Muerte en Venecia


Mientras lees esta entrada, escucha este vídeo, escucha a Mahler.
Después de tantas películas y tantos versos escritos con más dudas que seguridad, recuerdo una de las mejores películas que he visto. Tal vez
la que más huella me ha dejado.
Muerte en Venecia, de Luchino Visconti.

Esta película es una lágrima en Venecia, por el arte y el amor que, por escondido, es fiero; por tímido, es rabioso y destructivo. Gustav Von Aschenbach es un compositor, representante del artista enfermo con su vida. Qué importará el nombre: no es un representante, es el artista universal, el buscador de la belleza. Todos los que alguna vez hemos podido disfrutar de esa visión que, excepto por ser de este mundo (el único mundo), podría ser llamada celestial, hemos sufrido a su vez. Hemos sufrido igual que aquellos que pierden un amor, o algo que adoraban, o algo que, simplemente, les hacía sentir apenas el peso de los años -Jaime Gil de Biedma, otro grande-. Gustav Von Aschenbach llega a Venecia, y ya desde el inicio de la película vemos que es un “bicho raro”. Pero… desde una etapa de mi vida que fue crisis y catarsis, admiro a estos bichos raros, a los valientes que hacen de hombres y no de engranajes de una máquina, de un sistema, de una sociedad… Aquellos que se deslizan sobre las conveniencias sociales, sobre las morales y costumbres, sobre lo que todos deberíamos hacer. ARTISTAS. Escritos con mayúsculas, aunque algunos, los más sabios de todos, quieran pasar desapercibidos. No sé si el artista nace predestinado a amar el arte, o si acaso sería erróneo decir que alguien es artista. Tal vez no haya artistas verdaderos, o el arte sea una vieja ilusión de los hombres que no aceptan el mundo en el que viven. Durante su estancia en Venecia, la ciudad de los puentes se pudre por una epidemia de cólera, y Von Aschenbach se pudre por dentro, por su crisis interna, ese proceso de purificación mística en el que el artista descubre que es incapaz de aprehender lo real, lo verdadero… porque lo verdadero es una quimera. Conocer el arte te hace ser muy humilde. Conocer el arte te enseña a ser crítico. Conocer el arte te enseña a vivir.

Gustav Von Aschenbach es un alma en pena. Su cara es pálida. Su mirada, perdida, quién sabe si viendo un cielo de suspiros y risas, colores y notas -Bécquer-, ese cielo de lo completo, el aquí y el allí en un solo momento que late bajo una fragilidad infinita; más que momento, instante. Y el artista es consciente de que, trágicamente, esa visión no desaparece con un ruido o una luz.
Desaparece sin hacer nada.

El tiempo nos mata. Podemos pensar que la vida es tan sólo el tiempo que llega tarde. ¿Comprendo ahora al conejo blanco de Alicia en el País de las Maravillas? Eso es otra historia. Este papel, que no es sino en mi mente, es un soporte impotente ante la avalancha de pensamientos que me suele inundar. Joyce obró el milagro en el monólogo de Molly Bloom. Kerouac olía algo a ese monólogo en el final de El camino. Todos los artistas buscan que la avalancha les trague sin matarlos. Sin morirse -pues la avalancha nace de ellos mismos-. ¿Y acaso a veces no es preferible la locura? ¿Acaso a veces no es preferible despertar en otro mundo, nuestro mundo? Las únicas situaciones recientes en las que me he encontrado cómodo son dos: solo o con mi antigua pareja. En el resto, me encuentro incómodo, desnudo en un baile. No soy tan prepotente como para considerarme artista. Y no quiero negar un elogio propio para recibir dos elogios ajenos -esa humildad farisea me revienta, sobre todo porque yo la practico demasiado-. Pero afirmo mi deseo de estar en la cumbre, en la élite, beber hasta la última gota del Arte. ¿Qué es el Arte, si he hecho una entrada para él pero el concepto se me ha vuelto a escapar por la cañería? El Arte es un cuadro de Van Gogh, un libro de Saramago, un poema de Ángel González, tan simple, tan cautivador, tan consciente de que esto no es más que un juego. Y es un juego, escribir es un juego, pasar el tiempo desgranándose el pellejo, estirándose el alma y quitándole el polvo. Pero es un juego en el que ponemos mucho de nosotros mismos, para nosotros e, indirectamente -pues es inevitable- para los que nos leen, aquellos con los que los textos cobran nuevas vidas. Sin embargo, a veces nos bloqueamos, y nos dedicamos a escarbar hasta encontrar algo de provecho. Somos más grandes que todos los planetas de los universos. Somos infinitos por dentro, y tanta opción nos asola y nos desola.

