Habla el poeta (cubismo)

Habla el poeta.

Habla el poeta y recordé que lo leí mientras él se leía a sí mismo leyéndonos los ojos. Habla el poeta, y nos habla a nosotros, a cada uno de los mundos que nacían de los recuerdos y los segundos muertos y los relojes que iban dándose la vuelta, tímidos, caprichosos, orgullosos, a cada pulso de nuestro cerebro, a cada parpadeo.

Era no sólo poeta, no sólo fría presencia a lo lejos, la espalda cubierta por el torso, el torso que tapa la espalda que tapa la pizarra que tapa la pared que tapa el más allá, infinito al no existir durante ese instante. Era no sólo poeta, sino la cálida sensación de una lengua transpuesta, del intercambio de almas entre él y nosotros, entre nosotros y nosotros, entre nosotros y yo mismo y tú y todos. Entre los que no estaban. Cada palabra abría una caja de Pandora, cada caja de Pandora guardaba una palabra, y cada palabra era algo distinto para cada uno. ¡Poesía de la experiencia simbolista! ¡Poesía, simplemente! Todos los tipos de poesía, todas las alas capaces de hacer volar a un mismo verso puestas al servicio de un origen común e infinitos destinos, infinitos como el más allá escondido tras la pared tras la pizarra tras la espalda tras el torso del poeta. Delante de nuestros ojos. El poeta habla, habla con una lengua que es otra lengua en el mismo instante, que es un espejo roto y un lago inconstante que refleja veinte rostros para dos ojos, una piedra que va rebotando por el cielo y los dientes, repitiendo las mismas palabras que dicen nuestros oídos -que creemos oír en nuestros oídos-.

Habla el poeta, y para mí desaparecen sus piernas, sus orejas, la pantalla del ordenador que espera órdenes a su lado, desaparece todo aquel que me rodea excepto el poeta y sus ojos y sus hojas. Durante el momento banal en que perdemos el tiempo y la vida -dicen algunos-, el aire me pareció material, me pareció más material que la propia carne. El hojeo era el sonido de una memoria que hablaba, las miradas eran todo y eran nada, las miradas. El aula, que antes fue ciénaga de polvo y relojes salvajes, era ahora su contrario. El aula se volvió aula se volvió ala. Vimos con la mente, sobre nuestras cabezas no hubo tubos fluorescentes, sino llamadas de teléfono, sabor a ginebra, reyes con cabezas cortadas, Bagdad en llamas… todo tan frágil como la primera palabra que nos viene a la cabeza, la primera palabra que nos sabe en la lengua cuando vemos a quien nos atrae, a quien nos gusta o a quien -bendito problema- amamos. Sobre nuestras cabezas despertamos a una visión comandada por el poeta, el poeta que habló de lo que en otro tiempo pensaba, que nos contó esas palabras que nada tienen que ver con las primeras palabras que le vinieron a la cabeza en un momento que ahora extraña y repudia, “la inspiración es más rápida que la luz, más rápida incluso que estos puntos suspensivos…”, “pero habrá que encauzarla, ponerle algún que otro límite, un ritmo, unas palabras y unos versos, y que para cada cual signifiquen lo que les traiga el río de la memoria sobre un cesto; Moisés trae palabras desde su cuna”, “pero tenemos que huír de los límites: recuerda que defendemos la poesía de la experiencia simbolista, recuerda, que soy tu consciencia y tu primer sentido, escúchame, a mí, a tu inspiración y a tu fluida neurona, a mí, escúchame: recuerda que poner barreras es claudicar ante un mundo que nos arrolla y nos aturulla”, “pero es que a ti, mi amada inspiración, no puedo escucharte, ni siquiera oírte; para cuando pongo el oído, tan sólo me queda el eco de tu huida; dime, ¿a dónde huyes? ¿Por qué vuelves cuando quieres?”, “vuelvo cuando tú me llamas; haz caso a Picasso, que la inspiración te encuentre trabajando, sé humilde, baja la cabeza y date cuenta de que el Arte no es encontrar la iluminación, no es nada eterno; el Arte va cambiando, y acaso deba llamársele arte; sé humilde pues el arte también lo es; ponte al servicio del que lee escucha siente percibe olfatea saborea tus versos; ponte aún más al servicio del que no te entiende; no te importe la palabra primera; para el poeta, es inevitable extrañar el rayo líquido; repúdialo, busca la materia en lo inmaterial”. El poeta habla, y nos cuenta la historia que le ha quedado, las palabras de arena que se le han quedado entre los dedos, pegadas, aferradas a sus ojos y sus hojas. Aferradas para vivir en nuestra memoria, en ese recuerdo que ahora evoco como un eco, como el eco de la huida de los versos del poeta. Ya no pienso igual, ya no me dicen lo mismo ni me lo dirán. Habla el poeta, veo cemento, veo pintura blanca, veo peinados, veo ropa, veo madera, veo ahora todo, las orejas, la pantalla, las piernas, los tubos fluorescentes -algunos nos guiñan el ojo-, veo ahora todo y es tanto que tengo que irme. Ahora que veo todo nada me interesa. Antes prefiero adivinarlo, centrarme en algo concreto: los ojos, las hojas, los versos, la voz.

Habló el poeta, y la noche misma se detuvo en un punto intenso para que amaneciéramos, vacíos con nombre de alma, vacíos de carne y hueso, vacíos que son momento y experiencia, para que amaneciéramos, sí, para que amaneciéramos en los días azules y el sol de la infancia.

Habla el poeta.

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4 comentarios en “Habla el poeta (cubismo)

  1. No me gustó nada García Montero.

    PD: Veo que no bromeaba cuando me anticipó su entrada cubista. Pero esperaba una historia sobre un cubo de playa y la extraña sensación de conexión entre su pluma y enorme cabeza.

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