierda, una mente de mierda, que tus versos son la mierda de todos los días, el soplo vacío de un culo daliniano, una gilipollez de Boadella o una performance de putas velas, cierra el pestillo. Echa el grifo. Ellos son olla a presión, tú sartén joven, abierta, libre. Tú cocinas las ideas, ellos se las comen con humo y las cagan con hilos de saliva en platos de porcelana, y hacen con ellas libros, y esos libros, dicen, “son bonitos”, “son bellos”, “son hermosos”, “son elefantiásicos”, “son tujízaros” y son todas esas palabras que “vosotros, imbéciles, no comprendéis; que no son chuches, sino golosinas empaladas”. Cuánto dolor y cuánta pena que las últimas palabras estén basadas en versos que otro escribió, quién sabe si buscando herir a alguien, quién sabe si luchando desde el miedo contra una realidad que no comprendían, contra una realidad de pasos firmes -porque dudan-. Cómo huele a muerte, a muerte de mierda la duda podrida de los que se visten con bellas palabras para que no les huela el aliento. ¡Vivan Machado y JRJ! ¡Vivan Rimbaud y Gil de Biedma! ¿Qué nos debe importar que a los aristócratas, a la falsa elite de burros con medallas, les parezca que su muralla aún no es lo suficientemente alta? ¿Qué nos debe importar a nosotros, lectores, eternos deudores de la duda, corazones cortados por filos de páginas y hojas, vagabundos de las esquinas marcadas de los libros -dijo el poeta-, qué nos debe importar, os lo repito con voz de tormenta recién nacida, qué nos debe importar que ellos tengan fronteras de cemento? Pintemos con letras grandes, mofándonos, con brocha gorda, en las paredes, los carteles y nuestras frentes: ¡NO QUEREMOS DECIR LO QUE PENSAMOS; QUEREMOS PENSAR LO QUE DECIMOS!.

El poeta habló, y la piel futura que todos buscamos, seres agónicos, la batalla que a todos nos rechina en el pecho, salió por la boca y los ojos, por el pelo y por el rayo invisible de la nuca, la costilla henchida, el labio tembloroso. ¡Es poesía! Así nos grita el alma, así nos grita el espíritu, así nos grita este vacío en el que vivimos, este vacío de nombres religiosos o ateos -qué importan unos y otros-, este abismo individual. Así nos grita en la boca, y nuestros ojos huelen los veranos pasados, huelen la esencia de nuestra vida, eso que algún día descubriremos. ¡Es poesía! Es el momento bergsoniano en el que pasado -memoria- y futuro -porvenir- se entremezclan en el aire que suspiramos. Es el momento eterno y remolino, sutil como el verso que ocurre y ya no es, como la experiencia del lector que no puede volver a ser, pues siempre somos otros, siempre somos los humildes siervos de una realidad que nos aturde, nos aturulla, nos ciega con nuevas luces, nos sorprende -sorpresa lúgubre y profunda- con nuevas sombras. A nosotros, lectores, el poeta nos habló. A nosotros, a los que gritamos desde nuestras cuevas nuestras goteras nuestros lóbregos charcos, a los que brincamos sobre las tumbas de los reaccionarios, sobre las tumbas de los que odian porque ignoran, de los que ignoran porque odian, de los que buscan en ellos mismos el mundo en el que viven; a nosotros, pronombre de carnes y huesos, el poeta nos habló. Y nos dio ejemplo, fue humilde, detuvo sereno el paso del tiempo.

Habló el poeta, y la noche misma se detuvo en un punto intenso para que amaneciéramos, vacíos con nombre de alma, vacíos de carne y hueso, vacíos que son momento y experiencia, para que amaneciéramos, sí, para que amaneciéramos en los días azules y el sol de la infancia.

Habla el poeta.

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4 comentarios en “Habla el poeta (expresionismo)

  1. Que le digo que no me gustó García Montero

    PD: Veo que no engañaba cuando me anticipó esta entrada impresionista. Pero guardaba la esperanza de no imporesionarme ante su excelente vocabulario… 😉

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