Gustav Von Aschenbach está desolado. Es un intelectual: mantiene conversaciones que me recordaron a las conferencias que a veces entablo con mis otros yoes (cáustico, banal… me acuerdo), los múltiples pasos que he dado, los mudos testigos de la vida de Harry Haller. Quiero leer más para comprenderme mejor. Para mí eso es muy importante. Gustav Von Aschenbach descubre un dulce infierno cuando conoce a Tadzio.
Tadzio es la visión mística del artista… en el momento de desaparecer.

Tadzio representa la sutilidad, la frágil pero poderosa aura del objeto artístico, aquello que nos libera y nos hace crecer como hombres, como seres humanos, como mentes que superan las circunstancias para crearse unas mejores o crearlas -a veces, qué bello disparate, a veces- para otros. Es necesario que esos otros las acepten, que es otra historia. Nueva avalancha. La rabia e impotencia de Von Aschenbach se redoblan al percibir este muro, que no es sino en su mente, entre Tadzio y él. Thomas Mann, autor del libro, fue también un Von Aschenbach. Y Visconti. Cada vez que escribimos nos gastamos un poco más. El papel se vuelve en esos momentos espejo y dibujo. O la pantalla. Qué más da si tan sólo hablamos de Arte, ¿verdad?…

Tadzio es la belleza indefinible, hombre-mujer adolescente, las dicotomías propias de la mente humana, esas trabas que nos acompañan hasta la muerte, donde ya no seremos nada -quién sabe, yo lo creo así- sino recuerdo en otros. Tadzio es la muerte dulce. Es un vivir Sin esperanza, con convencimiento -Ángel González (sí, la otra noche me han llamado sus versos)-, un avanzar sin mirar las piedras. Sabemos que duelen, pero qué ganamos con eso si no es sufrir aún más… No creo que la vida sea un valle de lágrimas ni un paseo de carnaval. La vida -la que yo quiero que sea mi vida con un deseo infantil e inocente- es un sufrir por algo que amamos. O un amar resignado, un cuello levemente inclinado… y una sonrisa irónica. La vida -así lo pienso ahora; el tiempo y la memoria irán cambiando esa visión- es ironía. No quiero volver a poner la mente en una corriente de desesperación y veneno. Espero que el Arte me ayude como lo ha hecho durante muchos otros momentos, o acaso instantes que se pierden en el mismo tiempo que los deja vivir, por si al final son provechosos… Tadzio es lo bello, lo neutro que tantas muertes causa, la dama negra, callada, sin mirar, clavando el latido final en nuestra alma arrastrada por el barro del mundo muerto. Las reuniones familiares son bodegones. No hay vida en la estéril tradición. Ni siquiera el minuto que acaba de pasar se ha quedado con ese impulso. La creación artística es un choque que nació de un impulso ciego y sin esperanzas, del impulso irónico, desolado, desesperado pero firme, del que ha visto la belleza perderse en el mar, pero aún no quiere abandonar la vida, aún quiere buscar el provecho, el segundo perpetuo que equilibre el oro derramado en los relojes, las lágrimas por fracasos huecos y el amor gastado en pensarlo. Ni siquiera segundo. Aunque me tenga que apoyar en el Arte de otros, porque esta pataleta no funcionará si no me doy cuenta de que la soledad se alimenta de otras soledades. Este sentimiento de solidaridad entre artistas que no quieren tratar unos con otros es para mí el verdadero sentido del contacto con otra persona: no contactar con ella, sino con sus obras. Recoger lo que ella nos ofreció sin conocernos, igual que observamos a quien nos atrae con una pasión escondida y ojos ágiles y esquivos…
sin que ella lo sepa.

El tiempo, el sagrado tiempo que a veces oxigena y da fluidez al proceso artístico, unió a Thomas Mann, Gustav Mahler y Luchino Visconti , unió sus obras para crear esta humilde pieza de cielo. El cielo de tierra que busco entre farolas, en los autobuses, en los parques, los edificios, las personas, los recuerdos, los besos cortados, la vida que transcurre en este mundo que se me muere -o cuya vida no me seduce-. El cielo de tierra que ansío encontrar, a pesar de todo el rechazo que pueda recoger. Porque ese segundo eterno en el que logre abrazar a Tadzio compensará toda la lucha, toda la pena, toda la melancolía en la que tal vez resida el secreto del Arte, una búsqueda que va de la mano de un sacrificio…  y ya en la última estación, tranquila como Suiza, de esa felicidad serena y tranquila de la que sólo los grandes sabios que en el mundo han sido han podido disfrutar.

Durante un momento. Para siempre. Siempre veré en mí
Muerte en Venecia.


Anuncios

2 comentarios en “Muerte en Venecia

  1. Muy bueno, me alegra saber que hay cosas que no cambian, gente que vale la pena tras las pruebas a las que le somete la vida.. Disfrutar percibiendo arte y haciéndose participe. Un saludo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s